Immanuel Kant publicó, en 1785, su obra Fundamentación para una metafísica de las costumbres, sin duda una de las obras más influyentes en el ámbito de la filosofía moral que se han escrito. Este libro, redactado por Kant poco después de su gran Crítica de la razón pura de 1781, no es un tratado liberal, desde luego, pero nos ofrece un fundamento moral sólido sobre el que reflexionar en torno a un concepto exigente de libertad. Una libertad entendida no como ausencia de límites, sino como autonomía racional siempre ligada a la responsabilidad.
Libertad en Kant
Kant arranca su obra exponiendo una idea central en su ética: la buena voluntad como lo único absolutamente bueno o bueno sin restricciones[1]. Esta voluntad —que según Kant solo un ser racional puede poseer— se identifica con la razón práctica y se manifiesta en dos formas de actuar: la heteronomía, cuando actuamos movidos por algo externo y, por tanto, de modo condicionado; y la autonomía, cuando nos damos a nosotros mismos nuestra propia ley. Esta última, considera Kant, es la verdadera libertad.
De esta manera, Kant entiende la libertad como autonomía o autolegislación racional. Ser libre no consiste en hacer lo que uno quiere, sino en actuar según la razón; es decir, somos libres cuando obedecemos una regla que nosotros mismos hemos reconocido como válida universalmente. En otras palabras, la libertad kantiana es la obediencia a la ley que uno mismo se prescribe: la capacidad de enjuiciarnos a nosotros mismos y, en suma, un sinónimo de autolegislación.
Imperativo categórico y el reino de los fines
Sin embargo, esta autonomía para darnos nuestra propia ley está limitada a que dicha norma sea reconocida por la razón como válida universalmente. Llegamos así a una de las ideas clave de la ética kantiana y universal; a saber: el imperativo categórico, enunciado elocuentemente por Kant de la siguiente manera: «Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en una ley universal.»[2] Es decir, Kant introduce como gran limite racional la universalización de las máximas que guían nuestra razón práctica.
No obstante, esta relevancia que Kant otorga a la universalidad introduce un giro importante en la concepción de la ley. Frente al concepto material de ley defendido por Aristóteles o Santo Tomás —que vinculaba la ley a su contenido: lo justo o el bien común—, Kant desplaza su fundamento hacia un concepto formal: la racionalidad y la universalidad. En este aspecto, podemos intuir en Kant una posible desconexión entre ley y justicia, lo que anticipa algunos de los rasgos del positivismo jurídico.
Pero Kant va más allá y llega a una de sus ideas más valiosas —y de gran fundamento liberal—: el individuo como fin. «El hombre existe como un fin en sí mismo, no simplemente como un medio para ser utilizado discrecionalmente por esta o aquella voluntad.»[3] Al desarrollar esta idea, reformula el imperativo categórico en su vertiente práctica: «Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio.»[4] Este pensamiento de Kant constituye una de las bases intelectuales de los derechos individuales, el respeto mutuo y los límites al poder. Así, Kant llega a criticar la agresión a la libertad individual y a la propiedad privada, «pues es evidente que quien conculca los derechos de los hombres está decidido a servirse de la persona de otros simplemente como medio.»[5]
Diálogo con Antonio Escohotado
Dando un salto de algo más de dos siglos, llegamos al gran Antonio Escohotado, quien no necesita presentación para los lectores del IJM. Escohotado defendía con convicción que la libertad no significa no tener límites, sino que, como decía Hegel, la libertad es conciencia de la necesidad: es hacer lo que se debe. En sus propias palabras: «Una libertad sin responsabilidad es fraude.»
Esta defensa de la libertad como la otra cara de la moneda de la responsabilidad conecta directamente con las ideas de Kant respecto de la autonomía y el imperativo categórico. Para Kant, la libertad tampoco consiste en hacer lo que uno quiere, sino en actuar según una ley reconocida como necesaria; es decir, según el deber moral. Sin ley moral, no hay libertad; y los límites de la libertad —tratar a la humanidad como un fin y hacer de nuestras máximas leyes universales— no la destruyen, la hacen posible.
En definitiva, Kant no legitima una libertad sin límites, sino que la eleva: la convierte en una tarea racional y de responsabilidad, fundamentando sólidamente la idea de libertad y alejándonos de concepciones simplistas. Como señala Roberto R. Aramayo, Kant nos invita a someternos únicamente a nuestra propia legislación moral, bajo la exigencia de tratar siempre al ser humano como un fin y nunca como un mero medio.[6] Porque, en último término, libertad y responsabilidad no se oponen, sino que van unidas.
Notas
[1] Kant, I. (2012). Fundamentación para una metafísica de las costumbres (R. R. Aramayo, Ed. y Trad., 2.ª ed.). Alianza Editorial, p. 79.
[2] Ibid., p. 126.
[3] Ibid., p. 137.
[4] Ibid., p. 139.
[5] Ibid., p. 140.
[6] Aramayo, R. R., «Estudio preliminar», en Kant, I., Fundamentación…, ed. cit., p. 54.
Author: Carlos Fuentes Nevado
Estudiante de Economía e Historia en la Universidad de Salamanca, interesado en pensamiento político y liberalismo clásico.