Sandra Eleta, imagen, diálogo y memoria - Radio Gladys Palmera

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“Busco un diálogo, más que una caza de momentos”. Sandra Eleta define su arte con rotundidad, un arte en el que habla el ser humano y su cámara, una conversación silenciosa y bidereccional. En los rostros que ella muestra hay emociones, sentimientos, tristezas, desengaños, desamparos y al mismo tiempo, recuerdos de alegría. Hay empatía y seducción, se nota el cansancio, se refleja el sudor, se comprueba el esfuerzo. Y eso no se consigue con una instantánea; se logra con un diálogo.

Sandra Eleta Boyd lleva seis décadas entablando relación con las imágenes que retrata. Nacida en Ciudad de Panamá, creció marcada por la música, pues su padre es Carlos Eleta Almarán, compositor del inolvidable bolero “Historia de un amor”. Realizó sus primeros trabajos fotográficos en la década del 60, haciendo reportajes sobre diversos temas, pero cuando descubrió el histórico puerto de Portobelo, en la costa caribeña de Panamá, enclave cimarrón, fue amor a primera vista.

Tras estudiar arte en el Finch College de Nueva York, trabajar con Ken Heyman y George Tyce, alternó su residencia entre la capital y Portobelo, y se dedicó a mostrar la cotidianidad en los pueblos de origen afro colonial e indígena, reivindicando la mirada artística y presentando ante el mundo una obra impactante y cargada de emoción y vitalidad, logrando unas imágenes que tenían vida y se podían escuchar y sentir.

Sandra Eleta ha realizado exposiciones en numerosos países y parte de su obra se encuentra en colecciones de diversos museos como el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo de San José de Costa Rica o el Museo de Arte Contemporáneo de Panamá. Ahora presenta en la Galería Memoria de Madrid la serie fotográfica “La servidumbre (1975-1989)”, que indaga sobre el poder, las convenciones sociales y la intimidad a través de distintas empleadas domésticas en sus espacios de trabajo. Toda una oportunidad para reflexionar sobre identidad, trabajo, tiempo y memoria.

En esta serie fotográfica, realizada entre España y Panamá, el imaginario doméstico —históricamente concebido como un espacio de subordinación—, se convierte en un campo de tensiones donde operan jerarquías de género, clase y coloniaje. La frontalidad de las composiciones, la sobriedad formal, los gestos y la intensidad de las miradas erosionan esa lógica: lejos de fijar identidades subalternas, las personas mostradas (especialmente mujeres), afirman su presencia y desplazan el eje de poder en la representación.

La época retratada, 1975-1989, abarca una profunda transformación social en todo el mundo, que comienza justamente con la declaratoria de 1975 como el Año Internacional de la Mujer, y cierra con el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer de 1989. 1975 es el año que marcó el inicio de políticas internacionales para garantizar la igualdad salarial. Y 1989 es considerado un punto de inflexión que reconfiguró el panorama laboral global.

La propia Sandra lo describe así: “Dos continentes, dos países, dos casas, dos generaciones que coexisten en el mismo entorno son testigos silenciosos… Víctor se identifica con el rol de servir, haciendo de su personificación su arte. Para el, no hay una línea divisoria entre el rol y el ser. No hay cuestionamiento, sólo un orgullo humorístico reviste su personaje. Purita, terrorista infiltrada, que cuestiona, que desafía. Su energía como la de un felino enjaulado se sentía rabiar por los enormes espacios de la casa. ¿En qué estaría pensando? -pensaba mientras yo. Rosa, cuando limpiaba la platería con la heráldica familiar, ella se miraba en sus reflejos. Gran parte de su vida la pasó en esta casa, que es su casa, nunca tuvo otra. Romi. Durante la invasión norteamericana en Panamá, Romi decidió coger un rifle de caza que encontró en el armario de mi hermano. En el vecindario, la gente espantada veía venir a los batallones de (Manuel Antonio) Noriega, saqueando e incendiando las casas. Nunca le sentí a Romi una presencia tan intensa como cuando empuñó el arma. Al fotografiarla pensé: ¿realmente, a quien le gustaría disparar?”.

“Cuando llegué a Portobelo en los años 70, empecé fotografiando a las personas que resonaban más cerca de mí”, recuerda Sandra. “Para profundizar en sus almas, me acercaba a ellas hasta lograr que sus presencias, sus auras se dejasen posar en mi lente”.

“La servidumbre” interpela al espectador a reconocer historias de lucha inscritas en un trabajo históricamente invisibilizado, proponiendo una relectura crítica del imaginario doméstico. En este gesto, el retrato deviene un espacio de restitución de dignidad y de reconfiguración de la mirada.

DONDE VER

La exposición “La servidumbre (1975-1989)” está abierta del 21 de mayo al 25 de julio, con un horario de miércoles a viernes de 11 a 14, y de 17 a 20 horas; y los sábados de 11 a 14 horas en la Galería Memoria de Madrid (calle Piamonte 19). Una exposición comisariada por Alejandro de Villota
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Jose Arteaga