Durante veinte años el océano fue mi terreno de juego como regatista.
Y nos enseñaron una cosa que hoy me estremece: un trozo de plástico del tamaño del envoltorio de un caramelo, enganchado en la orza o el timón, te podía costar una regata entera.
Así que escudriñaba el agua sin descanso. No para salvarla. Para esquivar lo que podía frenarme.
Hasta que un día la pregunta cambió dentro de mí: dejé de preguntarme «¿qué puede perjudicarme?» y empecé a preguntarme «¿por qué está esto aquí?», «¿somos nosotros los que perjudicamos?»
Esa pregunta me cambió la vida.
Entendí que no era mala suerte puntual, sino un mar herido.
Este planeta debería llamarse OCÉANO: ese azul que cubre más del 70 % de su superficie produce grandes cantidades de oxígeno, secuestra mucho Co2, regula el clima y absorbe el exceso de calor que generamos.
Aun así, seguimos cuidando más el 30 % 🌎 que el 70 % 🌊
Hoy ya no busco el plástico para esquivarlo. Lo busco para retirarlo y para enseñar que no llegue al mar.
El mar me dio una vida entera. En este Día Mundial de los Océanos, recuerdo que ahora me toca a mí devolverle el favor.