Seguro que te ha pasado: empiezas viendo una serie en Netflix, te picas tanto que acabas buscando al protagonista en Instagram, escuchas un pódcast que explica teorías sobre el final y terminas descargando un videojuego para decidir tu propio desenlace. Sin darte cuenta, estás metido de lleno en una narrativa transmedia.
Este concepto suena muy moderno pero en realidad Henry Jenkins ya hablaba de esto en los años 90, explicando que las historias ya no podían estar encerradas en un solo sitio, debían expandirse a través de los distintos medios de comunicación.
Pero hoy en día ya no se trata solo de estar en distintas plataformas, sino de dominar el multiformato, porque hay que reconocer que la audiencia actual ya no se conforma con mirar. Si no podemos participar, tocar o investigar, nos aburrimos y pasamos a otra cosa.
¿Qué es el multiformato y por qué te afecta?
Si la narrativa transmedia es el «mapa» que recorre diferentes plataformas (cine, redes sociales, libros…), el multiformato es la «forma» que toma la historia en cada una de ellas para que la experiencia sea total. No se trata de repetir lo mismo en todos lados, sino de adaptar el relato a cómo consumimos cada cosa: el impacto visual, la duración y la posibilidad de interacción.
La clave es que cada formato te dé algo que el otro no puede. En Instagram o TikTok, vídeos cortos con mayor carga estética; en YouTube o Twitch, un pódcast o un directo que puedes poner mientras haces otras cosas, y en X, un hilo en el que puedes participar. Aunque el tema sea el mismo, no ves la misma escena tres veces: vives tres partes distintas que encajan como piezas de un puzle.
El ejemplo más claro de esto es el universo de Harry Potter. Los libros cuentan la historia principal, las películas la hacen visual y emocional, los parques temáticos de Universal te dejan vivirla físicamente, y el videojuego Hogwarts Legacy te permite escribir tu propia historia dentro de ese mundo. Cada formato aporta una capa nueva; ninguno es prescindible.
El consumo diario y por qué nos engancha
Hoy en día en cualquier gran lanzamiento, ya sea una marca de ropa o una película, no se crea un anuncio y ya, se crea un mundo. Ya sea a través de un código QR en una marquesina que te lleva a un filtro de Instagram, y de ahí a una comunidad en Discord, consumimos narrativas transmedia a diario. O, con otras palabras, historias a trozos que unen sus puntos entre el móvil, la tele y la calle.
Un caso reciente que lo ilustra muy bien es el lanzamiento de Barbie (2023). Meses antes del estreno, Mattel y Warner Bros inundaron internet con un generador de pósters que permitía a cualquiera convertirse en personaje de la película. Aquello no era publicidad convencional: era una invitación a formar parte de la historia. El resultado fue millones de personas compartiendo su versión «Barbie» en redes, extendiendo el universo de la marca mucho más allá de la pantalla del cine.
Y nos engancha porque nos hace ser protagonistas. Ya no somos ese espectador pasivo de los años 80 sentado en el sofá. Ahora, si una historia te gusta, quieres «vivirla». El multiformato permite que la historia se adapte a tu ritmo de vida: lees un poco por la mañana, escuchas algo al mediodía y juegas por la noche.
Las marcas más pequeñas también pueden aplicar esta lógica sin grandes presupuestos. Un restaurante que publica el origen de sus ingredientes en Instagram, comparte la receta en un vídeo de YouTube y abre un debate en X sobre maridajes está construyendo, a su escala, una narrativa transmedia. No hace falta ser Hollywood; hace falta tener algo que contar y saber dónde contarlo.
En conclusión, las marcas y creadores que triunfan son los que entienden que la energía no se crea ni se destruye, se transmedia.