Carles Cabrera, presidente de la Fundació Institut Cerdà
Este mes de abril ha arrancado el Año Cerdà para homenajear al ingeniero de caminos, político y urbanista nacido en Centelles, coincidiendo con el 150 aniversario de su muerte. Un merecido homenaje que, más allá de los debates y reflexiones frecuentes sobre qué haría o pensaría Cerdà acerca de la ciudad de Barcelona en particular y el urbanismo en general, debería servirnos especialmente para profundizar en las preocupaciones y objetivos que lo guiaron para convertirse en el propulsor del urbanismo moderno. Porque pensar en las ciudades del futuro al servicio de las personas es hoy más necesario que nunca.
Ildefons Cerdà nació en 1815, el año en qué finalizó el imperio napoleónico. Europa vivía entonces un momento de transición profunda, con el surgimiento de nuevas estructuras sociales y económicas: una revolución social impulsada por Francia y una revolución industrial impulsada por Gran Bretaña. Cerdà, pues, es hijo de estas dos corrientes revolucionarias que marcaron el siglo XIX —pero que han sido nuestro marco de referencia hasta la actualidad— y se convirtió en un reformador técnico y social, que utilizó la ingeniería para afrontar los cambios estructurales y funcionales que la industrialización generaba en la ciudad de Barcelona y que impactaban en las personas y la sociedad de forma acelerada.
Desde su conocimiento a partir de las amplias estadísticas que “fotografiaban” la realidad de la ciudad y su experiencia, Cerdà hizo frente a los retos de la Barcelona del siglo XIX, que no eran demasiado diferentes a los de otras ciudades europeas: masificación, problemas de salubridad, necesidad de adaptación a las nuevas condiciones de transporte y producción, la desigualdad social… y proyectó un nuevo modelo urbano con visión de futuro y, sobre todo, al servicio de la población. Así, la mejora de la salud y el bienestar de las personas, la movilidad y la vivienda son ejes centrales de su Plan del Ensanche (en 1859, año también de la publicación de “El origen de las especies” de Charles Darwin) y de la Teoría General de la Urbanización (en 1867, año de la publicación de la primera parte de “El Capital” de Karl Marx).
Como Cerdà hace más de 150 años, nosotros hoy, en unos momentos de transformación tecnológica y social y en un contexto global de inestabilidad e incertidumbre geopolítica y ambiental, debemos interpelarnos igualmente sobre los retos ciudadanos que tenemos por delante. Creo que podemos coincidir en señalar que los ejes de reflexión y propuesta considerados por Cerdà siguen siendo plenamente válidos, pero es evidente que el punto de partida es diferente y constituye un aspecto diferencial significativo. En el siglo XIX se estaba al inicio de una planificación que debía dar respuesta a los cambios en las ciudades consecuencia de la revolución industrial y social; en la actualidad, la complejidad y la relación coste-beneficio de las posibles soluciones limitan el margen de maniobra y nos obligan a acertar en el diagnóstico y planificación de las soluciones a implementar.
Tenemos la ventaja de unas ciudades que han desarrollado sus infraestructuras y servicios básicos, una sociedad más activa y diversa y la ayuda de la revolución tecnológica que preside el inicio del siglo XXI; pero para hacer frente a los retos que tenemos por delante, y para proyectar las ciudades del futuro, el compromiso y la implicación de agentes económicos y sociales serán inexcusables.
Más que nunca, el pensamiento y la visión de Cerdà deben ser el fundamento de nuestras actuaciones, y desde el conocimiento y la experiencia debemos ser capaces de proponer “algo útil para nuestra sociedad” (Ildefons Cerdà en la TGU, 1867). Porque el legado más importante de Cerdà no fue la ciudad del siglo XIX, sino pensar en la ciudad del futuro. Y este es el legado que nos guía y defendemos desde el Institut Cerdà. Es nuestro propósito.