Escrito por: @Megan Pilatzke (ella), especialista en inclusión, @Specialisterne Canada
Desde que tenía 5 años y empecé el colegio, ya sentía que era diferente a los demás. Aunque tardé muchos años en entender por qué.
Cuando finalmente me incorporé al mundo laboral, a principios de mis 20, empecé a encontrarme con muchas dificultades. Cosas que para otros parecían sencillas, como entender lo que se esperaba de mí, gestionar el feedback constructivo o moverme en la comunicación del día a día, a menudo me resultaban abrumadoras y confusas. Muchas veces tenía conversaciones y no entendía cuáles eran los siguientes pasos o por qué recibía ciertos comentarios.
El 19 de mayo de 2021, con 31 años, mi vida dio un giro. Descubrir que era autista no cambió mis experiencias, pero sí transformó la forma en que las entendía.
Desde fuera parecía que todo iba bien
Mi desempeño en el trabajo era bueno. Era detallista, constante y me comprometía en hacer bien las cosas. Pero por dentro, la experiencia era muy distinta.
Dedicaba muchísima energía a intentar descifrar expectativas que nunca se decían de forma clara. Esas normas no escritas, por ejemplo, cómo debía comunicarme, cuándo intervenir (y cuándo quedarme en silencio), o qué tono usar, las sentía como un juego de adivinanzas constante. Me encontraba repasando conversaciones una y otra vez en mi cabeza, preocupada por si había entendido algo mal o había dicho lo incorrecto. Recuerdo mañanas frente al espejo, practicando conversaciones con mi mánager.
Al mismo tiempo, me exigía a mí misma unos estándares extremadamente altos, y aún lo hago. Si algo salía mal, aunque fuera mínimamente, no lo veía como un simple error. Lo interpretaba como una prueba de que no era lo suficientemente buena para tener ese trabajo. Esa sensación se reforzaba con el feedback de algunos managers, la falta de oportunidades para crecer y desarrollarme, y el hecho de no recibir ascensos, especialmente mientras veía cómo compañeros que habían empezado al mismo tiempo avanzaban en sus carreras. Esa presión constante dificultaba mi recuperación ante los contratiempos y, con el tiempo, se volvió agotadora.
Pero esto iba mucho más allá de estar cansada después de un día largo de trabajo. Al terminar una jornada de oficina de 9 a 5, estaba agotada física, emocional y mentalmente. Era un tipo de agotamiento que no lograba entender ni prevenir. No importaba cuánto durmiera, lo saludable que comiera o el ejercicio que hiciera. Como consecuencia, aparecieron la depresión y la ansiedad. Consulté a distintos profesionales de la salud, probé diferentes tratamientos, pasé por evaluaciones y acudí a terapia.
Aun así, nada cambiaba.
Con el tiempo, terminé cayendo en un absentismo crónico.
El punto de inflexión: entenderme de otra manera
A principios de 2020, cogí una baja médica. En ese momento la dirección ya me había sugerido considerar la jubilación por motivos de salud.
Empezaba a creer que nunca podría trabajar. No veía una salida.
Más tarde, ese mismo año, comencé a aprender sobre el autismo, después de haber conocido recientemente al hijo autista de una amiga. Me sorprendieron mucho las similitudes entre nosotros. Tras leer e informarme un poco más, empecé a hacerme una pregunta: “¿Y si yo también soy autista?”
Yo ya tenía un diagnóstico de trastorno bipolar, pero ¿y si en realidad nunca lo había sido?
Por suerte, pude programar una evaluación de autismo y, seis meses después, se confirmaron mis sospechas. La experiencia de recibir un diagnóstico en la adultez es distinta para cada persona. En mi caso, ese día sigue siendo el mejor de mi vida. Fue como si me quitaran un peso de encima, y por fin se validaran todas esas experiencias de sentirme diferente. Al mismo tiempo, me di cuenta de que durante 31 años había vivido sin conocerme realmente.
Descubrir que era autista me dio un marco para entender experiencias que durante años no había sabido explicar. A la vez, implicó replantearme la forma en que me veía a mí misma. De repente, muchos patrones empezaron a tener sentido. Mi sensibilidad al ruido y a los entornos con mucha estimulación. Mi necesidad de expectativas claras. Mi intensa capacidad de concentración y atención al detalle. Incluso mis respuestas emocionales, que tantas veces había juzgado con dureza, empezaron a tener contexto.
No se trataba de ponerme una etiqueta, sino de entenderme y, a partir de ahí, aceptarme.
Uno de los cambios más importantes fue darme cuenta de que no estaba “fallando” en cosas que a otras personas les resultaban fáciles. Estaba moviéndome en sistemas que no estaban diseñados para un cerebro como el mío. Y esa diferencia es clave. Cuando los desafíos se interpretan como fallos personales, la respuesta es esforzarse más. Pero cuando se entienden como un desajuste entre la persona y su entorno, la solución se vuelve más clara: ajustar el entorno.
Ese cambio transformó la forma en que abordaba el trabajo, la comunicación e incluso las expectativas que tenía sobre mí misma.
La mirada desde el entorno laboral: pequeñas barreras, gran impacto
Para 2021, el mundo y la forma en que trabajábamos habían cambiado. Esto abrió nuevas oportunidades para muchas personas, especialmente para quienes habíamos tenido dificultades en entornos de oficina abierta tradicionales.
Por primera vez, vi un camino que no implicaba la jubilación por motivos de salud.
Comencé mi puesto a tiempo completo en Specialisterne Canadá en julio de 2023, después de dejar un trabajo anterior en el que se negaron a hacer adaptaciones para mí. Desde entonces, me he involucrado en charlas públicas, formando a profesionales de la salud sobre buenas prácticas para trabajar con personas autistas, colaborando en comités centrados en mejorar la experiencia sanitaria y laboral de las personas autistas, y publicando investigación académica sobre el autismo en el entorno laboral.
Al mirar atrás en mis experiencias laborales anteriores, ahora puedo verlas de otra manera. Muchos de los desafíos a los que me enfrenté no eran llamativos ni evidentes. Eran sutiles, pero constantes.
Las instrucciones poco claras hacían que tuviera que completar los vacíos por mi cuenta, lo que a menudo generaba ansiedad sobre si estaba haciendo las cosas “bien”. El feedback vago o indirecto me dejaba sin saber cómo mejorar. Los entornos de oficina, con mucho ruido y actividad, dificultaban mi concentración, incluso cuando estaba muy motivada.
Puede que todo esto parezca inconvenientes menores. Pero, con el tiempo, se acumulan. Afectan a la confianza, al rendimiento y al bienestar general en el trabajo.
Y lo más importante es que ninguna de estas barreras es exclusiva del autismo. Escucho estos mismos desafíos en personas que no son autistas.
Además, muchas de estas barreras son fáciles de abordar.
Una comunicación clara, expectativas explícitas, feedback estructurado y entornos bien pensados benefician a todo el mundo, no solo a las personas autistas. Pero, para alguien como yo, pueden marcar la diferencia entre tener dificultades o tener éxito.
Entre trabajar o no poder trabajar.
Aquí es donde las organizaciones tienen una oportunidad real. No se trata de cambiarlo todo, sino de prestar atención a los detalles que moldean la experiencia diaria de todas las personas en el trabajo.
Por qué es importante la identificación tardía y por qué está aumentando
Mi experiencia al ser identificada como autista en la edad adulta es algo que escucho cada vez con más frecuencia, tanto de compañeros como de clientes y otras personas.
Históricamente, el autismo se ha entendido de forma limitada y a menudo se ha asociado a ciertos estereotipos. Muchas personas, especialmente mujeres y quienes han desarrollado fuertes estrategias de adaptación, han pasado desapercibidas. Han aprendido a adaptarse, a enmascarar y a desenvolverse en entornos que no estaban pensados para apoyarlas del todo.
Pero esa adaptación tiene un coste. Con el tiempo, puede derivar en agotamiento, depresión, ansiedad y pérdida de confianza.
A medida que aumenta la conciencia, más personas empiezan a reconocerse en las descripciones del autismo y a buscar respuestas. La identificación tardía puede ser un proceso emocional, ya que implica reinterpretar experiencias pasadas, pero también puede ser empoderadora. Aporta lenguaje, contexto y un punto de partida para el cambio.
Para los entornos laborales, este cambio es importante.
Significa que probablemente hay personas que están afrontando desafíos similares sin contar necesariamente con un diagnóstico formal o apoyo. Crear entornos que reduzcan barreras no requiere que alguien lo declare; simplemente requiere intención.
Avanzar con conciencia y aceptación
Compartir mi historia no va de generar lástima, inspirar o centrarse en las diferencias. Va de ayudar a que los entornos laborales y las organizaciones entiendan el impacto.
Y de pasar a la acción de verdad, más allá de las palabras.
Cuando los entornos laborales se diseñan pensando en la claridad, la flexibilidad y la accesibilidad, las personas pueden potenciar de verdad sus fortalezas.
Mi experiencia no cambió de la noche a la mañana tras la evaluación de autismo, pero mi forma de entenderla sí. Y con esa comprensión llegó la capacidad de afrontar el trabajo de otra manera, con más conciencia, más autocompasión y estrategias más claras.
Para las empresas, la idea clave es sencilla: los pequeños cambios importan.
Tener expectativas claras, una comunicación directa y entornos bien pensados no solo ayuda a unos pocos; beneficia a todo el mundo. A medida que más personas llegan a comprenderse a sí mismas en etapas más avanzadas de la vida, surge una oportunidad para acompañarlas en ese proceso. No pidiéndoles que se adapten al sistema, sino construyendo sistemas que funcionen mejor para todos.