Mensajes clave
- El fin del statu quo y la reconfiguración comercial: el sistema multilateral regido por la Organización Mundial del Comercio (OMC) y encabezado por Estados Unidos (EEUU) está en crisis. El proteccionismo estadounidense y la instrumentalización de las exportaciones por parte de China han reemplazado el enfoque de “ganancias mutuas” por uno marcado por la coerción económica y el near-shoring.
- La doble estrategia europea: frente a su vulnerabilidad (derivada de un modelo económico altamente dependiente de las exportaciones y dependiente de EEUU y la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN, para su seguridad), la Unión Europea (UE) busca modernizar e integrar su mercado interior y cerrar acuerdos comerciales que diversifiquen sus mercados de exportación y le den acceso a minerales críticos.
- De la catedral a los “dos sistemas solares”: ante la pérdida de relevancia de la OMC, el comercio global se está reestructurando alrededor de dos grandes centros: la UE (mediante acuerdos bilaterales de intensidad variable) y el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP). Estas redes de acuerdos preferenciales están sosteniendo el flujo comercial y aportando normas y previsibilidad en ausencia de una OMC operativa.
- Riesgos de fragmentación y descontento interno en Europa: a pesar de la resistencia al colapso comercial, existe el riesgo de que la proliferación de acuerdos fragmente la economía global con estándares divergentes, especialmente si China encabeza su propio bloque. Además, en Europa, la liberalización comercial puede alimentar el descontento social y fortalecer los partidos de extrema derecha, dificultando una mayor integración.
Análisis
Tanto el comercio mundial como su gobernanza se está reconfigurando. Y la UE, el principal actor del comercio internacional, poco a poco –y a regañadientes– se está adaptando a estos cambios. Cada vez quedan más lejos los tiempos en los que la globalización se veía como un juego de suma positiva en el que países y empresas podían contar con un marco de reglas estables que reducían la incertidumbre y promovían los intercambios. Eran los tiempos en los que la OMC, aunque criticada en algunas latitudes, fijaba normas consideradas como legítimas por la mayoría de los países y dirimía conflictos cuando surgían fricciones. Eran también los tiempos en los que las ideas económicas liberales parecían hegemónicas y en los que los europeos estaban convencidos que abrazar la integración de la economía mundial (y de la propia UE) conduciría a la paz perpetua kantiana.
Hoy, sin embargo, y tras una serie de shocks que parece no tener fin, reina la incertidumbre. La preocupación por la seguridad económica y la resiliencia aumenta ante la constatación de que las cadenas de suministro globales son mucho más frágiles de lo que se pensaba. Cada vez más países emplean la interdependencia comercial, energética y tecnológica como arma arrojadiza. Tanto China como EEUU –las dos grandes superpotencias– ejercen coerción económica sobre socios y rivales. Paralelamente, el marco multilateral de la OMC, la vieja catedral sobre la que se constituía el sistema comercial multilateral, es cada vez menos fiable y respetado. Además, la OMC es poco ágil para establecer reglas sobre el comercio de servicios o proteger la inversión y la propiedad intelectual, que son los elementos centrales de las nuevas formas de intercambio vinculados a los servicios y las nuevas tecnologías. En este contexto, los europeos, desconcertados ante el fin del mundo de ayer, el auge de la lógica del poder en las relaciones internacionales, el abandono del amigo americano y el retroceso de la democracia liberal, intentan explicar cómo la geopolítica ha podido cambiar tan rápidamente los consensos económicos dominantes.
El (todavía poco exitoso) ataque al libre comercio
Aunque las fuerzas que están redefiniendo la globalización del comercio se remontan a la resaca de la crisis financiera de 2008, momento en el que se alcanzó el pico del crecimiento del peso de las exportaciones sobre la producción mundial, lo cierto es que la segunda presidencia de Donald Trump aparece como un punto de no retorno. El mayor importador del mundo, EEUU, optó por instrumentalizar las importaciones y mostrar la cara más agresiva de la nueva hegemonía depredadora estadounidense. En abril de 2025 elevó drásticamente los aranceles. Y, a pesar del varapalo del Tribunal Supremo de febrero de 2026, que declaró la mayoría de ellos ilegales, reconstruyó su muro con otras medidas que, muy probablemente, se mantendrán durante muchos años, aunque haya cambios de gobierno. Por su parte, China, el mayor exportador del mundo, respondió a los aranceles estadounidenses instrumentalizando sus exportaciones. Limitó la venta de minerales críticos, tierras raras, imanes y componentes farmacéuticos –productos en los que tiene un cuasi-monopolio en la producción y que son claves para la producción manufacturera– poniendo en jaque la economía estadounidense al igual que Irán ha hecho cerrando el estrecho de Ormuz. Pero sus controles de exportaciones, inspirados en los que la Administración Biden había aprobado en 2022 para dificultar el acceso de empresas chinas a los semiconductores avanzados, alcanzaron al resto del mundo, que descubrió que el uso del comercio como arma arrojadiza y la instrumentalización de los puntos de estrangulamiento de la economía mundial podían utilizarse para ejercer coerción económica en ámbitos hasta ahora considerados seguros.
Los países europeos, que ya habían sufrido la instrumentalización del gas en 2022, tras la invasión rusa de Ucrania, han visto como en las relaciones económicas internacionales las ganancias mutuas del comercio corren el riesgo de convertirse en juegos de suma cero (o incluso de suma negativa). Además, ante la guerra comercial entre China y EEUU, el enorme (y relativamente abierto) mercado europeo ha continuado absorbiendo productos chinos, como vehículos eléctricos, baterías y bienes manufacturados. Aunque el aluvión de importaciones chinas ha sido menor de lo temido hace un año (y se debe más a la débil demanda interna china que a los aranceles estadounidenses) estos productos amenazan con reducir el tejido productivo industrial que durante décadas ha sido uno de los bastiones de la prosperidad europea. De hecho, el superávit comercial chino superó en 2026 los 1,2 billones de dólares, una cifra inédita que plantea la pregunta de si China no tiene, en última instancia, el objetivo de no importar prácticamente nada del resto del mundo mientras los demás países se vuelven cada vez más dependientes de sus productos estratégicos. Podría tratarse de una estrategia deliberada o ser sencillamente el resultado de su modelo de crecimiento (el bajo consumo privado) combinado con elementos coyunturales (problemas financieros y crisis inmobiliaria).
En cualquier caso, pese a la evidente intención de la Administración Trump de desglobalizar la economía estadounidense y a la rápida contracción de los vínculos económicos entre Washington y Pekín, lo cierto es que el comercio internacional no ha colapsado. Si bien los intercambios bilaterales cayeron un 30% en el último año, China ha logrado incrementar sus exportaciones hacia el resto del mundo. Este desvío comercial se ha dirigido especialmente hacia países africanos y de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), algunos de los cuales, especialmente Vietnam, están sirviendo como plataformas para sortear parte de las barreras arancelarias impuestas por EEUU.
La mayoría de los países del mundo optaron por no responder a los aranceles trumpistas y, por el momento, según datos de la OMC, el comercio está creciendo más rápido que la producción mundial (avanzó un 2,4% en 2025), sobre todo por el dinamismo de los intercambios entre países emergentes, la aceleración del comercio de servicios y el comercio de algunas manufacturas impulsado por las inversiones en inteligencia artificial y centros de datos. Lo que si se está produciendo es un proceso de near-shoring y friend-shoring por el que el comercio se intensifica con países vecinos y geopolíticamente alineados.
La respuesta europea
Los países europeos han tardado en asumir el fin del orden liberal internacional. Como explicó Mark Carney, primer ministro de Canadá en su ya célebre discurso en Davos, el cambio en la política exterior de EEUU y la vuelta de la lógica del poder duro a las relaciones internacionales implican una ruptura –no una crisis transitoria– tanto de la relación transatlántica como del multilateralismo cooperativo. También supone el fin del sueño europeo de exportar su modelo de integración multinivel al resto del mundo, idea con la que fantaseaban en Bruselas en la década que precedió a la crisis financiera global.
Pero una vez que la UE, que tanto Putin como Xi y Trump quieren debilitar, ha entendido la nueva normalidad y se ha dotado de nuevos instrumentos geoeconómicos para intentar enfrentarse a los nuevos desafíos, la pregunta es si será capaz de adaptarse a la nueva situación y ser un actor clave en la construcción de un nuevo orden comercial internacional. Condición necesaria (pero no suficiente) para lograrlo, es aumentar su bajo crecimiento económico y su productividad, que ha sido su talón de Aquiles en los últimos años, como no se cansa de subrayar Draghi. Y más importante todavía, lograr la autonomía estratégica de EEUU en materia de seguridad y defensa. En definitiva, necesita aprender, como decía Josep Borrell, a hablar el lenguaje del poder en un mundo sin reglas en el que, como apuntaba Tucídides “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”.
Retomando el tema comercial, resulta fundamental entender que la zona euro optó por “alemanizarse” y apoyarse en la demanda externa para salir de la crisis del euro en la década pasada, lo que dio lugar a un superávit estructural por cuenta corriente (en 2025, dicho superávit fue del 1,6% del PIB, más de un punto menos que el año anterior). Esta dinámica vuelve a la economía europea particularmente vulnerable frente al proteccionismo y obstaculiza la necesaria transformación de su modelo de crecimiento, que debería estar más equilibrado y apoyarse más en la demanda interna. Este patrón marcadamente exportador, unido a la dependencia de seguridad respecto a EEUU y la OTAN en el contexto de la guerra en Ucrania, explica los titubeos europeos ante las amenazas de la Administración Trump. Dicha cautela es especialmente notoria en países como Alemania, cuya elevada dependencia del mercado estadounidense la ha llevado a considerar inconcebible una ruptura (quizá ya inevitable) de la relación transatlántica e incluso, potencialmente, de la propia Alianza Atlántica. Frente a esta encrucijada, la UE ha optado por desplegar una doble estrategia.
Por una parte, está intentando modernizar y profundizar la integración de su mercado interior, especialmente en el área de servicios. Todavía existen importantes barreras no arancelarias dentro del continente que equivalen, según un estudio del Fondo Monetario Internacional (FMI), a aranceles de hasta el 44% en bienes (el triple que entre estados de EEUU) y del 110% en algunos servicios, como energía, telecomunicaciones y servicios financieros. El impulso del informe Letta y la agenda de simplificación regulatoria de la Comisión Europea, junto con la apuesta por la cooperación reforzada en algunos ámbitos y la creación de la “jurisdicción 28” para facilitar que las empresas europeas puedan operar con menos restricciones en toda la Unión, han supuesto algunos avances, aunque todavía queda mucho camino por recorrer. Las mayores resistencias provienen de algunos Estados miembros, así como de los partidos de extrema derecha que están entrando en cada vez más gobiernos y tiene creciente presencia en el Parlamento Europeo, que se muestran reacios a modificar sus regulaciones nacionales en sectores estratégicos. A esto se suman las divergencias sobre cómo articular las iniciativas comunitarias para impulsar una política industrial y de transición energética conjunta. Este tipo de medidas requeriría financiación europea (como la emisión de eurobonos), una opción que actualmente carece de consenso suficiente tanto por la oposición de los países del centro y norte de Europa como por el escaso apetito por una integración más profunda que muestran unos electorados cada vez más frustrados y descontentos.
Por otra parte, la UE ha optado por una estrategia de de-risking comercial tanto con China como con EEUU. Ha firmado varios acuerdos comerciales que le permitirán diversificar sus exportaciones y que deberían reducir los riesgos derivados de la coacción económica externa. De hecho, resulta llamativo que, en pocos meses, la Comisión y el Consejo Europeo hayan negociado y aprobado algunos acuerdos que llevaban décadas en negociación, lo que muestra cómo la nueva coyuntura geoeconómica ha suavizado algunas de las resistencias a la liberalización comercial que siempre han existido en Europa, especialmente en Francia y en algunos países del este.
El acuerdo más ambicioso es el firmado (y ya ratificado) con el Mercado Común del Sur (Mercosur), cuya aplicación provisional comenzó el 1 de mayo. No obstante, el Tribunal de Justicia de la UE deberá revisarlo durante los próximos meses debido a las reclamaciones presentadas en el Parlamento Europeo por diversas formaciones de extrema derecha. Este tratado ha tardado 25 años en materializarse y consolida una zona de libre comercio de 700 millones de personas en la que desaparecen prácticamente la totalidad de los aranceles además de facilitar el comercio de servicios, la inversión y las compras públicas.
El acuerdo alcanzado con la India, en negociación desde 2013, es menos exhaustivo en su cobertura y tiene mucha menos profundidad, pero posee un gran valor simbólico. La India no sólo es la economía emergente de mayor pujanza en la actualidad, sino también una de las más proteccionistas del mundo. El pacto brinda a los exportadores europeos acceso a un mercado enormemente dinámico de 1.450 millones de consumidores al tiempo que subraya el apoyo de ambos gigantes económicos por el comercio basado en reglas.
También en Asia, la Unión ha cerrado en tiempo récord un acuerdo con Indonesia que elimina el 98,5% de los aranceles aplicados a los productos europeos (algunos de los cuales alcanzaban el 150%) y da acceso a un mercado de 280 millones de ciudadanos.
Por último, se ha logrado un acuerdo con Australia (uno de los grandes exportadores agrícolas mundiales), país con el que las negociaciones habían colapsado en 2023 debido al proteccionismo europeo sobre los productos del sector primario. Este acuerdo pone de manifiesto que las políticas comerciales de Trump han alterado sustancialmente el análisis de coste-beneficio que los países realizan sobre la liberalización comercial.
Estos acuerdos van más allá de la reducción de aranceles. Los firmados con el Mercosur, Indonesia, la India y Australia incluyen compromisos sobre clima y derechos laborales y todos ellos reflejan el interés por construir un nuevo andamiaje de reglas que pueda complementar el funcionamiento de la maltrecha OMC. Asimismo, en todos hay un componente estratégico que pretende aumentar el acceso de las empresas europeas a los minerales críticos, que son esenciales para las transiciones energética y digital y en los que la dependencia de China es particularmente peligrosa. Por ejemplo, el Mercosur suministra el 82% del niobio que importa la UE, además de contar abundantes reservas de litio, cobre, silicio y níquel, entre otros; Australia es uno de los grandes productores mundiales de litio, aluminio y manganeso e Indonesia tiene reservas clave para la cadena de valor de los vehículos eléctricos.
Por último, y aunque no se trata estrictamente de un acuerdo comercial, el Parlamento Europeo aprobó en marzo el pacto alcanzado el pasado junio entre la Comisión Europea y la Administración Trump que, en principio, pone un techo del 15% a los aranceles estadounidenses a los productos europeos al tiempo que reduce a cero los aranceles europeos a productos de EEUU. Se trata de un acuerdo asimétrico y aceptado a regañadientes por la Comisión Europea para evitar males mayores, que no está claro si no se verá modificado unilateralmente por Washington cuando finalice sus investigaciones sobre prácticas comerciales consideradas como discriminatorias bajo la sección 301 de la ley de comercio de 1974. En todo caso, el Parlamento Europeo ha incluido en el texto aprobado varias cláusulas de salvaguardia. Una de