Navarra ante el espejo | Institución Futuro

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Cuando comienza un nuevo año conviene hacer balance del que se deja y afrontar el que llega. En el caso de Navarra, se deja un año de luces -menos de las que nos gustaría- y de sombras, muchas más de las que quisiéramos. 2025 invita más a la reflexión que a la autocomplacencia, y a “ponerse las pilas” ante el 2026.

En la escuela se sabe que cada asignatura se califica con notas de trabajos, de exámenes, de participación en clase…, para acabar con la calificación final: la nota definitiva. Navarra mantiene buenos parciales: empleo, afiliación a la Seguridad Social, inversión en I+D… incluso calidad de vida. Y, si tomamos una nota final, la de la evolución del PIB, seguimos aprobando: crecimos un 2,1% interanual en el tercer trimestre de 2025. ¡Estamos progresando adecuadamente! Sin embargo, y siguiendo el símil de las notas escolares, esa nota final que resume el curso y de la que presumimos es ramplona: la media del resto de la clase (el PIB de España) fue, en ese mismo trimestre, del 2,8%. Somos de los alumnos que estamos por debajo de la media, de los que la bajamos, cuando éramos de sobresaliente o matrícula. Pero, lo que es aún peor, diría el profesor a nuestros padres, es que llevamos ya 4 años así… Lo dicho, nos estamos convirtiendo en alumnos ramplones. Por mucho que vistamos de progres y nos vayamos de bares.

No conseguimos subir nota en asignaturas como la del paro registrado, y en la de nuestra industria -una de nuestras fuertes- se nos ve cansados, con síntomas de desgaste, sin un plan claro de qué industria queremos ni la estrategia a seguir. Incluso parece que queremos suspenderla. Nos empeñamos en hacerlo mal: fiscalidad, infraestructuras energéticas y de comunicación… o los retrasos incomprensibles en el Canal de Navarra, infraestructura clave para nuestro sector agro.

A ello se suma un elemento que trasciende lo estrictamente económico: la inestabilidad política e institucional. En términos escolares, nos estamos dejando llevar por malas compañías. La percepción de estar en manos de quienes piensan más en sí mismos que en la ciudadanía es general. Y las denuncias de corrupción, los episodios de descrédito y la sensación de parálisis en proyectos estratégicos dañan la confianza, factor clave para crear empresa y atraer inversión. Por ello, no es casualidad que la inversión extranjera directa brille por su ausencia en Navarra (de apenas el 1,8% del total nacional en los tres primeros trimestres de 2025) y que grandes proyectos estén eligiendo Comunidades Autónomas vecinas. El capital, como suele decirse, es muy sensible a los entornos inciertos y, cuando duda, simplemente se va a otro lugar.

En el ámbito de lo público, algo estamos haciendo mal. Nunca se ha gastado tanto –para este 2026, más de 6.300 millones de euros presupuestados, un 80% más que hace diez años- y, sin embargo, la percepción ciudadana sobre la calidad de los servicios públicos es cada vez más negativa. Sanidad y vivienda encabezan, de forma recurrente, la lista de preocupaciones de los navarros. El acceso a la atención sanitaria se ha complicado; la escasez de vivienda, especialmente para jóvenes, se ha convertido en un problema estructural; y la inversión pública y recaudación récord no se traduce en una mejora tangible del bienestar cotidiano, por mucho que se repita que tenemos la mejor calidad de vida. Esta brecha entre gasto y resultados debería ser una de las principales señales de alarma para los responsables políticos.

Tenemos tareas pendientes muy conocidas. Navarra no está aprovechando su autonomía fiscal como una verdadera ventaja competitiva frente a otros territorios, especialmente frente a regiones cercanas que compiten por el mismo talento y las mismas inversiones. Las infraestructuras estratégicas acumulan retrasos difíciles de justificar y las carencias en energía, transporte o conectividad encarecen los costes empresariales. Y, por encima de todo, falta ese marco de estabilidad institucional que permite planificar a medio y largo plazo, con estrategia. Pero a la vez, plantea una cuestión de fondo que desde Institución Futuro creemos fundamental: nuestro modelo de crecimiento y los paradigmas que lo sustentan. Existe el riesgo de consolidar una senda basada en sectores de menor valor añadido y en un peso creciente del gasto público, mientras se debilita la base industrial y empresarial. Mantener a largo plazo los niveles de renta y cohesión social sin una economía productiva sólida es sencillamente inviable.

De cara a 2026 y años sucesivos la foto fija y el crecimiento por inercia no bastarán para aprobar el curso. Necesitamos -además de las tareas citadas- reformas estructurales que pongan el foco en una Navarra mejor, por encima de toda ideología e interés de sillón o partidista. Principalmente dos: una apuesta clara -con visión y plan- por la industria y la empresa, motores del empleo, innovación y recursos para sostener el Estado del bienestar; y la conjunción en los servicios públicos de iniciativa privada y administración pública. Porque el Estado del bienestar no es público: es de todos y para todos, que no es lo mismo. Sin ambas premisas, Navarra será mediocre.

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