Hace más de seis décadas se desenterró en Alicante uno de los conjuntos arqueológicos más asombrosos de la Edad del Bronce europea. Casi 60 años después, una pregunta fascinante vuelve a iluminar este hallazgo: ¿podrían algunos de sus objetos estar hechos con un metal que vino del espacio? La respuesta sorprende, y abre una ventana inesperada a la tecnología y las creencias de nuestros antepasados.
Eduardo Fernández / Terabithia Press / Madrid
En diciembre de 1963, el arqueólogo José María Soler García desenterró en la provincia de Alicante uno de los conjuntos más espectaculares de la Edad del Bronce europea: el Tesoro de Villena, formado por casi 10 kilogramos de objetos preciosos que incluyen cuencos, brazaletes, botellas y ornamentos de oro, plata, ámbar y hierro. La colección, depositada cuidadosamente en una vasija de cerámica hace más de 3. 000 años, ha sido desde entonces una pieza clave para entender la metalurgia y los sistemas de poder de las sociedades prehistóricas de la península ibérica.
Pero más allá de su valor material, recientes análisis químicos han descubierto algo aún más extraordinario: dos de sus objetos metálicos —una semiesfera decorativa y un brazalete— fueron hechos con hierro procedente de un meteorito. Este tipo de hierro, rico en níquel y detectable solo mediante técnicas modernas como la espectrometría, es anterior a la llegada generalizada del hierro terrestre en la región (que no comenzaría hasta alrededor del 850 a. C.). Su presencia junto a piezas de oro finamente trabajadas sugiere que las comunidades del Bronce tardío no solo apreciaban metales raros, sino que eran capaces de reconocer y valorizar un material literalmente “caído del cielo”.
El conjunto incluye vasos, pulseras, botellas ornamentales y otros restos de orfebrería de una época en que la artesanía metalúrgica estaba en pleno auge. Desde su hallazgo, este tesoro ha sido continuamente objeto de estudio y exhibición, tanto en España como en exposiciones internacionales.
La sorprendente pista metalúrgica
Entre los objetos resplandecientes de oro, había dos piezas que siempre llamaron la atención por su aspecto oscuro y metálico: un brazalete abierto y una pequeña semiesfera —quizá parte de un cetro o empuñadura— recubierta con lámina de oro. Su presencia parecía un anacronismo, pues la Edad del Hierro en la Península Ibérica no comenzó hasta siglos después de la época a la que datan estos objetos.
Con el paso del tiempo, y gracias a técnicas analíticas modernas como la espectrometría de masas, los científicos comprobaron algo espectacular: los análisis revelaron una alta proporción de hierro-níquel y otros elementos asociados típicamente con meteoritos. Es decir, estas piezas no estaban hechas con hierro terrestre fundido, sino con hierro que llegó del espacio, incrustado en un meteorito que impactó la Tierra mucho antes de que esas antiguas manos lo trabajaran.
Un metal «extraterrestre» con historia
Este hallazgo sitúa al Tesoro de Villena entre los casos más antiguos conocidos en los que se utilizó material de origen extraterrestre para fabricar objetos de prestigio. El hierro meteorítico, rico en níquel, era extremadamente raro y difícil de trabajar; y sin embargo, estas civilizaciones prehistóricas no solo lo recolectaron sino que lo incorporaron en piezas ornamentales únicas y simbólicas.
La investigación sugiere que estas piezas metidas en un contexto de oro y otros materiales preciosos podrían haber tenido un significado ritual o social especial, posiblemente relacionados con creencias cósmicas o con la atribución de poder y estatus a quienes las poseían.
Reescribiendo la historia antigua
Que en la Península Ibérica, hace más de 3 000 años, existiera la capacidad de identificar y trabajar metal que “no era de este mundo” no solo enriquece la historia del Tesoro de Villena, sino que también amplía nuestra comprensión de las habilidades técnicas y la imaginación de las sociedades antiguas. Este descubrimiento no es solo un guiño al pasado, sino una llamada de atención sobre cómo las culturas más antiguas interactuaban con su entorno —tanto terrestre como celestial— de maneras que aún hoy siguen revelando secretos.