Irán en crisis económica, energética y medioambiental

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  • Sin reformas ni flexibilización de las sanciones, el tipo de cambio, la inflación, el déficit público, el crecimiento y el nivel de vida en Irán seguirán deteriorándose.
  • Superar la crisis energética requiere reformar en profundidad el sector, reducir subsidios, más transparencia, grandes inversiones y moderar las sanciones.
  • La crisis medioambiental y el cambio climático afectan a la seguridad humana por la carencia de suministros básicos como el agua, los alimentos y un aire limpio.
  • Solventar estas crisis no eliminará las aspiraciones de libertad y derechos humanos de la población, pero sin afrontarlas el malestar social aumentará.

Análisis

Introducción

Las causas de las masivas protestas en Irán trascienden la triple crisis económica, energética y medioambiental que padece el país desde hace años. Las encuestas muestran que la libertad y el respeto a los derechos humanos figuran de manera prioritaria en las preferencias ciudadanas iraníes, pero también la relevancia que otorgan a las cuestiones económicas y ambientales.[1] Antes de ser reprimidas con enorme violencia los pasados 8 y 9 de enero,[2] las protestas comenzaron en el bazar de Teherán por el colapso del rial, pero pronto tomaron un cariz político propagándose al conjunto del país. El trasfondo de crecientes dificultades económicas, escasez de combustible, apagones continuos, problemas de suministro de agua y elevados niveles de contaminación atmosférica urbana actuaron como catalizadores de las protestas. El análisis aborda la naturaleza y las perspectivas de cada una de estas crisis, concluyendo que seguirán deteriorando el nivel de vida y alimentando el malestar de la población. Las conclusiones son contingentes al impacto de eventuales nuevos ataques al país por parte de Israel o Estados Unidos (EEUU) y a un cambio en el régimen de sanciones, que requerirían un análisis específico.

El 28 de diciembre de 2025 el tipo de cambio del rial iraní se hundía a mínimos históricos de unos 1.445.000 riales por dólar en el mercado paralelo, tras caer alrededor de un 10% en un día, casi un 25% en un mes y un 60% desde el 12 de junio, fecha de comienzo de la guerra de los 12 días y los primeros bombardeos israelíes. Los comerciantes de varios centros comerciales de teléfonos móviles cercanos al Gran Bazar en el centro de Teherán cerraron sus tiendas y se concentraron para entonar cánticos de protesta contra el régimen por un colapso del rial que les impedía ejercer su actividad. La revuelta de los bazaaris, que colaboraron en la caída del Sha y financiaron el regreso de Khomeini, supuso un punto de inflexión.

Numerosos transeúntes se unieron a las protestas, que se extendieron rápidamente por otros puntos de la ciudad y, en días sucesivos, al resto del país. El colapso cambiario venía precedido de una rápida depreciación del rial en los años previos (véase la Figura 1 para las medias anuales), acelerada tras la guerra de los 12 días. Las previsiones apuntan a que el rial seguirá perdiendo valor en 2026 y los próximos años; de hecho, en las primeras semanas de enero ya había caído muy por debajo de las previsiones de los analistas, hundiéndose rápidamente a los niveles medios pronosticados para 2028 y 2029. A fecha de cierre de este análisis, el 27 de enero de 2026, el tipo de cambio en el mercado paralelo había seguido cayendo hasta los 1.482.500 rial/dólar.

El hundimiento del rial ha reforzado las presiones inflacionistas: en 2025, la inflación media anual se situó por encima del 40% (Figura 2), pero en diciembre ya superaba el 52% interanual según los últimos datos de The Economist Intelligence Unit (EIU). La subida del nivel de precios de los alimentos superaba en diciembre de 2025 el 72% interanual, deteriorando gravemente el nivel de vida de la población y convirtiéndose en otro catalizador de las protestas. Se prevé que la inflación seguirá en niveles muy elevados en 2026 (41,6% según el Fondo Monetario Internacional –FMI– y 50% según EIU), para reducirse levemente en 2027 (33,8% según el FMI y 40% según EIU) y mantenerse en el 30% en 2028 y 2029, cayendo al 25% en 2030. Al igual que ocurre con la caída del rial, la inflación seguirá suponiendo un serio problema económico y un factor de malestar social hasta finales de la década. Se prevé que la desaparición de los tipos de cambio subsidiados para la importación de alimentos básicos acelere la subida de sus precios.

Figura 2. Irán: crecimiento del PIB, inflación y déficit público, 2020-2030

202020212022202320242025*2026^2027^2028^2029^2030^
Inflación (IPC, %)36,540,245,840,732,542,4
(41,8)
41,6
(50)
33,8
(40)
28,7
(30)
25
(30)
25
(25)
Déficit público (% PIB)-4,9-3-2,6-2,5-3,8-4,4-4,3-3,8-3,7-3,5-3,4
Crecimiento PIB (%)4,44,14,45,33,70,6
(-1,6)
1,1
(-2)
1,6
(1,5)
2
(2,1)
2
(1,9)
2
(2)
Notas: (*) estimado, (^) previsiones.
Fuente: FMI, 2026 World Economic Outlook Update, enero; y (entre paréntesis) The Economist Intelligence Unit (EIU).

La capacidad de la política monetaria iraní para contener la inflación es muy limitada. Debido a las sanciones internacionales, Irán no puede acceder a los mercados financieros internacionales y el gobierno sólo puede financiar el déficit recurriendo a imprimir moneda (monetización del déficit), reforzando las presiones inflacionarias y cambiarias. Se prevé un déficit público por encima del 4% en 2026 y en el entorno del 3,5-4% hasta finales de esta década. Las dificultades del gobierno para contener el gasto y aumentar los ingresos se verán probablemente agravadas por la dificultad de reducir los subsidios energéticos y el gasto social sin exacerbar el malestar de la población.

El rechazo del presupuesto por un parlamento iraní controlado por los ideólogos del régimen obligó en los primeros días de las protestas a su modificación para reducir las medidas de austeridad del gobierno pragmático del presidente Pezeshkian.[3] Entre las medidas de austeridad mantenidas en el nuevo presupuesto está la eliminación del tipo de cambio subsidiado para los bienes básicos, la reducción de los subsidios energéticos (aunque sólo para grandes consumidores) y limitar la inversión pública a aquellos proyectos próximos a su finalización y con mayor impacto económico. Según EIU, la propuesta para aumentar los salarios y las pensiones del sector público en un 20%, muy por debajo de la inflación, fue rechazado por el parlamento, que ha conseguido aumentarlos en un 43%. Otra medida de gasto para compensar la eliminación del tipo de cambio subsidiado a las importaciones esenciales consiste en emitir cupones mensuales para cada iraní por valor de unos siete dólares intercambiables por alimentos.

La mala gestión económica del gobierno, la corrupción, la caída del poder adquisitivo y de la demanda pública y privada se suman a las duras sanciones a que está sometido el país. El resultado es que el crecimiento real del PIB se ha hundido, aunque las estimaciones para 2025 y las previsiones para años sucesivos varían según las fuentes (Figura 2). El FMI estima para 2025 un bajo crecimiento del 0,6% del PIB, mientras que EIU estima una caída del 1,6%. Las diferencias se mantienen en las previsiones para 2026: 1,1% según el FMI y -2% según EIU. Para 2027-2030, las previsiones convergen entre el 1,5 y el 2%, en todo caso muy por debajo del periodo 2020-2024, cuando el crecimiento osciló entre el 3,7% y el 5,3%. La economía seguirá padeciendo una crisis de crecimiento en los próximos años, incluso una recesión en 2026, imposibilitando una mejora en las condiciones de vida de la población.

El efecto económico de las sanciones es claro, pero su estimación resulta objeto de controversia.[4] Un análisis contrafactual para el período 1989-2019 estima que sin sanciones el crecimiento anual promedio del PIB podría haber rondado el 4-5% frente al 3% alcanzado.[5] Se trata de un coste elevado (1-2 puntos porcentuales menos de crecimiento durante tres décadas), explicado por los efectos directos e indirectos de las sanciones. Entre los directos están los obstáculos a las exportaciones de petróleo, el aislamiento financiero por la exclusión de Irán del sistema de pagos SWIFT, el hundimiento de la inversión extranjera, las interrupciones en las cadenas de suministro y la pérdida de valor del rial. Los daños indirectos se deben a las respuestas disfuncionales de política económica a las sanciones, como la promoción de una «economía de resistencia» basada en la autosuficiencia y la priorización del gasto ideológico y de seguridad, incluyendo la asignación de más recursos a programas de defensa.

Parte de esos efectos indirectos se explican por la economía política de la elusión de sanciones, que reforzaron las redes de intermediarios, las empresas fachada y a los actores con conexiones políticas para gestionar el comercio informal y el contrabando (incluido el de petróleo y derivados). Esta realidad ha agudizado las desigualdades, una preocupación clara de la sociedad iraní según las encuestas, y el desplome de la clase media. La opacidad ha generado mucha corrupción: según Transparencia Internacional, Irán estaba en 2024 entre los países más corruptos del mundo, en el puesto 151 de los 180 países evaluados. Opacidad y corrupción también están en el origen de una crisis bancaria con severos efectos sobre la economía y la población. El creciente control por parte de la Guardia Revolucionaria de buena parte de la economía iraní es otra de las consecuencias de la “economía de resistencia” seguida por el régimen.

A todo ello se añade el gasto en el programa nuclear y de misiles, así como el apoyo a los aliados de la República Islámica en Oriente Medio[6] y a Venezuela. El malestar de la población iraní por el desvío de recursos escasos hacia esos aliados se plasmó en una consigna muy coreada durante las protestas: “ni por Gaza ni por Líbano, sacrifico mi vida por Irán”. Finalmente, debe considerarse el negativo efecto económico de las propias protestas. Su intensidad y duración, así como la violencia ejercida para sofocarlas han deprimido el consumo y la actividad comercial por el cierre de establecimientos y la violenta represión en las calles. El apagón de Internet ha supuesto la desaparición de los servicios y ventas online, de las que dependen las pequeñas empresas y emprendedores que operan desde sus casas, numerosos proveedores de servicios informáticos y de enseñanza y un sector de minado de criptomonedas en expansión.

Crisis energética

Una de las consecuencias de la mala gestión económica y el desvío de recursos hacia la seguridad, los programas nuclear y armamentístico y los aliados del “eje de resistencia” es la crisis energética que asola al país. La crisis se manifiesta en la escasez de combustibles para el transporte y la generación eléctrica, muy dependiente del gas natural, así como el mal estado de las redes de gas y electricidad. Las sanciones han empeorado la situación de un sector energético incapaz de importar equipos y servicios para mantener y ampliar las instalaciones y abastecer una demanda creciente. No obstante, las sanciones no explican por sí solas la crisis sistémica del sector energético, pues el país tiene acceso a los equipos y servicios de China y Rusia, esta última vecina de Irán y con experiencia en gestionar sanciones internacionales sin que su población haya sufrido cortes del suministro. El sector también se ha visto afectado por los ataques de Israel, aunque el impacto ha sido limitado: los ataques israelíes de octubre de 2024 afectaron a dos gasoductos, mientras que los de junio de 2025 atacaron un depósito de almacenamiento de petróleo y dos plantas de tratamiento de gas del campo de South Pars.

El deterioro de los servicios energéticos es especialmente grave en un país dotado con ingentes recursos: según el Statistical Review of World Energy de 2025, Irán alberga el 9% de las reservas probadas mundiales de petróleo, las cuartas mayores del mundo, pero en 2024 sólo representaba el 5% de la producción mundial; y el 17% de las reservas probadas de gas natural, las segundas del mundo sólo por detrás de Rusia, pero apenas el 6,5% de la producción mundial. Irán cuenta también con grandes recursos solares y eólicos, pero ha sido incapaz de desarrollarlos y su contribución a la generación eléctrica es negligible. Pese a que los subsidios al consumo energético alcanzan el 25% del PNB del país y suponen una pesada losa presupuestaria, las interrupciones de suministro son un motivo de malestar que ha causado repetidas protestas sociales.

La recurrente escasez de gasolina genera especial malestar entre los iraníes, a los que resulta difícil explicar que las cuartas reservas mundiales de petróleo no permitan abastecer la demanda doméstica; especialmente considerando el fuerte aumento de la producción desde 2021 (Figura 3), cuando se relajó la aplicación de las sanciones internacionales. Según fuentes oficiales, la demanda de combustibles ha llegado a alcanzar los 140 millones de litros diarios, muy por encima de los 110 millones producidos. El déficit de refino obliga a Irán a importar gasolina, unos 2.000 millones de dólares en 2025 según el Tribunal de Cuentas iraní y casi 6.000 millones según el gobierno, sin que quede claro qué cifra es la real. Esa gasolina importada a precios de mercado, mucha desde Rusia, se vende en las gasolineras a precios subsidiados.

Las causas de la escasez de gasolina son múltiples, pero el principal motivo es el fuerte nivel de subsidios para evitar las protestas surgidas tras intentos previos de reducirlos. En noviembre de 2019 se produjeron importantes protestas por un aumento abrupto del precio de los combustibles que fueron violentamente reprimidas. El gobierno no se había atrevido a volver a reducir los subsidios a la gasolina hasta diciembre de 2025. Aunque de manera más pausada y enfocada en los grandes consumidores, la medida causó gran malestar y acentuó las subidas de precios de los alimentos. Los subsidios incentivan además un lucrativo contrabando hacia países vecinos donde los precios son mucho más altos, especialmente Irak, Turquía y Pakistán. Se estima que alrededor del 20% de los combustibles vendidos en las ga

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Gonzalo Escribano