Dicen que hay libros que funcionan como espejos: abres sus páginas y te devuelven un gesto, un olor, una emoción tuya que habías olvidado. Platero y yo es uno de esos espejos. No brilla, no deslumbra: refleja. Refleja la ternura sin exhibicionismo, la alegría que no hace ruido, la pena que no se escapa por los bordes. Para quienes sienten el mundo con más capas —esas personas que afinan, que escuchan entre líneas, que se conmueven con lo pequeño— este libro es hogar.
Platero no es un personaje: es una manera de estar en la vida. Un burrito “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera…” que camina Moguer con la dignidad de quien no necesita demostrar nada. En su trote y en su silencio hay claves que la Alta Sensibilidad reconoce sin que nadie las enuncie: la observación sin prisa, el vínculo sin estridencias, la belleza que no se impone, la memoria que se activa por detalles.
El libro está lleno de escenas que parecen leves pero pesan mucho. El prado húmedo. La gente del pueblo. Los juegos de los niños. Las noches con luna que no necesita farolas. Ahí, entre lo cotidiano, aparece la sensibilidad como un lente: el poeta no describe, acompaña. No narra, celebra. Esa forma de observar —tan propia de quienes procesan el mundo con profundidad— convierte lo ordinario en metáfora. El PAS reconoce ese gesto íntimo: la flor que no es solo flor, el animal que no es solo animal, el silencio que habla.
Platero es un compañero, no un objeto. No carga, acompaña. No sirve, existe. Esa igualdad silenciosa es, en cierto modo, revolucionaria. La sensibilidad hace eso: iguala. Quita jerarquías donde solo hay vínculos. Por eso duelen tanto los desprecios, las prisas, las faltas de cuidado. Quien siente mucho ve antes las grietas, los matices, las razones ocultas de un gesto. Y también percibe una verdad que el libro enseña sin explicarla: la delicadeza es un modo de estar en el mundo, no un capricho.
Ahora han talado el árbol bajo el que, según la tradición y el mito local, fue enterrado Platero. Y algo en el interior de muchos se ha quebrado. No por el árbol en sí (que también), sino por lo que significa: un trozo de memoria sensible que se arranca de raíz. Quien es altamente sensible sabe que los lugares guardan afectos, que la belleza es también arquitectura emocional. No lloramos solo madera: lloramos sentido.
Quizá por eso este libro sigue resonando hoy. Porque habla de una relación con la vida que parece en peligro de extinción: la lentitud, la atención, la ternura no ingenua, la belleza sin decorado, los vínculos sin prisa. Juan Ramón lo escribió como “elegía lírica”, pero muchos lo leen como refugio. Porque cuando la realidad se vuelve áspera, la sensibilidad busca cobijo. Y Platero es cobijo.
Una persona altamente sensible reconoce en estas páginas muchas claves íntimas: la textura del mundo, donde lo sensorial tiene un peso real; el vínculo entre humano y animal, que no se basa en la utilidad sino en el afecto; la memoria emocional, que no se archiva en fechas sino en olores, luces, lugares y escenas; la profundidad que convierte un simple paseo en una idea y una idea en una emoción; y también el duelo, que aquí no se evita ni se esconde, sino que se acompaña. En Platero y yo todo eso está dicho sin subrayarse, como quien respira, y por eso resuena tanto en quienes sienten con más capas.
Platero y yo no es un libro infantil: es un libro para quienes no han perdido la capacidad de conmoverse. Esa capacidad que el propio Juan Ramón defendía como forma superior de conocimiento. La sensibilidad no es fragilidad: es acceso. Se entra en la realidad por puertas que otros pasarían de largo.
Y ahora que un árbol se ha ido, queda la pregunta: ¿qué hacemos con lo que nos dolió?
La respuesta la da el propio libro: cuidar. No hay otra. Cuidar lo vivo, lo pequeño, lo que no tiene voz, lo que muchos no ven. La Alta Sensibilidad nace de ahí. No es una rareza: es un compromiso con lo sutil.
Si algún día vuelves a leer Platero y yo, hazlo despacio. Deja que el prado sea prado. Que Moguer sea Moguer. Que el burrito sea burrito. Y verás cómo se abren ventanas que la prisa había clausurado. A lo mejor entonces entiendes algo simple: no lloramos árboles, lloramos mundos. Y hay mundos que solo sobreviven si alguien los siente.