He perdido la cuenta de las veces que, a lo largo de los doce años que llevo trabajando como fotógrafa, me han dicho las cinco palabras mágicas que se han convertido en un mantra de perdición, en una llamada a la ansiedad, en un reto que no tiene nada de estimulante, sino que me pone entre el objetivo y la pared, que me invita a desaparecer, a esfumarme, a convertirme en humo.
Son sólo cinco palabras. Alguna vez tienen variantes, pero vienen a decir lo mismo.
Cinco palabras. Veinte letras. Todo un alfabeto de emociones negativas comprimido en una frase que parece inocente pero que no lo es. Que condena a quien la dice y llega a activar la ansiedad en quien la recibe, porque nace del desamor propio y pone el foco en una suerte de voluntad ajena que ni es voluntad ni es nada, ya que desde fuera no hay antídoto que aplicar para disolver un maleficio inexistente.
«Salgo fatal en las fotos».
La he oído en bodas, en retratos, en sesiones profesionales, en mujeres brillantes y en hombres seguros, en personas que admiro profundamente. Y siempre pienso lo mismo: no es verdad.
«Soy malísima para las fotos».
No hay boda en la que al menos tres personas no me disparen con este misil que va directo a la línea de flotación de las estimas, propias y ajenas.
La mayoría de las veces la pronuncian invitadas, de más o menos edad, con mayor o menor volumen, mejor o peor vestidas.
En muchas –muchísimas– ocasiones sale de los labios de las madres de los novios. Y aquí empieza a encenderse el fluorescente del letrero «problemas», porque si la madrina o la madre de la novia se ve mal en las fotos que yo entregue, apaga y vámonos.
Y también hay veces –faltaría a la verdad si te dijera que pocas– que me lo dice la propia novia.
Ahí quiero que me trague la tierra. Recoger mis bártulos y marcharme de vuelta a mi casa. Porque empiezo la carrera por ganarme la confianza de la protagonista de la boda saliendo con un mes de retraso. Con toda la vida, incluso.
Por suerte, he aprendido –y he invertido mucho en mi salud mental para lograrlo– a transmitir confianza. A deshacer el muro de acero de la falta de autoestima ajena y, con ello, poner más piedras que anclen la confianza propia.
Y he logrado que casi la totalidad de las personas a las que retrato vean en mis fotos lo mejor de ellas mismas.
No he conocido a nadie que salga mal en las fotos. Como un castigo.
Sí he conocido a muchísimas personas que no se sienten cómodas cuando las miran.
Que no confían.
Que se tensan.
Que se juzgan antes de que lo haga la cámara.
La fotogenia no tiene que ver con la simetría del rostro ni con saber posar. Tiene que ver con la confianza. Con permitirte estar. Con no esconderte.
Y eso no depende de mí. De mi ojo. De mi cámara. De la lente que elija. De si pongo o quito el flash.
No.
Depende de cómo fluya quien está delante de mi objetivo.
Cuando alguien se relaja frente a la cámara, algo cambia.
La mirada se vuelve honesta.
El cuerpo deja de defenderse.
Y entonces aparece esa versión que casi nunca se deja ver.
Y eso también se entrena.
Por ello he creado el taller REVÉLATE.
REVÉLATE no es curso técnico, sino un espacio para reconciliarte con tu imagen. Para entender cómo funciona tu cuerpo cuando es observado y aprender a habitarlo sin miedo.
El 24 de enero en Cenas Adivina Home (Madrid) y el 20 de febrero en el estudio de El Estilario (Sevilla), voy a compartir todo lo que he aprendido acompañando a cientos de personas que creían no ser fotogénicas… y que sólo necesitaban confianza, tiempo y una mirada amable.
Ahora pienso que te engaño cuando te digo que es un taller para salir bien en las fotos.
Es un taller para dejar de pensar que sales mal.
Si esto te resuena, te dejo aquí la información del taller de Madrid. La de Sevilla estará en breve.
Y si no, quédate al menos con esta idea: la cámara no miente, pero tampoco juzga. Eso solemos hacerlo nosotros. Y particularmente nosotras.