Trauma psicológico y revolución feminista - IAW

Compatibilité
Sauvegarder(0)
partager

Comprender el trauma psicológico tal y como lo entendemos hoy en la clínica y en la práctica terapéutica exige, antes que nada, mirar hacia atrás y reconocer que este conocimiento no se construyó de manera lineal ni acumulativa, como sería de esperar en un campo científico consolidado. Al contrario, la historia del trauma es, en buena medida, una historia de descubrimientos repetidos, de verdades que emergieron con fuerza y fueron después suprimidas, ignoradas o reencuadradas de forma conveniente para quienes ostentaban el poder de nombrar la realidad. 

Esta es, precisamente, la tesis central con la que Judith Herman abre su obra de referencia Trauma y recuperación (1992), un texto que sigue siendo hoy uno de los pilares fundamentales de la psicología del trauma y que toda profesional en formación debería conocer no solo por su contenido clínico, sino por la lucidez con la que traza el mapa político e institucional dentro del cual se fraguó, o se intentó suprimir, el conocimiento sobre el sufrimiento traumático.

Judith Herman sostiene que el estudio del trauma psicológico ha tenido que ser redescubierto una y otra vez a lo largo de la historia, y que cada vez que ha emergido lo ha hecho de la mano de grupos sociales marginados o silenciados cuyos testimonios resultaban incómodos para las estructuras de poder vigentes. Entender por qué es así no es un ejercicio de erudición histórica, sino una herramienta clínica y ética de primer orden, porque nos obliga a preguntarnos quién ha tenido históricamente el derecho de ser creído cuando habla de su propio sufrimiento, y qué ocurre cuando ese derecho se niega.

La histeria y el origen de una mentira conveniente

A finales del siglo XIX, el neurólogo Jean-Martin Charcot comenzó a estudiar sistemáticamente en el hospital parisino de La Salpêtrière a mujeres que presentaban síntomas de difícil explicación orgánica: parálisis, convulsiones, anestesias, amnesias y estados de ausencia que el saber médico de la época no sabía dónde ubicar. Charcot los agrupó bajo el diagnóstico de histeria, término que arrastraba ya desde la Antigüedad una carga profundamente misógina, al vincular el sufrimiento femenino con el útero y con una supuesta inestabilidad constitutiva de la naturaleza de las mujeres.

Fue en ese contexto donde un joven Sigmund Freud, que había pasado una temporada en París aprendiendo de Charcot, comenzó a escuchar a sus propias pacientes con una atención diferente. Lo que Freud encontró al escucharlas le llevó a una conclusión que, de haberse sostenido, habría cambiado radicalmente la historia de la psicología y, con ella, la historia del sufrimiento de millones de personas: detrás de los síntomas que la medicina llamaba histeria había, en una proporción perturbadoramente alta, experiencias de abuso sexual sufridas durante la infancia, en la mayoría de los casos dentro del propio entorno familiar. A esta hipótesis Freud la denominó teoría de la seducción, y la expuso en 1896 ante la Sociedad de Psiquiatría y Neurología de Viena en una conferencia que, según sus propias palabras en correspondencia posterior, fue recibida con frialdad y rechazo por parte de sus colegas.

Lo que ocurrió a continuación es uno de los episodios más estudiados y debatidos de la historia de la psicología. Freud abandonó la teoría de la seducción. En sus escritos posteriores, los recuerdos de abuso que sus pacientes relataban dejaron de ser tratados como memorias de hechos reales y pasaron a ser interpretados como fantasías, como elaboraciones del deseo inconsciente de la niña hacia el padre, lo que daría lugar al complejo de Edipo como piedra angular de la teoría psicoanalítica. Las razones que llevaron a Freud a dar ese giro han sido objeto de un largo debate académico, pero autoras como Herman (1992) y, más tarde, Florence Rush en The Best Kept Secret (1980) argumentan de forma convincente que la presión institucional y social tuvo un peso decisivo en esa decisión: sostener que el abuso sexual infantil era una práctica extendida en el seno de las familias respetables de la Viena burguesa era una verdad que el establishment médico y social de la época no estaba dispuesto a asumir.

Las consecuencias de ese giro fueron devastadoras y se prolongaron durante décadas. Las mujeres que llegaban a la consulta con recuerdos de abuso eran ahora tratadas no como supervivientes de una violencia real, sino como personas cuya mente había fabricado o distorsionado la realidad para dar cauce a deseos inaceptables. La disociación, que es el mecanismo psicológico mediante el cual la mente se desconecta de una experiencia insoportable como forma de protección, fue interpretada como un signo de inestabilidad o de sugestionabilidad, en lugar de reconocerse como la respuesta adaptativa que es. El daño que causó este reencuadre no fue solo teórico, sino profundamente clínico y humano: durante generaciones, las víctimas de abuso que buscaban ayuda encontraron un sistema que, en lugar de creerlas, las interrogaba sobre sus propios deseos.

La neurosis de guerra y el cuerpo masculino que también se rompe

La Primera Guerra Mundial introdujo en el escenario clínico un elemento que los ejércitos y los gobiernos no habían anticipado: soldados que regresaban del frente con síntomas que nadie sabía cómo nombrar. Temblores incontrolables, mutismo súbito, cegueras sin causa oftalmológica, terrores nocturnos y una incapacidad para funcionar que resultaba incomprensible para quienes no habían vivido el horror de las trincheras. El término que se utilizó para referirse a este cuadro fue shell shock, conmoción por las bombas, un nombre que intentaba anclar en lo físico algo que tenía raíces fundamentalmente psicológicas.

Médicos como W.H.R. Rivers, que trabajó con soldados traumatizados en el hospital de Craiglockhart, comenzaron a comprender que lo que estos hombres padecían no era cobardía ni debilidad moral, sino la respuesta psicológica a una exposición prolongada e insoportable al horror y a la muerte. Rivers desarrolló un enfoque terapéutico basado en la escucha y en la elaboración verbal de las experiencias traumáticas que, salvando las distancias históricas y conceptuales, prefiguraba en muchos aspectos lo que hoy reconocemos como principios del tratamiento del trauma (Showalter, 1985). Lo que resultaba especialmente revelador, aunque en su momento apenas se señaló, era que los síntomas de estos soldados eran esencialmente idénticos a los que presentaban las mujeres diagnosticadas de histeria en los hospitales europeos: el mismo mecanismo, el mismo sufrimiento, la misma disociación, pero en cuerpos masculinos y en el contexto de una guerra que los gobiernos necesitaban justificar.

Sin embargo, al terminar el conflicto, el interés por comprender y tratar el trauma de guerra decayó de forma notable. Los ejércitos no tenían interés institucional en reconocer que la guerra destruía psicológicamente a los soldados, porque esa verdad ponía en cuestión la narrativa heroica que sostenía el reclutamiento y la legitimidad del conflicto. El conocimiento acumulado se dispersó, los clínicos que lo habían desarrollado volvieron a sus especialidades previas y el campo tardó décadas en recuperar lo que se había aprendido. La Segunda Guerra Mundial lo trajo de nuevo a la superficie con el término fatiga de combate, y la guerra de Vietnam lo haría una vez más, esta vez de forma definitiva, gracias en buena medida a la presión pública y política de los propios veteranos, que se negaron a que su sufrimiento fuera silenciado. Fue en ese contexto de activismo y visibilización donde el trastorno de estrés postraumático fue reconocido oficialmente en el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders en su tercera edición, publicada en 1980 (American Psychiatric Association, 1980).

El movimiento feminista como epistemología: escuchar como acto científico

Casi en paralelo al proceso que culminó con el reconocimiento del TEPT en veteranos de guerra, el movimiento feminista de los años setenta estaba llevando a cabo algo que, visto con la perspectiva que da el tiempo, constituye una de las aportaciones más significativas a la psicología clínica del siglo XX, aunque raramente se nombre como tal: tomar en serio el testimonio de las mujeres sobre su propia experiencia.

Los grupos de concienciación, las líneas de apoyo para supervivientes de violación y las casas de acogida para mujeres víctimas de violencia doméstica no eran solo estructuras de apoyo social, sino espacios donde se producía conocimiento clínico real a partir de la escucha sistemática y sin prejuicios de lo que las mujeres vivían dentro de sus propios hogares. Herman (1992) es explícita al respecto: fue el movimiento feminista el que nombró la violación como crimen y no como consecuencia del comportamiento de la víctima, el que visibilizó la violencia doméstica como una forma de terror psicológico sostenido, y el que comenzó a documentar los efectos traumáticos de ambas formas de violencia con una rigurosidad que la psiquiatría académica tardó mucho más en alcanzar.

Lo que este proceso puso de manifiesto, y que Herman desarrolla con gran precisión conceptual, es que el síndrome de la violación y el síndrome de la mujer maltratada presentaban una estructura psicológica idéntica a la que se observaba en los veteranos de guerra con neurosis traumática: la misma hiperactivación del sistema nervioso autónomo, la misma tendencia a la evitación y al embotamiento emocional, los mismos fenómenos disociativos, los mismos flashbacks y pesadillas. El trauma psicológico no distinguía géneros ni contextos, sino que respondía a una lógica psicológica propia que la mente humana desplegaba ante cualquier experiencia de amenaza inescapable y de pérdida de control sobre la propia integridad.

Este reconocimiento es el que Herman articula de forma más elaborada en su propuesta del diagnóstico de trastorno de estrés postraumático complejo, o TEPT complejo, que describe las consecuencias de la exposición prolongada y repetida al trauma, especialmente cuando ocurre en el contexto de relaciones de dependencia o de cautividad, como sucede en el abuso infantil continuado, en la violencia de pareja sostenida o en determinadas formas de cautividad política. Aunque este diagnóstico no fue incorporado al DSM hasta su quinta edición revisada (DSM-5-TR, American Psychiatric Association, 2022), sí fue reconocido en la undécima edición de la Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud (CIE-11, OMS, 2018), lo que supone un avance significativo para la práctica clínica con supervivientes de trauma complejo.

Lo que estas tres historias nos enseñan sobre el trauma psicológico y sobre la escucha

La lectura de Judith Herman invita a una reflexión que va más allá de la historia de la psicología y que tiene implicaciones directas para quienes trabajan o se forman en el acompañamiento terapéutico. Las tres corrientes que dieron forma al estudio del trauma, la histeria y el abuso sexual, la neurosis de guerra y la violencia contra las mujeres, tienen en común algo que no es anecdótico: el conocimiento emergió siempre desde la escucha de personas cuyos testimonios resultaban incómodos para las estructuras de poder, y fue suprimido cada vez que esa incomodidad se hizo insostenible para quienes tenían el poder de definir qué era real y qué no lo era.

Esta constatación tiene una consecuencia práctica fundamental para la práctica clínica y educativa: creer a quien habla sobre su propio sufrimiento no es solo una actitud empática, sino el primer acto epistemológico del trabajo terapéutico. La disociación, la amnesia, la fragmentación del relato, los síntomas aparentemente inexplicables que durante siglos fueron catalogados como histeria o como inestabilidad femenina, son respuestas adaptativas de una mente que hizo exactamente lo que tenía que hacer para sobrevivir a una experiencia de la que no podía escapar. Reconocerlos como tales, y reconocer también la historia de silencio que los rodea, es una condición necesaria para un acompañamiento que sea verdaderamente reparador.

Fórmate para acompañar el trauma

Comprender la historia del trauma psicológico es solo el punto de partida. Lo que sigue es aprender a acompañarlo en consulta: reconocer sus manifestaciones, elegir las herramientas adecuadas en función de cada persona y construir el vínculo terapéutico desde el que es posible que algo se mueva.

La Formación en Trauma y Herramientas Terapéuticas del Instituto Ángeles Wolder es una formación online tutorizada de 12 meses dirigida a psicólogos y terapeutas que quieren profundizar en el abordaje del trauma e incorporar técnicas como la IFS, la psicoterapia sensoriomotriz, la PNL o la Gestalt de forma integrada y con criterio terapéutico.

La próxima edición comienza el 14 de septiembre de 2026.

→ Conoce la Formación en Trauma y Herramientas Terapéuticas

Preguntas frecuentes sobre el trauma psicológico

¿Qué es el trauma psicológico?

El trauma psicológico es la respuesta que produce la mente ante una experiencia de amenaza inescapable y de pérdida de control sobre la propia integridad. No distingue géneros ni contextos: la misma lógica psicológica aparece en veteranos de guerra, en supervivientes de abuso sexual y en víctimas de violencia doméstica. Sus manifestaciones más frecuentes incluyen hiperactivación del sistema nervioso, evitación, embotamiento emocional, fenómenos disociativos, flashbacks y pesadillas.

¿Por qué el estudio del trauma psicológico ha tenido que ser redescubierto tantas veces?

Porque cada vez que el conocimiento sobre el trauma emergió, lo hizo desde el testimonio de personas cuyos relatos resultaban incómodos para las estructuras de poder de la época: mujeres que hablaban de abuso, soldados cuyo sufrimiento cuestionaba la narrativa heroica de la guerra, víctimas de violencia doméstica. Cuando ese testimonio amenazaba intereses institucionales o sociales, el conocimiento fue suprimido, ignorado o reencuadrado de forma conveniente. Esta no es una observación histórica anecdótica: el trauma ha sido silenciado sistemáticamente, y ese silencio forma parte de su historia.

¿Qué fue el shell shock y qué reveló sobre el trauma?

El shell shock fue el término usado para describir los síntomas que presentaban soldados de la Primera Guerra Mundial tras la exposición prolongada al horror del frente: temblores, mutismo, cegueras sin causa orgánica, terrores nocturnos. Lo que resultó especialmente revelador fue que esos síntomas eran esencialmente idénticos a los que presentaban las mujeres diagnosticadas de histeria: el mismo mecanismo disociativo, el mismo sufrimiento, en cuerpos masculinos. Sin embargo, al terminar el conflicto, el interés por comprender este cuadro decayó porque reconocer que la guerra destruía psicoló

Coordonnées
Aranzazu Par Wolder