El valor de la comunicación más allá de los datos - Agencia comma

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No todos los días una va a celebrar los 50 años de El País en el Museo del Prado y sale pensando que el problema del mundo no es la falta de soluciones, sino la pésima manera que tenemos de contarlas. Ese día habló Bill Gates durante media hora. Media hora de cifras, decisiones y consecuencias reales. Media hora en la que, paradójicamente, lo más inquietante no fue lo que dijo, sino pensar cuántas de esas cosas llevan años pasando sin que nadie les preste demasiada atención.

Confieso: tengo 22 años, soy becaria y aún me tropiezo con la palabra “comunicación” como quien entra en una casa enorme y no encuentra el baño. Por eso este texto no pretende enseñar nada; solo poner en voz alta preguntas incómodas que me surgieron.

Una de las ideas que más se repitieron en la conversación fue esta: desde el año 2000 hasta 2025, la mortalidad infantil se redujo a la mitad. No ligeramente. No “un poco”. A la mitad. Podríamos estar ante el mayor descenso ende la historia de la humanidad. Vacunas que cuestan 1,50 dólares. Inyecciones de 2 dólares que evitan que una mujer muera desangrada al dar a luz. Mosquiteras que impiden que la malaria siga siendo una ruleta rusa para millones de niños.

Y, aun así, muy poca gente habla de esto.

Aquí es donde, como persona que empieza a mirar la comunicación desde dentro, algo me chirría. Porque si salvar millones de vidas no es un titular “sexy”, ¿qué lo es?. ¿En qué momento decidimos que los datos sólosolo importan si vienen envueltos en drama, conspiración o apocalipsis?

Falta de continuidad

Gates mencionó algo que me pareció un poco impactante: el año pasado murieron más niños que el anterior. No porque se hubiera descubierto una nueva enfermedad, sino porque se recortó la ayuda internacional de forma brusca y desordenada. Las mosquiteras no llegaron. Los suplementos nutricionales se quedaron en almacenes. Medicamentos contra el VIH se desperdiciaron. Gente murió. No por falta de soluciones, sino por falta de continuidad en los proyectos.

Esto, desde la perspectiva de alguien que empieza en comunicación, es casi sorprendente e irónico. La historia es simple y brutal: das un poco de dinero, salvas millones; lo recortas, muere gente. Punto. Y aun así, nadie habla de esto. No sale en titulares, no hace viral ningún post, no provoca indignación masiva.

Quizá sea porque es demasiado racional. Quizá porque no hay villanos evidentes ni plot twists que nos sorprendan. Quizá porque aceptar que el mundo mejora con acciones pequeñas, silenciosas y constantes no es muy glamuroso, ni emocionante, ni digno de meme.

Uno de los momentos más absurdos de la charla fue cuando Gates contó cómo se canceló una ayuda sanitaria en Mozambique porque una provincia se llama Gaza y alguien, haciendo búsquedas de texto, decidió que eso significaba financiar condones a Hamás. Resultado: bebés naciendo con VIH porque se cortó la medicación a madres embarazadas. Si esto fuera una serie, diríamos que el guión es inverosímil. Pero era real. Y pasó casi sin ruido.

Contar lo que sí funciona

Aquí aparece el verdadero elefante en la habitación de la comunicación: no sabemos contar bien lo que sí funciona. Sabemos amplificar el error, el escándalo y la catástrofe, pero nos aburren los procesos largos, los resultados acumulativos, las mejoras lentas. Preferimos el colapso al progreso porque el colapso tiene relato.

Gates insistió varias veces en que el problema no es la falta de dinero, sino la percepción. Mucha gente cree que los países ricos dedican un 10% de su presupuesto a ayuda internacional. En realidad, no llega al 1%. Cuando se les explica, aceptan sin problema subirlo al 2%. El problema es que nadie se lo explica bien. O nadie lo intenta lo suficiente.

Como becaria, esto me resulta especialmente inquietante porque me coloca frente a una responsabilidad que no sabía que existía. Comunicar no es solo hacer que algo se entienda, sino decidir qué merece ser entendido. Y ahí fallamos estrepitosamente.

En la conferencia también habló de cosas que sonaban a ciencia ficción: médicos virtuales;, tutores que saben exactamente en qué fallas;, agricultores africanos recibiendo consejos mejores que los que tendría el agricultor más rico de Europa… Todo dicho con una calma desesperante. Sin expectación. Sin música épica de fondo. Como si el futuro fuera un papeleo aburrido.

Y ahí está el problema: lo que de verdad cambia el mundo casi nunca parece espectacular en el momento. Es silencioso, lento, poco fotogénico.

Lo que de verdad importa

La comunicación no puede quedarse en repetir datos. Tiene que provocar un poco, hacer que alguien se pregunte por qué no sabía esto antes. Mostrar la diferencia entre lo que llena titulares y lo que realmente importa.

No se trata de embellecer cifras ni de vender optimismo barato. Gates dejó claro que una pandemia peor que la COVID es posible. Pero también que tenemos mejores herramientas que nunca para enfrentarlo. Las dos cosas conviven, y quizá comunicar bien sea no elegir solo una.

No pretendo cerrar ningún debate, tampoco estoy en posición de hacerlo. Pero algo me quedó claro: la comunicación falla más por cómo contamos las cosas que por lo que sabemos. Y para alguien que empieza, eso da un poco de miedo… pero también entusiasma.

Si la comunicación sirve para algo, debería hacer visibles los milagros cotidianos, aunque no den likes, aunque no se vuelvan virales, aunque incomoden un poco mientras alguien sonríe y piensa: “esto debería importarme más de lo que me importa”.

Y quizá, solo quizá, ahí empieza el trabajo de verdad.

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Alba de Arquer