Viticultura en La Seca a lo largo de 150 años - Bodega Javier Sanz Viticultor

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En La Seca la viña no aparece por casualidad ni por tradición romántica. Aparece por necesidad. La zona se asienta sobre lo que fue el cauce de un río, dejando un suelo cascajoso, pobre en materia orgánica y poco apto para la mayoría de cultivos. Durante mucho tiempo, esa tierra se consideraba ingrata, difícil de trabajar y con pocas alternativas productivas. En ese contexto, la vid fue una de las pocas plantas capaces de adaptarse.

A finales del siglo XIX, el trabajo en el campo era completamente manual. Cada familia cultivaba pequeñas parcelas, muchas veces dispersas, que exigían una atención constante. No había mecanización ni criterios técnicos avanzados. La poda, la vendimia y el mantenimiento del viñedo se hacían a mano, siguiendo prácticas transmitidas entre generaciones. El rendimiento era bajo, pero la vid resistía donde otros cultivos no lo hacían.

Con el tiempo, lo que se veía como una desventaja empezó a entenderse de otra forma. El suelo cascajoso, formado por cantos rodados y gravas, tiene propiedades que resultan adecuadas para el cultivo de la vid. Permite un drenaje rápido, evitando el encharcamiento y obligando a la planta a profundizar sus raíces en busca de agua. Esa búsqueda favorece un desarrollo radicular más profundo y una mayor estabilidad frente a condiciones climáticas adversas.

Además, las piedras cumplen una función térmica relevante. Durante el día absorben el calor y lo liberan lentamente durante la noche. Este efecto suaviza las oscilaciones térmicas en el entorno de la planta. En verano, contribuyen a mantener una temperatura más estable en el suelo, evitando picos extremos que afectarían al desarrollo de la uva. Al mismo tiempo, la baja fertilidad del terreno limita el vigor de la planta, concentrando la producción y favoreciendo un equilibrio más controlado entre cantidad y calidad.

A lo largo del siglo XX, la viticultura en la zona fue incorporando cambios progresivos. La mecanización permitió trabajar superficies mayores con menos mano de obra, se introdujeron mejoras en la conducción del viñedo y se empezó a prestar más atención al control sanitario de la planta. Sin embargo, el cambio más relevante no fue solo técnico, sino de enfoque. Se pasó de una viticultura de subsistencia a una orientada a la calidad del vino.

En ese proceso, el control del momento de vendimia se volvió determinante. En zonas como Rueda, donde el calor durante el día puede ser elevado en época de recolección, se empezó a vendimiar de noche. La razón es operativa y enológica. La uva se recoge a menor temperatura, lo que reduce la oxidación y evita fermentaciones indeseadas antes de llegar a bodega. Además, permite conservar mejor los compuestos aromáticos, algo especialmente relevante en variedades blancas como el Verdejo.

Hoy, la viticultura en Rueda combina técnicas modernas con un conocimiento acumulado durante generaciones. Se monitorizan parámetros que antes no se podían medir, se planifica cada intervención en el viñedo y se controla el proceso desde la planta hasta la elaboración del vino. Aun así, el punto de partida sigue siendo el mismo. Un suelo que en su momento se consideraba limitado y que, con el tiempo, se ha demostrado adecuado para producir uva de calidad.

La evolución no ha eliminado el carácter del lugar. Lo ha hecho más comprensible. Lo que antes se trabajaba por intuición ahora se puede explicar con criterios agronómicos, pero sigue dependiendo de las mismas variables. El tipo de suelo, el clima y la forma de manejar la viña continúan marcando el resultado final.

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Amaya