“Nos veremos al otro lado”, dijo Jim Lovell, el piloto del modulo de mando del Apolo 8, cuando la nave que comandaba en diciembre de 1968 se aventuró en la cara oculta de la Luna y perdió la comunicación con los ingenieros de la Nasa que seguían la misión desde nuestro planeta. “Entramos en órbita lunar por el lado oscuro y la Luna no se veía por ninguna parte. A medida que continuábamos orbitando, fragmentos de luz solar empezaron a iluminar las cumbres de los cráteres que estaban a solo 60 millas -casi 100 kilómetros- por debajo de nosotros. Finalmente, el lado oculto quedó bañado por la luz del Sol y observamos en silencio cómo los antiguos cráteres del lado lejano pasaban lentamente bajo nosotros. Estaba contemplando en vivo esa parte de la Luna que había permanecido oculta al ser humano durante millones de años", continuó Lovell.
A una experiencia similar se enfrentarán en los próximos días Reid Wiseman, Jeremy Hansen, Christina Koch y Victor Glover, los cuatro astronautas que partieron en la madrugada de este jueves hacia la Luna 53 años después de la última misión tripulada al satélite terrestre. Tras superar algunos problemas iniciales -se perdió la comunicación con la nave durante el despegue y se detectó una incidencia con el retrete, que se estrena en este vuelo-, comprobaron este jueves que todos los sistemas vitales de la cápsula Orión -la nave en la que viajan- funcionaban correctamente. Solo entonces emprendieron el camino hacia su destino.
Será en el sexto día de la misión, previsiblemente este martes, cuando la Artemis II llegue al mismo punto al que se enfrentaron hace más de cinco décadas Lovell y sus compañeros. En ese momento coincidirán dos circunstancias: será cuando estén más cerca de la Luna y más lejos de la Tierra. Sobrevolarán el satélite a una altura superior a la de entonces, entre 6.500 y 9.500 kilómetros de distancia, lo que hará que la vean del tamaño de una pelota de baloncesto, según la Nasa. Sobre la distancia respecto a nuestro planeta, se calcula que se habrán alejado 400.000 kilómetros, una marca nunca antes alcanzada por una misión tripulada -supera al Apolo 13, en la que también participó el mencionado Lovell-. Esta cifra convierte a esta misión en el viaje más largo de la historia jamás protagonizado por la humanidad. Tampoco ninguna mujer -Christina Koch- ni ningún hombre negro -Victor Glover- habían viajado hasta ahora hasta la Luna.
BASE EN MADRID
Ese momento, el de afrontar la cara del satélite que permanece siempre oculta a su observación desde la Tierra, será cuando pierdan toda comunicación. Ocurre así porque el satélite se interpone entre la Orión y la llamada Red del Espacio Profundo (DSN, por sus siglas en inglés), una serie de antenas de gran alcance situadas en Madrid, Camberra (Australia) y Goldstone (Estados Unidos) que sigue su rastro. Su ubicación no es casual: separadas 120 grados en longitud, esto hace que cuando una nave espacial desaparece en el horizonte, la releve otra de las estaciones. Pero no evitarán la incomunicación de la Orión -China ha solventado este problema con un sistema de satélites que permiten triangular la señal-. De acuerdo a los cálculos de la agencia espacial norteamericana, serán entre 30 y 50 minutos, quizás los de mayor incertidumbre de los 10 días que se prolongará el periplo espacial. En este tiempo, la tripulación, que se ha entrenado durante dos años para afrontar todo tipo de imprevistos, deberá funcionar de forma autónoma al tiempo que recogen datos y sacan fotografías de una faceta lunar que muy pocos astronautas han podido contemplar.
“Apolo 8, Apolo 8, ¿cómo me recibes?”, preguntaron desde Houston los ingenieros a la tripulación de aquella misión. "Alto y claro", respondieron
Un traje espacial para sobrevivir hasta 6 días
Durante la transmisión en directo del lanzamiento de la misión Artemis II, al ver a los cuatro astronautas instalados en el módulo Integrity, algunos aficionados al cómic comentaron en la red social X el parecido de sus trajes espaciales con los que visten Tintín y sus compañeros en la clásica historieta 'Aterrizaje en la Luna'. Los dos modelos, los que visten los astronautas que vuelan ahora mismo hacia la Luna y los de los personajes de Hergé, son naranjas. Pero esto no es casual ni responde a un capricho estético de los diseñadores de la Nasa. Este color es una de las características de seguridad que distinguen al Orion Crew Survival System (OCSS), el tipo de traje espacial diseñado para las misiones Artemis. “La capa exterior es de color naranja para que los tripulantes sean fácilmente visibles en el océano en caso de que tengan que abandonar la cápsula Orión sin la ayuda del personal de recuperación”, explican desde la Nasa.
El OCSS es mucho más que una prenda llamativa; representa la culminación de décadas de ingeniería dedicada a la supervivencia humana en el entorno más hostil imaginable, el espacio exterior. Para comprender la importancia de esta tecnología, es necesario entender el concepto central que la agencia estadounidense explica en sus manuales: los trajes espaciales son naves espaciales en sí mismos (‘spacesuits are spacecraft’). El traje no es solo un uniforme de trabajo sofisticado, sino un sistema de soporte vital autónomo que protege a quien lo viste del ambiente extremo del espacio, cumpliendo funciones muy similares a las de un vehículo orbital.
Los primeros trajes del programa Mercury eran versiones modificadas de trajes presurizados de la marina estadounidense y solo se utilizaban dentro de la cápsula. Con el programa Gemini, la tecnología avanzó para permitir las primeras caminatas espaciales, aunque los astronautas seguían dependiendo de una manguera conectada a la nave para recibir oxígeno. Con el programa Apolo los trajes se convirtieron en sistemas independientes gracias a dispositivos de soporte vital portátiles en forma de mochila que permitieron a los exploradores caminar sobre la Luna. Tras el programa del Transbordador Espacial, con sus trajes de presión naranjas para el despegue y el aterrizaje, la Nasa ha refinado cada componente hasta llegar al modelo que visten ahora mismo los tripulantes del Integrity.
PROTECCIÓN Y MOVILIDAD
El Orion Crew Survival System es un traje de actividad intravehicular (IVA). Esto significa que su diseño está planteado para ser utilizado exclusivamente dentro de la nave espacial Orión durante las fases de mayor riesgo de la misión, como el lanzamiento, el ascenso al espacio, la reentrada en la atmósfera terrestre y el amerizaje final. A diferencia de los trajes de actividad extravehicular, que son pesados y rígidos, el OCSS busca un equilibrio entre la protección frente a una descompresión accidental y la movilidad necesaria para operar los controles de la nave en situaciones críticas.
Una de las características técnicas más destacadas del OCSS es su ajuste personalizado. Cada uno de los trajes de los cuatro tripulantes ha sido fabricado a medida para garantizar que, bajo presión, mantenga la movilidad suficiente para cumplir con sus tareas.
El sistema OCSS también aborda necesidades antropométricas y de ergonomía avanzadas. El traje debe permitir que el astronauta se siente en los asientos de la cápsula Orión, diseñados para mitigar el impacto durante el regreso a casa. Cada componente, desde los guantes que deben permitir una destreza suficiente para manejar pantallas táctiles y botones bajo presión; hasta el casco, que proporciona un campo de visión amplio y suministro de oxígeno continuo, ha sido testado para soportar condiciones de emergencia cerca de la Luna. La integración con los sistemas de la nave es total, lo que permite que el traje actúe como la última línea de defensa si el Integrity sufriera una pérdida de presión en el espacio.
El traje, ignífugo, es una prenda presurizada que incluye una capa de restricción para controlar su forma y facilitar los movimientos de los astronautas. Una cremallera rediseñada permite ponérselo con rapidez. Interfaces adaptables suministran aire y eliminan el dióxido de carbono exhalado. Cuenta con un sistema mejorado de gestión térmica para mantener frescos y secos a los astronautas, que llevan bajo el traje una prenda de refrigeración líquida.
En caso de que la cápsula Orión pierda presión en la cabina, “los astronautas podrían sobrevivir dentro del traje hasta seis días mientras regresan a la Tierra”, indica la Nasa. Estos trajes están equipados con un kit de material de supervivencia por si los astronautas “tuvieran que abandonar la cápsula Orió n después del amerizaje, antes de que lleguen los equipos de recuperación”. Cada uno de los trajes lleva su propio chaleco salvavidas que contiene “una baliza localizadora personal, un cuchillo de rescate y un kit de señales que incluye un espejo, una luz estroboscópica, una linterna, un silbato y barras luminosas”.
El retrete de 23 millones
En los años 60 y 70, los astronautas carecían de baño a bordo. Debían usar bolsas. La Orión sí cuenta con inodoro, pero como suele pasar cuando pruebas un sistema nuevo, algo puede fallar. Eso es lo que ha ocurrido en la misión Artemis II. Nada más despegar se informó de una luz parpadeante. Venía del retrete. A bordo de la Orión no existe la gravedad. Los desechos no ‘caen’ como en la Tierra. Esto obliga a diseñar otro sistema. La solución es un sistema desarrollado con una inversión de más de 23 millones de dólares, que se basa en el uso de flujo de aire, un sistema de succión que ‘aspira’ los desechos y los dirige hacia compartimentos específicos.