El futuro del vino está en el pasado: el papel de las variedades autóctonas en la sostenibilidad
En La Seca hay una idea que se repite cuando se trabaja el viñedo durante años. No todas las soluciones están en introducir cosas nuevas. Muchas veces están en recuperar lo que ya estaba adaptado al entorno y se dejó de utilizar.
Las variedades autóctonas no aparecen por casualidad. Son el resultado de una selección natural y humana a lo largo de décadas o siglos. Han sobrevivido porque encajaban en un clima concreto, en un tipo de suelo determinado y en una forma de trabajar la viña. En zonas como Rueda, donde el suelo es pobre y el clima puede ser exigente, esa adaptación tiene un valor práctico.
Durante años, muchas de estas variedades se abandonaron. No porque no funcionaran, sino porque otras ofrecían mayor rendimiento o facilitaban el trabajo en campo. La viticultura se orientó hacia la homogeneidad. Menos variedades, más producción y procesos más simples. Ese modelo resolvía problemas a corto plazo, pero reducía la diversidad del viñedo.
Recuperar variedades autóctonas cambia ese enfoque. No se trata solo de conservar patrimonio, sino de trabajar con plantas que ya están adaptadas a las condiciones locales. Esto tiene implicaciones directas en sostenibilidad. Una variedad que encaja en su entorno necesita menos intervención. Responde mejor a la sequía, se ajusta al ciclo climático y mantiene un equilibrio más estable sin necesidad de forzarla.
Además, la diversidad genética dentro del viñedo reduce riesgos. Cuando todo se basa en una sola variedad, cualquier problema afecta de forma generalizada. Introducir distintas uvas, con comportamientos diferentes, permite repartir ese riesgo y adaptar mejor el viñedo a cambios de clima o de condiciones.
El impacto también se nota en el vino. Las variedades autóctonas aportan perfiles que no se pueden replicar fácilmente con uvas más extendidas. No porque sean mejores por definición, sino porque responden a un entorno concreto. Esa conexión con el lugar es lo que define su carácter.
En el caso de Bodega Javier Sanz, el trabajo con estas variedades forma parte de una lógica sencilla. Si el objetivo es mantener el viñedo a largo plazo, tiene sentido apoyarse en lo que ya ha demostrado funcionar en ese mismo suelo durante generaciones.
El futuro, en este contexto, no depende solo de incorporar tecnología o nuevas técnicas. Depende también de recuperar material vegetal que se adaptó al entorno antes de que existieran esos avances. No como una vuelta atrás, sino como una forma de avanzar con una base más sólida.