Relato participante en el concurso de Zenda e Iberdrola #historiasdefútbol
Vicente se ajusta al punto de penalti. Lo toma de referencia. Se diría que lo olfatea para sacarle el zumo como a un limón tibio. En realidad, es su centro para perfilar el semicírculo del área. Nueve quince exactos y un trazo con la máquina de pintar el campo que ya lo querría Norman Foster para sus diseños, pulcro y firme. Porque Vicente ya era un fino estilista cuando jugaba de extremo derecho y no iba a perder la virtud ahora que se ceñía a encargarse de las instalaciones.
Ese tránsito vital que parte del césped y acaba en él tiene su miga. La promesa del futuro, el nuevo tesoro nacional. Y, desde ahí, atravesando una lesión triple de rodilla, a montañas de palmaditas en el hombro con tufo falso y paternalista que parecen llenas de buenas intenciones pero que, al pasarlas por el colador, se ciñen a una ofertilla mustia y humilde de jefe de sección en el estadio. Una especie de bedel. Cuando le preguntan, Vicente sonríe y comenta chistoso: «fue mala pata, no mala suerte. Porque podía haber corrido menos y no achuchar al defensa». Cualquiera que lo conozca sabe que esa opción era inviable. El antiguo mirlo blanco sólo sabía vivir en la corrección extrema, en la técnica y la pureza en el detalle. Y en la entrega.
De la tragedia hace veintidós años y Vicente se planta en el verde cada mañana a las ocho, dos cafés mediante. Se calza la indumentaria del club, besa el escudo que le da de comer y comienza sus tareas. Los jugadores lo quieren y respetan porque saben quién era y adoran quién es. Y para que no los deje en ridículo. Una vez, un argentino con demasiados reflejos en el pelo y pocos en el cerebro trató de mofarse de él apostando una cantidad similar al sueldo del currito por tocar dos veces seguidas el larguero de la portería lanzando desde una distancia cercana a los veinte metros. Como a Vicente el dinero le iba a venir muy bien y para el de Lanús era calderilla, aceptó el reto y le pegó a la pelota con la pierna que le quedaba sana y sin carrerilla. Estrelló el esférico en el palo tres veces consecutivas y esa noche llevó a su esposa a cenar a una pizzería bastante pintona del centro de la ciudad.
Hace dos temporadas que su antiguo compañero de casaca, Manito, dirige el equipo profesional. De tanto en tanto intercambian algo de conversación. Chascarrillos, sobre todo. Manito se llama Eleuterio en realidad, pero en sus buenos tiempos hacía, con acento mexicano, una imitación bastante chusca y algo jocosa de un anuncio de tomate frito. Se quedó con el mote y evitó su nombre, que no le gustaba en exceso. El caso es que cuando empiezan las instrucciones, Vicente vuelve a sus menesteres: que haya agua disponible, que el campo parezca una alfombra persa y que los petos estén colocados. Haber jugado mejor que cualquiera de esos chavales que ahora llegan en coches caros y potentes no le autoriza a dar consejos. Sabe cuál es su papel. Algún plumilla con ganas de agitar el avispero le ha cuestionado sobre los derroteros del grupo y cada decisión técnica del Manito, pero él se limita a decir que se lo consulten a ellos, que son los que saben cómo bota el balón.
Los viernes, Vicente se queda hasta tarde repasando que las bolsas de enseres contengan todo el material necesario y no las cierra hasta estar seguro, por partida doble, de que incluyen lo requerido. Esta semana, al cruzar el pasillo de las oficinas, ha visto luz en el despacho de Eleuterio y se ha atrevido a preguntar si necesitaba algo.
—Nada, Vicen. El partido del domingo, que me tiene preocupado.
A continuación, la confianza entre los dos antiguos camaradas arrasa con las categorías. El entrenador le cuenta sus dudas sobre a quién utilizar para dirigir al equipo y cómo meter mano al contrario. La moderna pantalla emite sin cesar cortes de jugadas, pases aislados y movimientos técnicos. Al tiempo, el Manito expone opciones. Cuarenta minutos después, Vicente se levanta y dice lacónicamente:
—Saca al cinco. Ese te va a dar los puntos. El otro chico, el de Teruel, es bueno, pero mira por él. Fíjate cómo, al driblar, en vez de levantar la cabeza y elegir a quién está en mejor posición, se coloca para disparar.
Al pasar de nuevo los vídeos, Eleuterio observa gestos y ademanes imperceptibles para el aficionado medio, pero, una vez descubiertos, evidentes para los profesionales de la cancha. «Juega para él», resuena en su cabeza. Y la decisión va tomando forma.
«Hay lunes pésimos, tristes o cansados. Si no es así, o es fiesta o no es lunes». Aquel coincidió con fiesta, pero no de guardar. Las victorias convierten un día rutinario o medroso en algarabía y sonrisas. Para todos menos para el que fue sustituido por el cinco. Vicente se acercó al muchacho, que se abstraía del bullicio general.
—No sufras, chaval. El fin de semana hay revancha. A veces hay que levantar el morro, dejar de centrarse en el balón y echar un vistazo a lo que se mueve delante de ti. Hazlo y verás que lo de ayer sólo ha sido mala pata.
Eleuterio, a lo lejos, percibía la charla y cómo su amigo reducía la desgracia de su vida a una anécdota trivial. Pero la estrategia de Vicente siempre había sido esa: lamentar poco, exigirse mucho y seguir caminando. A pesar de la cojera. Lo dicho, un fino estilista.