Diez años después de empezar a hacer música casi por intuición, el dúo mexicano Sotomayor vuelve con Wabi Sabi, un disco que resume tanto el camino recorrido como la aceptación de todo lo que no salió según lo previsto. Formado por los hermanos Paulina y Raúl Sotomayor, el proyecto se ha consolidado en la última década como una de las propuestas más personales de la electrónica latinoamericana.
Cuando comenzaron, recuerdan, ninguno de los dos tenía formación académica en música. Aprendieron sobre la marcha, experimentando con cajas de ritmo, sintetizadores y melodías que bebían tanto de la pista de baile europea como de la herencia musical de América Latina.
Esa mezcla también ha marcado su relación creativa como hermanos. “Al principio era todo más ingenuo”, reconoce Paulina. Con los años, sin embargo, el aprendizaje técnico y la experiencia acumulada en escenarios de distintos países han reforzado una complicidad que hoy se traduce en procesos creativos vertiginosos: para este trabajo llegaron a componer decenas de canciones en apenas dos semanas.
Wabi Sabi toma su nombre de la filosofía japonesa que reivindica la belleza de lo imperfecto y de lo inacabado, una idea que el dúo siente especialmente cercana tras la experiencia de su anterior álbum, Orígenes, publicado en 2020 en plena pandemia. Aquel lanzamiento quedó inevitablemente marcado por el parón global de la música en directo y por un contexto que no permitía celebrar las canciones como la banda imaginaba.
El nuevo disco también refleja la evolución de su sonido. Si las primeras maquetas nacieron de bases electrónicas y ritmos pensados para el club, el proceso de producción —que incluyó sesiones en Puerto Rico—, fue incorporando texturas orgánicas, arreglos instrumentales y una dimensión más épica pensada para el directo con banda completa. El resultado es un álbum que mira claramente a la pista de baile, pero sin renunciar a la riqueza melódica ni a la identidad latina.
En esta conversación, los hermanos Sotomayor reflexionan sobre la conexión creativa que comparten, la influencia de tocar ante públicos de distintos continentes, el concepto filosófico que da título al disco y el momento actual de la música latina en el panorama global.
Gladys Palmera: Wabi Sabi nace tras años de cambios personales y profesionales. ¿Qué aprendizajes individuales sentís que han transformado vuestra forma de trabajar juntos ahora?
Paulina: Ha sido un proceso muy interesante ver cómo los dos tenemos herramientas nuevas que hemos aprendido. Desde el principio se sintió mucha confianza en nuestra forma de hacer música. A veces compartimos que aprendimos a hacer música en el camino, pero cuando comenzamos era más ingenuo: ninguno de los dos sabía mucho de música ni somos músicos de academia, así que en realidad todo se ha ido descubriendo con el paso del tiempo. Ese aprendizaje también ayudó a que se sintiera esa transformación al producir este disco.
Raúl: Para nosotros es muy evidente que después de diez años haciendo música aprendimos a hacer música. Cuando empezamos no sabíamos muy bien qué estábamos haciendo, y ahora sí. Cuando nos reencontramos en el estudio para hacer este disco fue muy grato ver que la música fluyó muy rápido, porque nos entendemos muy bien como hermanos y como músicos. Más que darnos cuenta de una transformación, fue reconocer que hay una conexión especial entre nosotros: en cosa de dos semanas ya teníamos unas treinta canciones. Para mí como productor a veces no es tan fácil fluir con otro artista, porque toma tiempo entender a la otra persona. Aquí todo es muy fácil.
GP: Vuestro sonido siempre ha dialogado con pistas de baile muy distintas, desde Latinoamérica hasta Europa. ¿Cómo influye tocar ante públicos tan diversos en la manera en que componéis y producís vuestra música?
Paulina: Creo que cuando componemos no pensamos tanto en las diferencias culturales de cada lugar, sino más bien en qué energía se genera colectivamente. Al ser música bailable, fresca, pero con temas profundos y de consciencia, se crea una especie de ritual interesante que llevado a la pista de baile se convierte en una experiencia. A veces quizá no entiendes las letras, pero puedes intuir de qué tratan y lo emocional conecta con lo musical.
Raúl: Para nosotros siempre es importante que haya una fiesta. No es solo subir al escenario y tocar para que la gente escuche nuestras canciones. Tiene que haber una fiesta. Entendemos que el público es diverso: diferentes edades, nacionalidades y gustos. Pero la idea del baile es lo que los une a todos. Aunque no entiendas la letra o no sepas exactamente qué es la cumbia o el merengue, siempre puedes bailar. Trabajar alrededor de esa idea nos permite hacer música que todos puedan entender.
GP: El concepto de Wabi Sabi habla de aceptar la imperfección y el paso del tiempo. ¿De qué forma esta idea se refleja no solo en el sonido del álbum, sino también en vuestras letras y en vuestra narrativa como banda?
Paulina: Muchísimo. Nuestro disco anterior, Orígenes, fue parte de un calendario que se truncó por la pandemia y sentimos que lo que ocurrió nos enseñó que a veces las cosas no salen como uno las planea y que hay que abrazar esa imperfección. Wabi Sabi es esa otra oportunidad para compartir algo increíble con la gente, con mucho corazón y con el aprendizaje que nos ha dado el tiempo.
Raúl: Nosotros entendemos el concepto de Wabi Sabi como la aceptación de la imperfección. Cuando te das cuenta de que las cosas no pueden ser perfectas es cuando dejas ir y aceptas las cosas como son. Creemos que este álbum es tan perfecto como puede ser. Y lo mismo ocurre con el camino hasta aquí. La pandemia fue muy dura para nosotros porque sacamos Orígenes en 2020 y no le fue muy bien: el mundo no estaba para lanzar un disco. Eso hizo imperfecto nuestro camino, pero entenderlo y aceptarlo es lo que te permite seguir adelante.
GP: El disco combina géneros muy variados y referencias internacionales. ¿Cómo encontráis el equilibrio entre experimentar con nuevos lenguajes electrónicos y mantener una identidad reconocible como Sotomayor?
Paulina: Para este disco sentimos que comenzamos de una manera muy electrónica: la mayoría de las canciones nacieron con cajas de ritmo y sintetizadores. Pero al ir a Puerto Rico para avanzar la producción empezaron a agregarse nuevos colores e instrumentos, decisiones muy épicas y más organicidad. Eso le dio equilibrio y ahora se siente que habita en ambos mundos: el electrónico y el melódico, pensado también para tocarlo con músicos en vivo y una gran banda.
Raúl: Mientras hacíamos el disco nos dimos cuenta de algo importante: en 2025 la música latina ya se había apoderado del mundo. A partir de ahí nos propusimos no repetirnos ni pensar que por tener percusión una canción ya es “latina”. Queríamos ir más lejos y aportar algo nuevo. Por eso exploramos más el lado electrónico, con beats más “houseros”, más orientados al club. Pero inevitablemente, conforme terminábamos las canciones, empezaban a sonar a Sotomayor. Y eso nos hizo ver que sí tenemos un sonido reconocible. Orientarlo más al club es lo que hace que el disco dialogue con lo que pasa hoy sin dejar de sonar a nosotros.