Central de mando en unas operaciones militares.
6 de marzo de 2026. El profesor del Máster en Seguridad, Defensa y Liderazgo de la Universidad Isabel I, Claudio Payá-Santos analiza junto al profesor Luigi Martino, de la Universidad de Bolonia (Italia), un estudio sobre las principales causas de los fallos de inteligencia en la era contemporánea y subraya la necesidad de reforzar la inteligencia táctica como elemento clave para anticipar amenazas contra la seguridad nacional.
El trabajo, publicado en la Revista Científica General José María Córdova, experta en estudios militares y estudios estratégicos de Colombia, revisa las tres grandes corrientes explicativas sobre los errores en inteligencia. La escuela tradicional atribuye los fallos a sesgos cognitivos y limitaciones psicológicas de analistas y decisores; la reformista pone el foco en disfunciones organizativas propias de sistemas burocráticos complejos; y la teoría contraria señala carencias en la fase de recopilación de información del ciclo de inteligencia.
Según el estudio, las dos primeras corrientes ofrecen mayores aportaciones operativas, ya que permiten proponer mejoras concretas, como la formación continua para mitigar sesgos cognitivos o la reestructuración organizativa para optimizar la coordinación interagencial.
La teoría de la acción preventiva
El artículo concede especial atención a la teoría de la acción preventiva, formulada por Erik Dahl, que introduce un matiz relevante: los fallos no se deben necesariamente a la ausencia de datos estratégicos, sino a la falta de inteligencia táctica concreta y accionable.
En este sentido, prevenir una amenaza grave —como un atentado terrorista o un ataque militar— no exige únicamente conocer al actor y sus motivaciones (nivel estratégico), sino disponer de información precisa sobre el cómo, cuándo y dónde se materializará la amenaza (nivel táctico). Sin estas alertas tempranas específicas, los responsables políticos tienden a no adoptar medidas preventivas, especialmente cuando actuar implica costes técnicos o riesgos políticos elevados.
El estudio pone como ejemplo paradigmático los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. Aunque existía conocimiento estratégico sobre la peligrosidad de Al Qaeda, la ausencia de advertencias tácticas detalladas sobre el momento, método y objetivos concretos impidió activar medidas que pudieran haber evitado el ataque.
La paradoja de la alerta estratégica
El profesor Paya-Santos recoge también la llamada de atención relativa a la “paradoja de la alerta estratégica”, formulada por Dahl: los decisores demandan con frecuencia análisis estratégicos generales, pero reaccionan con mayor contundencia ante advertencias tácticas específicas. Esta desconexión puede debilitar la eficacia preventiva del sistema.
No obstante, el profesor advierte de que la inteligencia no falla cuando logra trasladar advertencias tácticas claras y coherentes con el contexto estratégico. Cuando ambos niveles —estratégico y táctico— convergen, aumenta significativamente la probabilidad de que se adopten medidas eficaces para neutralizar amenazas.
Conclusiones: equilibrio y complementariedad
En sus conclusiones, el estudio sostiene que la inteligencia táctica debe considerarse una variable independiente fundamental para explicar tanto fracasos como éxitos en seguridad nacional. Invertir en análisis táctico, reforzar redes de informantes, mejorar la cooperación internacional y potenciar la vigilancia a largo plazo son medidas que pueden incrementar el rendimiento del sistema.
Sin embargo, el profesor de la Universidad Isabel I subraya que no debe infravalorarse la inteligencia estratégica. Desatender el nivel estratégico puede impedir comprender la naturaleza profunda de las amenazas, mientras que descuidar el nivel táctico puede provocar manifestaciones violentas inesperadas. Ambos planos son interdependientes y deben operar de forma sinérgica.
El profesor también reconoce las limitaciones de la teoría de la acción preventiva, especialmente para explicar grandes fracasos estratégicos —como errores de cálculo en intervenciones militares o transformaciones geopolíticas imprevistas—, así como las dificultades metodológicas para distinguir con claridad entre alertas estratégicas y tácticas en el análisis empírico.
Finalmente, el estudio propone un enfoque integrador: las distintas teorías sobre los fallos de inteligencia no deben entenderse como excluyentes, sino como complementarias. La combinación de reformas organizativas, formación en sesgos cognitivos y fortalecimiento de la inteligencia táctica constituye, según el autor, la vía más sólida para reducir riesgos en un contexto de amenazas híbridas, ciberataques y creciente complejidad internacional.
La investigación concluye que mejorar los sistemas de inteligencia no implica eliminar el riesgo de error —algo imposible—, sino gestionarlo mediante estructuras más coordinadas, analistas mejor formados y una relación más eficaz entre información, análisis y toma de decisiones políticas.