El pasado mes de noviembre se celebró la COP30. ¿Sólo a mí le parece que esta vez ha llamado muy poco la atención? Quizá es cosa mía, pero apenas he visto información en redes sociales u otros medios. Aun así, todos los años me pregunto lo mismo: ¿tiene sentido seguir celebrando la COP? ¿Es casi más contraproducente para el propio planeta que no celebrarla? Si ponemos en balanza lo que se consigue, con lo que cuesta celebrarla y transportar a todas las personas hasta un mismo lugar… ¿vale la pena?
Este tipo de cumbres siempre parecen faltas de sal. Parece que vayan a ser la solución a todos nuestros problemas medioambientales, pero siempre acaban resultando ser decepcionantes. Mucho ruido y pocas nueces. Esta vez ni siquiera ruido.
Este año ha tenido lugar en Belém (Brasil), con la premisa de que por fin se iba a dar más voz a las comunidades indígenas, ya que son precisamente ellas las que más conocen y respetan los cada vez más escasos recursos forestales del planeta. De por sí, esto ya daba un poco más de sentido a la cumbre, porque no podemos olvidarnos de que hace un par de años, el país anfitrión de la COP28 fue un importante productor de petróleo: los Emiratos Árabes Unidos. Es evidente que aquella vez las presiones no iban a ir por la vía de la reducción del uso de combustibles fósiles, ¿no?
Por tanto, ¿en qué se han convertido las COP? ¿En puro postureo? ¿En quedar bien de cara a la galería, que somos nosotros y nosotras, para poder seguir haciendo lo mismo o peor? Tampoco es que yo sea una pesimista de la vida, pero nos ponen muy difícil no pensar así.
Quizá por eso esta COP ha pasado tan desapercibida. Ya no aporta nada nuevo. La gente está cansada y saturada de información climática. Y no sólo climática: los conflictos actuales alrededor del mundo copan toda nuestra atención. ¿Quién va a pensar en la crisis climática cuando ocurre un genocidio ante nuestros propios ojos en Gaza? ¿Cuándo la amenaza de una invasión de alguna potencia extranjera a otra está a la vuelta de la esquina?
Desde que se celebra, se han conseguido algunas cosas importantes, no es que la COP sea completamente inútil. Por ejemplo, el Protocolo de Kioto de 1997 fue el primer acuerdo en reconocer la responsabilidad histórica de los países industrializados en las emisiones de gases de efecto invernadero. Años después, el Acuerdo de París de 2015 amplió este enfoque a escala global y fijó el objetivo común de intentar no superar el límite de 1,5 ºC de aumento de la temperatura media del planeta.
Supongo que el problema no es que exista la COP, si no en qué se ha convertido. Porque las decisiones que se toman…. Vaya, no son vinculantes. Se convierten en promesas vacías, en un lavado de cara. Como lo que ocurrió hace unos meses en Belém: se invitó a más de 2500 representantes indígenas para finalmente, impedir el acceso a la mayoría de ellos a las zonas donde se negocian y adoptan las medidas finales, como denuncia el Foro Internacional de Pueblos Indígenas sobre Cambio Climático.
Con el reciente anuncio del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de abandonar la Convención Marco de la ONU sobre Cambio Climático (tratado base del Acuerdo de París), los pocos logros que estas cumbres habían conseguido penden de un hilo. Especialmente porque Estados Unidos es uno de los países con mayor cantidad de dióxido de carbono emitido a la atmósfera. Pero este señor ya ha dejado claro que pretende resucitar la época dorada del petróleo, con tácticas de matón de barrio, por cierto. Así que, ¿qué podíamos esperar?
Me da pena que en todas partes existan grandes ideas esperando a ser ejecutadas, pensadas por científicos, agricultores, expertos climáticos o incluso por la industria, como las que muestra la serie Hope! Estamos a tiempo. Son soluciones que ya han demostrado su capacidad de reducir emisiones y frenar el calentamiento global, y aun así no reciben ni el eco mediático ni la atención política que necesitarían.
Estas iniciativas podrían ser nuestras nuevas COP’s: espacios de acción reales, liderados por personas comprometidas y sin intereses políticos detrás, donde las soluciones no queden en promesas, sino que se implementen y escalen de verdad.
Por proponer algo…