Pedro Sánchez llegó este miércoles al Congreso en una posición que hacía tiempo que no disfrutaba: con las espaldas cubiertas. La convalidación del decreto anticrisis, que se vota este jueves, está garantizada, salvo sorpresa de última hora, después de que Podemos anunciara el martes su abstención y Junts confirmara el miércoles su apoyo. En una legislatura marcada por derrotas parlamentarias que han puesto en evidencia la fragilidad de la mayoría de investidura, esa certeza no es poca cosa. Y el presidente aprovechó para lanzarse sin cuartel contra Alberto Núñez Feijóo, cuyo apoyo sigue exigiendo pero no es ya necesario; para recrearse en el paralelismo entre la guerra de Irán y la de Irak, y para hacer de José María Aznar el gran protagonista ausente de un debate sobre política exterior que acabó convertido en un combate electoral a cara descubierta.
La comparecencia, solicitada por el propio Gobierno, tenía como objeto formal exponer la posición de España ante el conflicto en Oriente Próximo. Pero Sánchez la utilizó con una finalidad mucho más política: consolidar el relato del "no a la guerra" como eje de confrontación con la derecha de cara a un ciclo electoral que tiene su próxima parada en las elecciones andaluzas del 17 de mayo. No en vano, este pleno fue también el último de María Jesús Montero como miembro del Gobierno. En los próximos días, previsiblemente el viernes, Sánchez nombrará a su sucesor o sucesora en Hacienda y en la vicepresidencia primera para que ella pueda dedicarse de lleno a su campaña como candidata a la Junta.
El presidente arrancó su intervención inicial con un discurso en el que trazó un paralelismo detallado entre la guerra de Irak de 2003 y el actual conflicto en Irán: misma lógica de una potencia estadounidense que actúa al margen del derecho internacional, mismo silencio cómplice de la derecha española, mismo coste para los ciudadanos. "Callar ante una guerra ilegal no es prudencia. Es un acto de cobardía" echó en cara a PP y Vox, antes de recordar que más de 300.000 personas murieron en Irak, cinco millones fueron desplazadas, que aquella guerra "galvanizó" a Al Qaeda, estimuló al Daesh y "reforzó" al régimen de los ayatolás. "Aznar nos arrastró a esa locura porque quería sentirse importante. Porque quería que Bush le invitara a un puro. Una guerra a cambio de ego", se recreó. "La España que se quedaba callada en el asiento de atrás ya no existe. Ahora tenemos voz y voto y vamos a usarlo en beneficio de la humanidad", reivindicó. La respuesta del expresidente llegó desde la fundación FAES, que, en una nota, alegó que Aznar actuó en función de la información que tenía y de la lógica" cuando dio "apoyo político" a la guerra en Irak, que Sadam Hussein había utilizado armas de destrucción masiva contra su propio pueblo y que el propio dictador iraquí podría haber detenido la invasión si hubiera permitido la entrada de inspectores de la ONU.
Pero fue en el turno de réplica donde Sánchez se permitió el tono más descarnado de la jornada. Ante un Feijóo que le había acusado de ser "un matón con un tic dictatorial peligrosísimo" y un "pacifista de pacotilla" que ha triplicado la compra de armamento a Estados Unidos, el presidente, que lleva a gala su manejo de la política internacional, optó por el menosprecio. "¿Pero usted dónde lo ha leído en 'Ok diario'? -dijo ridiculizando las alusiones del líder del PP a la supuesta posesión de armamento nuclear del régimen iraní- ¿No sabe poner a Huelva en el mapa pero sabe dónde están las bombas en Irán?". Sánchez aprovechó para exigir además a Feijóo que aclarara qué votará este jueves en la convalidación del plan anticrisis. El líder de la oposición, que a lo largo del debate no mencionó en ningún momento a Donald Trump, respondió con su propio repertorio: "Le escuece que alguien a quien menosprecia le gane todas las elecciones. La mayoría de los españoles no queremos la guerra, pero tampoco le queremos a usted".
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LAS CUENTAS DE ABASCAL
El debate deparó también un momento de tensión con Santiago Abascal, cuya intervención estuvo marcada por la crisis interna que sacude a Vox, con varios de sus fundadores denunciando contratos millonarios con empresas de sus principales asesores. Cuando Sánchez aludió a esas denuncias, Abascal le espetó: "Deje de escupir su veneno y soltar las mierdas que le dicen". El presidente respondió con sorna: "La salud que a usted le importa es la de su cuenta bancaria".
La izquierda, por su parte, dejó algunas estampas reveladoras. Gabriel Rufián volvió a ejercer su papel habitual: el de defensor de los socialistas frente a los ataques de la derecha -respondió a las alusiones del PP sobre Bildu y las excarcelaciones de etarras- y al mismo tiempo el de guardián de las esencias progresistas, presionando al Gobierno para que vaya más lejos. El portavoz de ERC exclamó un "¡Viva Cuba!" desde la tribuna y preguntó a Sánchez si está dispuesto a defender a la isla, en una intervención que ilustra bien las tensiones que el Gobierno debe gestionar en su flanco izquierdo mientras trata de construir mayorías hacia el centro.
Los socialistas, en todo caso, vivieron el debate como una victoria. Creen que Sánchez consiguió lo que buscaba: un pleno en el que el PP se mostró incapaz de articular una posición nítida sobre un ataque militar que rechazan la mayoría de los españoles. "España no va a ser cómplice de agresiones ilegales ni de mentiras disfrazadas de libertad. No esta vez. No mientras yo sea presidente", se reivindicó el jefe del Ejecutivo. "Espero -remachó tras asegurar que Aznar tampoco hizo "nada" para paliar los efectos de la guerra de Irak en la economía - que los ciudadanos sean conscientes de la importancia de tener Gobiernos comprometidos con la gente de a pie".