Me jugaría una mano y no la perdería a que ni el 10% de las personas que lea este post se ha levantado jamás en su vida a desayunar y a leerse un periódico con calma. Eso era una costumbre del siglo pasado. De boomers, que dirían mis sobrinos. Se acabaron los reportajes en profundidad. De hecho, cada vez quedan menos personas capaces de aguantar media hora sentados delante de la tele viendo las noticias. Ahora, la información se consume a «bocados». Las noticias son snacks que duran, más o menos, lo mismo que cuatro doritos. Nos ha tocado vivir la era del news snacking: ese picoteo informativo breve, disperso y sin intención previa, como quien come pipas frente al móvil sin saber muy bien por qué empezó.
El término lleva años rondando en la literatura académica, pero ha ganado fuerza con los smartphones y las redes sociales. Abrimos Instagram, aparece una story con una noticia. Entramos a TikTok, alguien resume un conflicto internacional en 30 segundos. Tras ver cuatro vídeos de cuatro influencers ya sabemos más que un catedrático de relaciones institucionales. Y claro, así está la red plagada de españoles explicándole a los venezolanos lo que es vivir en Venezuela.
Quién le iba a decir a Henry Jenkins, el «padre» del concepto Transmedia en su libro Cultura de la Convergencia, que las noticias, en lugar de ser contenidos líquidos iban a convertirse en secas y esmirriados snacks.
Saltan notificaciones push que nos informan de una dimisión, un dato económico o un tiroteo en tiempo real. Y seguimos con lo que estábamos. Una matanza en un instituto en Idaho nos impacta casi tanto como el nuevo peinado de Rosalía. El enésimo escándalo político tiene tantos memes, que ya no sabemos si el ministro y el presidente del banco son de nuestro país o de una serie de ficción estadounidense.
Este patrón de consumo no es un desliz, es la norma. Según el estudio de MacLucan de 2026, un 11,6 % de los encuestados solo consume noticias si se las encuentra en redes. Ni las busca ni las espera. Son, en palabras del informe, consumidores accidentales. El algoritmo manda. La curiosidad, no tanto. El conocimiento en profundidad… eso es de boomers. Literal.
El lector fragmentado
El news snacking tiene una lógica de supermercado 24/7: siempre hay algo, y casi nunca importa el orden. Se trata de exposiciones breves e intermitentes a contenidos informativos, sin agenda ni seguimiento. Un titular aquí, un resumen allá. Como si uno intentara entender El Quijote leyendo solo frases subrayadas en Twitter (dicen que se llama X, pero no conozco a nadie que me lo confirme).
Un trabajo reciente de Ohme y Mothes (2023), publicado por Taylor & Francis, lo deja claro: este tipo de consumo limita el aprendizaje político profundo y dificulta la comprensión del contexto. No es solo que se aprenda menos. Es que se pierde el mapa general. No hay marco, solo piezas sueltas.
Devoramos noticias como si fueran clips de TikTok
El periodista Seth Molyneux ya apuntó en 2015 algo que ya todos tenemos interiorizado, pero que es importante recalcar: las sesiones de consumo en el móvil son breves, frecuentes y espaciadas. Vale. Obvio. Pero profundicemos: en lugar de sentarnos a leer con un estado de sosiego y la mente preparada para asimilar información, entramos y salimos de las noticias como quien ve los anuncios en YouTube: sin prestar atención. Y eso transforma no solo cómo leemos, también cómo se produce la información y el impacto que ésta tiene sobre las personas.
Las plataformas sociales lo saben bien. Los medios de comunicación transmiten gran parte de sus noticias en las redes y se han adaptado totalmente a ellas. De hecho, sería interesante saber cuánta gente vio el discurso del Rey Felipe VI de la última navidad en la tele, cuánta gente lo vio en el periódico y cuánta en Instagram.
Los efectos: más rapidez, menos contexto
Las implicaciones no son menores. El news snacking afecta la manera en que comprendemos el mundo. Se debilita la atención sostenida, se rompe el hilo narrativo y se pierde profundidad. Según Ohme y Mothes, quienes practican este tipo de consumo adquieren menos conocimiento político y conceptual. Y, por tanto, participan menos y opinan con más inseguridad. La consecuencia no es desinformació. Es peor y más inquietante: una información flotante, sin raíces.
Además, como advierte la investigación de ResearchGate, este patrón está guiado por algoritmos. En vez de leer lo que necesitamos, consumimos lo que el sistema calcula que nos interesa. No elegimos, nos eligen.
El periodismo frente al espejo
Aquí se abre un dilema para el oficio. El periodismo, tal como lo entendimos durante décadas, se basaba en lectores con tiempo y voluntad de entender. Hoy, ese lector se ha fragmentado. Y el reto es doble: adaptar los formatos a esa atención breve sin caer en la banalización ni en la pérdida de rigor.
No se trata de convertirlo todo en snack, pero sí de reconocer que el menú informativo ya no es el mismo. Como diría Neil Postman, estamos divirtiéndonos hasta la muerte, pero con noticias.