“Los arquitectos que no tienen sentido plástico y constructivo y los quieren suplir con la abstracción científica, trabajan en vano.”
Antonio Gaudí (1852-1926)
Dice el ilustre arquitecto: “Trabajan en vano”. Eso es sufrimiento inútil, estéril, pero no siempre es así. Ciertamente si algo es evitable estamos convencidos de que resulta totalmente inútil padecerlo, bastantes problemas tenemos todos para que encima nos compliquemos la vida por gusto. Pero, en cambio, hay algunas otras circunstancias que realmente son inevitables y deberemos enfrentar queramos o no. Y en este caso sólo nos queda una posibilidad: convertirlas en fructíferas oportunidades. Veamos el ejemplo en la vida de algunos famosos personajes.
Este año se cumple el centenario de la muerte de Antonio Gaudí y el papa León XIV ha inaugurado la Torre de Jesús que ha hecho de “La Sagrada Familia” de Barcelona el templo más alto de la cristiandad. El genial arquitecto catalán rompió con los estilos anteriores iniciando uno muy personal, centrado en la naturaleza, cuya originalidad es indiscutible. Como aseveró Elies Rogent, director de la escuela de Arquitectura donde Gaudí se graduó: “Hemos dado el título a un loco o a un genio; el tiempo lo dirá”. Nuestro arquitecto provenía de una familia de caldereros y ya en la infancia padeció una enfermedad reumática que le alejó de juegos y amigos, obligándole a pasar mucho tiempo solo, sin distracciones externas salvo su penetrante capacidad de observar el entorno natural que luego reflejaría en su singular obra. Y parece que no es la única persona famosa a quien la vida le haya deparado problemas de salud en la niñez.
El escritor escocés Robert L. Stevenson, autor de la trepidante “La isla del tesoro” y del inquietante “El extraordinario caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” padeció una tuberculosis pulmonar (aunque entonces se desconocía su etiología y diagnóstico) que le impidió ir al colegio, debiendo refugiarse en leer y escribir con la única compañía de su madre y de su cuidadora Alison Cuningham, cuyas tétricas historias le provocaban miedo y pesadillas, y a la que ya de mayor le dedicó su obra: “Jardín de versos de un niño”.
En otros casos los problemas fueron diversos. La prolífica Agatha Christie perdió a su padre con once años y aunque aseguraba que vivió una infancia feliz, la realidad era que estaba impregnada de soledad y aburrimiento, debiendo tener “amigos imaginarios” ya que no reales. Esto le favoreció algo que hoy día es un bien escaso: su asombrosa creatividad. En cambio, el ganador siciliano del premio Nobel de Literatura Luigi Pirandello sufrió problemas que eran por todo lo contrario. Decía de sí mismo que había nacido literalmente en el “Caos”, pues así se llamaba la residencia familiar donde debió afrontar la quiebra del negocio paterno y el trastorno psiquiátrico de su hermana Rosalina.
Resulta curioso el pensar que estos genios tuvieron un inicio de vida que puede calificarse de cualquier cosa excepto de fácil. “La necesidad hace maestros”; y cada uno de ellos utilizó sus dificultades infantiles como ladrillos para construir su éxito profesional en la madurez. Podríamos preguntarnos si hubiesen llegado tan lejos en sus carreras si su infancia hubiera sido placentera y cómoda, y no es seguro cuál hubiese sido su respuesta. ¿Hubieran preferido evitar dificultades y perder esos aprendizajes? Lo que en algún momento de nuestra vida parece algo insoportable en otras etapas vitales puede ser fuente de inspiración, ayuda y crecimiento.
Éste tipo puede ser catalogado de sufrimiento útil. Su ventaja reside no tanto en refocilarse en el dolor sentido y el daño recibido, sino por haber sido capaces de transformarlo en una segura fuente de aprendizaje y experiencia.
Gaudí, Stevenson, Agatha Christie y Pirandello son sólo cuatro ejemplos a vuela pluma de cómo una persona puede conseguir sacar partido a la mala mano que les han repartido en las cartas de la vida. Y es que lo realmente importante no es tanto cómo se empieza algo, las condiciones del inicio, sino que lo verdaderamente crucial en la partida de la vida es saber cómo continuarla, cómo jugar nuestras cartas, aunque no sean las mejores. Ciertamente, la sabiduría popular lo recuerda en uno de sus tradicionales refranes: “Bien está …lo que bien acaba”.
Dr. Manuel Álvarez Romero, Médico Internista
Dr. José Ignacio del Pino Montesinos, Médico Psiquiatra