El catedrático de Hidrobiología Fernando Cobo asegura que el salmón está “condenado a la desaparición”

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Fernando Cobo, catedrático de Hidrobiología de la Universidade de Santiago de Compostela, alerta de que el salmón atlántico está “condenado a la desaparición” si continúa la pérdida de hábitat que ha reducido los tramos fluviales donde la especie puede alimentarse, refugiarse y reproducirse, a lo que se suman las presas, la contaminación, la falta de caudal y la caída de su supervivencia marina.

Por Eduardo Fernández / A Pontenova (Lugo)

Fernando Cobo Gradín no habla del salmón como quien comenta una mala temporada de pesca. Lo hace como quien observa desde hace décadas el deterioro de un ecosistema entero. Doctor en Biología, catedrático de Hidrobiología de la Universidade de Santiago de Compostela y una de las voces científicas de referencia en el estudio de los ríos gallegos y de sus peces migradores, Cobo sostiene que el problema del salmón atlántico no puede medirse solo por el número de capturas. A su juicio, la clave está en algo mucho más profundo: la especie se está quedando sin el espacio mínimo que necesita para sobrevivir.

Su diagnóstico es contundente. La pérdida de hábitat y la falta de espacio condenan al salmón a la desaparición. No se trata únicamente de que algunos ríos atraviesen una mala temporada ni de que cada año se pesquen menos ejemplares. Lo que describe Cobo es un proceso sostenido de degradación de los cauces, fragmentación de los ríos y reducción de los tramos útiles para una especie que necesita condiciones muy concretas para completar su ciclo vital.

El salmón atlántico nace en el río, pasa sus primeras etapas en agua dulce, baja después al mar para crecer y fortalecerse y regresa finalmente al cauce de origen para reproducirse. Esa vida partida entre el río y el océano exige continuidad fluvial, caudales adecuados, zonas de refugio, alimento suficiente y espacios limpios donde poner los huevos. Cuando alguno de esos elementos falla, la población se debilita. Cuando fallan varios a la vez, el resultado puede ser el colapso.

Cobo sitúa la pérdida de hábitat como el principal factor de declive. Galicia llegó a contar con una veintena de cursos salmoneros, pero hoy menos de 8 conservan poblaciones viables. Entre los cauces donde todavía hay presencia de la especie figuran el Eo, el Ulla y el Lérez, aunque en este último caso el salmón se encuentra en una situación prácticamente residual. En otros ríos, como el Tambre, el Eume, el Umia o el Sor, la especie ha desaparecido o ha quedado reducida a una presencia testimonial.

El deterioro se aprecia también en los datos históricos. Cobo recuerda que hubo años en los que en la cuenca del Eo se capturaban cerca de 2.000 salmones y en la del Ulla alrededor de 1.000. Hoy, en cambio, puede no capturarse ninguno, o apenas 2 o 3. La magnitud del descenso permite hablar de una caída drástica, cercana al 90% desde mediados del siglo pasado, que no responde a una oscilación puntual, sino a una tendencia prolongada.

El catedrático insiste en que el salmón no necesita solo agua. Necesita ríos funcionales. Las presas y embalses son uno de los obstáculos más determinantes porque interrumpen la continuidad fluvial e impiden o dificultan el remonte de los ejemplares hacia las zonas de reproducción. Para una especie migradora, una barrera en el cauce puede romper todo el ciclo biológico. No basta con que el río siga existiendo si el pez no puede recorrerlo.

A ese problema se suma la contaminación. Cuando empeora la calidad del agua, se reduce el reclutamiento, es decir, la incorporación de nuevos individuos a la población. Los huevos prosperan peor, los juveniles encuentran menos refugio y menos alimento, y cada vez bajan menos salmones jóvenes hacia el mar. Años después, esa pérdida se traduce en un menor retorno de adultos reproductores.

La falta de caudal agrava el problema. Ríos con menos agua, más alterados y más fragmentados ofrecen menos posibilidades de refugio, alimentación y reproducción. Incluso en aquellos cauces donde la especie todavía resiste, Cobo advierte de que el tramo realmente ocupado por el salmón se ha reducido de forma muy notable, en algunos casos en torno a un 60% o más. Es decir, el salmón no solo desaparece de algunos ríos: también retrocede dentro de los ríos donde aún permanece.

La fase marina tampoco ofrece ya las condiciones de antes. El salmón baja al océano para crecer antes de regresar al río, pero la supervivencia en el mar ha caído. Cobo apunta también a la sobrepesca en el Atlántico Norte como uno de los factores que presionan a la especie durante esa etapa. En el pasado, algunos ejemplares podían sobrevivir a la reproducción y volver más de una vez al río. Ahora, los que consiguen regresar suelen hacerlo una sola vez, son más pequeños y presentan un éxito reproductivo más bajo.

La biología del salmón hace que ese equilibrio sea especialmente frágil. Aunque produce muchos descendientes, muy pocos llegan a adultos. Cobo explica que solo alrededor de 3 de cada 1.000 crías que bajan al mar regresan después como reproductores. Para que una población se mantenga estable, deberían sobrevivir al menos 2 descendientes por pareja. Con ríos degradados, obstáculos en los cauces, contaminación, falta de caudal y menor supervivencia marina, ese umbral se vuelve cada vez más difícil de alcanzar.

Por eso, Cobo considera que la veda puede ser necesaria, pero no suficiente. Prohibir la pesca sirve para reducir una presión inmediata sobre la especie, pero no resolverá el problema si no se recuperan los hábitats fluviales. A su juicio, no tiene sentido vedar la captura del salmón mientras se mantienen presas, se toleran vertidos o se autorizan actuaciones que reducen todavía más la capacidad de los ríos para sostener poblaciones viables.

El debate se ha intensificado este año por la situación en el conjunto del norte peninsular. Galicia ha vedado la pesca del salmón esta temporada. Asturias ha aprobado un reglamento más restrictivo, con reducción de cupos, menos días de pesca y más zonas vedadas. Navarra acumula varios años de veda. Cantabria también mira con preocupación el inicio de la campaña. El problema ya no puede presentarse como una anomalía local ni como una mala racha en un río concreto.

Fernando Cobo | Foto de Leonardo de la Fuente Prieto
Imagen cortesía de National Digital Library / United States Fish and Wildlife Service

2026 sin Campanu y sin subasta

En Asturias, además, el primer salmón de la temporada, el conocido campanu, aún no ha sido capturado. La campaña comenzó el 18 de abril y la espera se ha convertido en una señal de alarma. El campanu ha sido durante décadas una tradición vinculada al río, a la pesca, a la gastronomía y a la identidad de muchas comarcas. Pero este año, la ausencia del primer ejemplar refuerza una pregunta incómoda: si el salmón escasea cada vez más, ¿puede seguir tratándose como un trofeo?

La tradicional subasta del Campanu de Asturias y del Campanu del Narcea tampoco se celebrará este año. Las entidades organizadoras decidieron suspenderla como homenaje a Jesús Fernández Fernández, vicepresidente de la asociación Las Mestas del Narcea, fallecido tras un accidente laboral. En su lugar, se ha previsto una donación de 9.000 euros para que el primer salmón capturado en el Narcea sea entregado vivo al Proyecto Arca, una iniciativa orientada a la conservación de la especie.

El gesto tiene una fuerte carga simbólica. Durante años, el primer salmón era noticia por el río en el que aparecía, el peso del ejemplar, el nombre del pescador y el precio alcanzado en la subasta. Ahora, el relato empieza a cambiar. El primer salmón ya no representa solo una fiesta de temporada. También puede interpretarse como un indicador de hasta qué punto se ha estrechado la presencia de la especie en los ríos cantábricos.

Un biotopo completo en peligro

Cobo introduce en este debate una idea esencial: el salmón es una especie bandera. Su desaparición no habla solo de la pérdida de un pez emblemático, sino del deterioro general de los ecosistemas fluviales. Donde desaparece el salmón, algo más profundo se ha roto: la calidad del agua, la continuidad ecológica, los caudales, las zonas de freza, los refugios y la capacidad de los ríos para sostener vida migradora.

Ese valor simbólico explica por qué la situación del salmón preocupa más allá del mundo de la pesca. La especie concentra muchos de los problemas que afectan a los ríos: infraestructuras que fragmentan los cauces, contaminación, alteración de caudales, pérdida de hábitat, presión humana y falta de planificación a largo plazo. Si el salmón desaparece, no desaparece únicamente una pieza de enorme valor cultural y ecológico. Desaparece también una señal de que el río funciona.

La advertencia de Cobo obliga a mirar más allá de la nostalgia. El salmón no está en crisis porque un año tarde más en salir el campanu. Está en crisis porque los ríos han perdido continuidad, calidad y espacio. Está en crisis porque las presas cortan sus rutas, la contaminación debilita la reproducción, los caudales se reducen y el mar devuelve cada vez menos adultos. Está en crisis porque el sistema que lo sostenía se ha estrechado hasta hacerlo cada vez menos viable.

Por eso, cuando Fernando Cobo asegura que el salmón está “condenado a la desaparición”, no lanza una frase efectista. Señala el punto exacto en el que ciencia, tradición y política ambiental chocan con una realidad cada vez más difícil de esquivar. La desaparición del salmón atlántico no sería solo la pérdida de una especie. Sería la constatación de que muchos ríos del norte han dejado de funcionar como ecosistemas completos.

El silencio de los ríos, este año, pesa más que cualquier subasta. El campanu aún no ha salido en Asturias, pero el aviso lleva tiempo sonando. Y la pregunta ya no es cuánto se pagará por el primer salmón, sino cuántos años más podrá seguir regresando.

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