La persona en el centro: claves del discurso de León XIV ante el Congreso de los Diputados | Bufete Mas y Calvet. Abogados

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Por Efrén Díaz Díaz


Análisis del discurso del papa León XIV en el Congreso de los Diputados (Madrid), lunes 8 de junio de 2026, dentro de su viaje apostólico a España (6-12 de junio de 2026).


1.      Una palabra “ofrecida desde el servicio a la persona humana”

El 8 de junio de 2026, León XIV se dirigió a los miembros del Parlamento español reunidos conjuntamente en el Congreso de los Diputados. No fue un discurso confesional ni una intervención de circunstancias. Fue, como él mismo lo definió y cómo no deja de impresionar, una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana: una reflexión que, sin invadir la legítima autonomía de las instituciones, situó en el centro del debate público una pregunta que precede a toda ley y que ninguna mayoría parlamentaria puede esquivar.

El Papa lo formuló con una precisión que vale la pena retener, porque a nuestro juicio es el eje de todo lo demás. Toda tarea legislativa, dijo, acaba encontrándose con una cuestión decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes. Ahí está, condensado, el interrogante principal que recorre el discurso entero: ¿qué sociedades construimos con nuestras leyes? ¿Qué sociedad queremos ser? ¿Cuál es el lugar de la persona en este cambio de era?

2.      La dignidad precede al Estado: la ética que no depende del voto

El momento más valiente del discurso —y el más exigente para una cámara legislativa— llegó cuando León XIV tocó los límites del poder. Lo hizo suavemente y sin estridencias, con lo que él llamó una palabra serena y firme, pero sin dejar lugar a la ambigüedad:

Toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento.

Es una afirmación de hondura humana y jurídica: hay un suelo ético que el legislador no crea, sino que reconoce. La dignidad no es un privilegio que el Estado otorgue y pueda retirar; es anterior a él. De ahí se sigue una consecuencia que el Papa formuló de manera memorable hablando de la tarea propia de las Cortes: que el legislador logre que lo legal sea verdaderamente

humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar.

Esa idea —que existe un núcleo indisponible para las mayorías— es exactamente lo que distingue un Estado de derecho de un poder simplemente mayoritario. Y el Papa la cerró con una imagen que merece quedar grabada fuertemente por su claridad y magnanimidad: una ley no alcanza su grandeza por haber sido aprobada, sino cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.

Aquí se entiende lo de la ética permanente: no una moral de coyuntura que cambia con el ciclo electoral, sino un criterio estable que mide la calidad humana de cada decisión pública.

3.      Los derechos fundamentales de la Constitución que resonaron en el hemiciclo

León XIV no citó expresamente la Constitución española por su articulado. No mencionó números de artículo ni leyó el Título I. Habló del valor irreductible de la persona y de la tarea de quienes han recibido el mandato de legislar. Pero la lectura del discurso hace vislumbrar que los derechos invocados tienen un correlato directo y reconocible en la Constitución de 1978. A continuación, junto a las palabras literales del Papa, recogemos el texto literal del artículo constitucional con el que entran en diálogo.

3.1           La dignidad de la persona — artículo 10

El Papa habló del ser humano como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa, y afirmó que esa dignidad precede a toda concesión del Estado. Es, casi palabra por palabra, el fundamento que abre el Título I de la Constitución, en su art. 10.1 CE:

La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social.

El paralelismo es notable. La Constitución no dice que el Estado conceda la dignidad: la coloca como fundamento del orden político, es decir, como algo que el orden jurídico encuentra y debe respetar. La misma lógica del discurso papal.

3.2           El derecho a la vida — artículo 15

León XIV planteó una pregunta directa a la cámara: si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? Y respondió con una tesis que presentó no como cuestión confesional, sino ampliándola como meta de civilización: Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Añadió que la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad, como así reconoce el art. 15 CE:

Todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que, en ningún caso, puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes. Queda abolida la pena de muerte, salvo lo que puedan disponer las leyes penales militares para tiempos de guerra.

3.3           La libertad ideológica, religiosa y de culto — artículo 16

Quizá este fue el derecho que el Papa nombró de forma más explícita como derecho fundamental. Lo describió como la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental

que tutela el ámbito más íntimo de las personas, y advirtió que la fe tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública, como consagró el art. 16.1 CE:

Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley.

3.4           La igualdad y la no discriminación — artículo 14

Al hablar del drama migratorio, el Papa formuló el principio de igual dignidad en términos que recuerdan literalmente la prohibición constitucional de discriminación:

Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.

Sorprende su correlación con el art. 14 CE:

Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

3.5           La educación y el derecho de los padres — artículo 27

León XIV defendió el derecho primario e inalienable de los padres a elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas, y describió a la familia como la primera escuela de humanidad.

Los art. 27.2 y 27.3 CE lo reconocen expresamente:

La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales. (…) Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones.

En suma, sin recitar la Constitución, a mi modo de ver, el Papa caminó por la columna vertebral de su Título I —dignidad (art. 10), vida e integridad (art. 15), libertades de conciencia y religión (art. 16), igualdad (art. 14) y educación (art. 27)—, al recordar que esos derechos no son concesiones revocables, sino el límite que da sentido a la propia tarea de legislar.

4.      La Escuela de Salamanca: la memoria jurídica que España aporta al mundo

Uno de los pasajes más bellos y mejor traídos fue el que conectó la cámara con Salamanca. Ante la presencia simbólica de los Reyes Isabel y Fernando en el Salón de Sesiones, León XIV evocó el momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal y, pocos años después, Salamanca asumió la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba.

La intuición de aquellos maestros fue precisamente la del límite del poder: comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente, e introdujeron en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. El Papa fue además honesto al reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana.

De la mano de Francisco de Vitoria y de la intuición del totus orbis —una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular—, la Escuela de Salamanca ayudó a forjar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Esa contribución, dijo el Papa, nacida a orillas del Tormes, sigue viva en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, al unir legislación y justicia.

Es difícil imaginar un puente más fino entre la tradición jurídica española y los dilemas del presente: la pregunta salmantina por los límites del poder en la era del descubrimiento del Nuevo Mundo es la misma que hoy plantean la biomedicina, la economía y el universo digital, al presentar ante nosotros un mundo nuevo.

5.      La inteligencia artificial y el lugar de la persona en este cambio de era

Aquí el discurso enlaza con la encíclica que León XIV había firmado pocas semanas antes, Magnifica humanitas (15 de mayo de 2026). El Papa fue explícito: la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza» —idea central de la encíclica, donde sostiene que no podemos considerar a la IA como moralmente neutra—. Y de ahí extrajo la consecuencia para la vida pública, con un hondo sentido humanista: ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones.

Los nuevos mundos de hoy, dijo con una bonita analogía geoespacial, cartográfica, ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social. Es la misma pregunta salmantina trasladada a la era de los algoritmos.

La encíclica ofrece el trasfondo que el discurso solo apunta. Magnifica humanitas insiste en que estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana pero no viven una experiencia, no poseen un cuerpo (…) tampoco tienen una conciencia moral, y advierte de una tentación de fondo: que el ser humano llegue a considerarse como un proyecto que debe optimizarse más que como una criatura llamada a la relación y a la comunión. Frente a la lógica del cálculo, el Papa contrapone con fuerza la del don: Para un algoritmo, el error es algo que hay que corregir; para una persona, puede ser el inicio de un cambio profundo. El futuro de una persona no es calculable.

El punto donde IA y poder se cruzan de forma más grave es el militar. León XIV lo abordó sin rodeos: el desarrollo de la IA en ese ámbito exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana. La responsabilidad, dice, no se delega en una máquina.

6.      La paz, el lenguaje y la calidad de la convivencia

El último tramo del discurso fue una defensa de la paz que prolonga la enseñanza de Francisco. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota, afirmó, y añadió que las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera. Preocupa, dijo, que vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable, frente a una seguridad que nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional.

Y descendió a un terreno muy concreto, el de la cultura política interna: La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. De ahí su llamada a desarmar el lenguaje, con una frase que cualquier parlamentario podría hacer suya: La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.

7.      Qué sociedad queremos ser

Si hubiera que resumir el discurso en una sola idea, quizá sería esta: la calidad de una sociedad no se mide por su sofisticación técnica ni por la eficiencia de sus leyes, sino por el lugar que reserva a la persona —especialmente a la más frágil—. León XIV lo dijo invitando a alzar la mirada:

toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír.

A las tres preguntas que abrían este análisis —qué sociedades construimos con nuestras leyes, qué sociedad queremos ser, cuál es el lugar de la persona en este cambio de era— el Papa no respondió con un programa político, sino con un criterio: que junto a las respuestas técnicas y las reformas legales haga falta también una renovación moral. Una sociedad justa, vino a decir, es aquella cuyas leyes pueden comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.

Fuentes: Discurso de S.S. León XIV en el encuentro con los miembros del Parlamento español, Congreso de los Diputados, 8 de junio de 2026 (Dicasterio para la Comunicación – Libreria Editrice Vaticana); Encíclica Magnifica humanitas (15 de mayo de 2026); Constitución Española de 1978, Título I.



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Elena Marcos