Con el objetivo de dar voz a las organizaciones y empresas afiliadas que desarrollan una aportación social relevante en Navarra, continuamos la serie de entrevistas para conocer de primera mano su trabajo, su evolución y su impacto. En esta ocasión, conversamos con la Fundación El Castillo, una entidad con 38 años de trayectoria en Tudela dedicada a la formación profesional de jóvenes en riesgo de exclusión educativa, a través de dos talleres: carpintería y cocina. Su jornada combina taller y aula, tres horas de formación práctica y tres horas de clases de lengua, matemáticas, ciencias o inglés, adaptadas al nivel real de cada alumno y no a un estándar fijo.
Hablamos con Alma Martínez y Fernando Rolán, directores y profesores de la Fundación, sobre su misión, su metodología y el impacto que generan cada año en decenas de jóvenes de Tudela y la Ribera.
“Nuestra misión es que se den cuenta del potencial que tienen”
¿Cómo resumiríais vuestra misión y qué necesidades sociales tratáis de cubrir?
Nuestra misión, resumida, es dar una segunda oportunidad. Trabajamos para que estos jóvenes vuelvan al sistema y se enganchen de nuevo, ya sea retomando los estudios o entrando en el mundo laboral. La mayoría llega con la autoestima muy baja, pensando que no valen para estudiar nada porque hasta ahora todo lo que han hecho en el instituto lo han hecho mal. Aquí, en cambio, encuentran un entorno donde todos son iguales, donde los profesores son cercanos, y en un par de años consiguen darle la vuelta a esa idea. Empiezan a pensar: “ah, o sea que yo sí que valgo”.
¿Qué perfil de personas atendéis actualmente y cuáles son las principales dificultades con las que llegan al centro?
Es un perfil muy variado. Todos tienen en común que no han conseguido obtener la Educación Secundaria Obligatoria y que es muy difícil que lo hagan en sus institutos. Los motivos son muy diferentes, desde dificultades con el idioma, problemas familiares, problemas de concentración… Cada año viene gente distinta y hay que adaptarse: no es lo mismo un alumno o alumna con una familia detrás que está pendiente a otro que está solo aquí. Lo que sí se repite es que son jóvenes a los que no les ha gustado nunca estar en clase, y aquí encuentran su sitio.
Además del alumnado de carpintería y cocina, en la Fundación acogemos cada año a un grupo de jóvenes derivados desde institutos como el Benjamín de Tudela, el Valle del Ebro, etc. a través del Programa de Currículo Adaptado (PCA). Son jóvenes que son absentistas o tienen comportamientos disruptivos que pasan un curso completo con nosotros, viniendo cada día y participando en todo como uno más, aunque las notas finales las certifica su propio instituto. El objetivo es que, durante ese año, descubran qué les interesa de verdad para incorporarse al curso siguiente con más claridad a la formación profesional básica.
“Actualmente, el 80% de nuestro alumnado sigue estudiando o trabaja tras terminar el segundo curso”
¿Cuántos alumnos y alumnas habéis atendido durante el último curso y cuántas personas han pasado por la fundación desde su creación?
Cada año pasan por aquí unos 60 alumnos y alumnas, con edades entre los 15 y los 18 años. Desde que abrimos, hace 38 años, calculamos que habremos atendido a unas 1.300 personas.
¿Qué porcentaje del alumnado continúa estudiando, realiza prácticas o consigue incorporarse al mercado laboral tras finalizar su formación?
Actualmente, el 80% del alumnado que termina el segundo curso continúa estudiando o se incorpora al mercado laboral. Desde 2009, cuando pasaron a poder sacarse la secundaria obligatoria aquí, tienen acceso directo a grado medio, y eso ha abierto muchas puertas: hay quien sigue estudiando porque por fin puede optar a lo que realmente le gusta.
“Antes o después, todos acaban encontrando su sitio”
A lo largo de estos años, ¿cómo ha cambiado la realidad social de los jóvenes con los que trabajáis?
En el fondo, cambia menos de lo que parece. Siempre hay distintos perfiles, alumnado que no le apetece estudiar y que aquí funciona muy bien, alumnado con familias complicadas, alumnado con graves problemas de concentración… Lo que varía es la madurez de cada grupo y cómo se contagian entre ellos, más que una tendencia clara ligada a los años.
Si tuvierais que definir el impacto de la fundación con tres hitos, ¿cuáles destacaríais?
El primero, sin duda, es la segunda oportunidad: para retomar los estudios o para entrar en el mundo laboral. El segundo, que llegan con la autoestima muy baja y en dos años lo cambian por completo. Y el tercero, que aquí nada es individual, todo es de todos: es un trabajo colectivo en el que cada uno cuida de los demás. Y es un cambio de pensamiento que marca la diferencia.
Uno de esos casos es el de Samuel, exalumno de la Fundación al que nos encontramos durante la visita. Hoy trabaja en el sector de la construcción y asegura que pasó de una actitud de pasotismo total a sentirse capaz de todo: salió de la escuela con ganas de estudiar y de trabajar, gracias al apoyo constante de sus profesores.
“Carpintería y cocina con propósito: todo lo que hacemos tiene que servir para algo, para alguien”
Además de la formación académica, desarrolláis proyectos con impacto social y medioambiental en el entorno. ¿Qué aportan estas iniciativas tanto al alumnado como a la comunidad?
Aquí no se hace nada por hacer. Todo lo que se fabrica o se cocina tiene un destinatario y una utilidad real. El último viernes del mes, bajamos con la Cruz Roja al mercado de abastos y preparamos un almuerzo saludable para 10 o 15 personas mayores.
También tenemos un convenio con la mancomunidad de residuos para que nos den los ordenadores rotos que la gente deposita allí, nuestro alumnado los reparan y entregan a asociaciones sin ánimo de lucro que los necesiten.
Hemos llegado incluso a construir unos pedales de bicicleta pensados para ayudar a concentrarse a jóvenes con TDAH mientras estudian; como no encajaban bien con los pupitres, los alumnos se pusieron en contacto con una residencia de ancianos, donde hoy se usan para hacer ejercicio. También ponemos nuestro granito de arena en la Navidad de Tudela: participando en la construcción del buzón gigante de los Reyes Magos, las letras de “Feliz Navidad”, en los renos y el belén que decoran las calles.
Y cada curso construimos un gigante para un colegio distinto: en la clase de historia eligen el personaje, en carpintería levantan la estructura, en tapicería se hace la vestimenta y la PCA lleva a cabo la construcción de la cabeza. Este gigante termina bailando con los niños y niñas del colegio el día de la entrega. Al alumnado le cambia el chip cuando ve que lo que hace tiene un valor real, que alguien se lo reconoce.
¿Cuál ha sido el logro o proyecto del último año del que os sentís más orgullosos y qué resultados concretos ha conseguido?
Nos quedamos con la emoción de los niños pequeños del Colegio San Julián a los que nuestros alumnos ayudaron a construir casetas de pájaros y los alumnos de la Anunciata cuando entregamos el gigante este año. Otro momento emocionante es cuando los alumnos de segundo se llevan la guitarra, hecha por ellos mismos durante el segundo curso de carpintería, eso sí, si han aprobado. Son gestos pequeños, pero para ellos significan mucho.
¿Con cuántas empresas, entidades o instituciones colaboráis actualmente para facilitar prácticas, empleo o proyectos conjuntos?
Colaboramos con colegios, institutos, el ayuntamiento y numerosas empresas de la zona, algunas desde hace más de 15 años. Lo más bonito es ver que, si hoy vas a un restaurante de primera calidad en Tudela, o a una carpintería, es fácil encontrar a alguien que ha pasado por aquí. Hayan terminado o no la formación, han sabido salir adelante en la vida.
“Todo el mundo vale para algo”
Para terminar, ¿qué perderían Tudela y la Ribera si la Fundación El Castillo no existiera?
Una oportunidad para muchos jóvenes que necesitan descubrir lo valiosos que son. Lo importante es ver a jóvenes que llegaron mal y que hoy son capaces de salir adelante.
Alma y Fernando reconocen, sin rodeos, que son felices en su trabajo, y que ese cariño se nota en el día a día: exalumnos que siguen volviendo a visitarles años después, con sus parejas, con sus hijos, solo para dar un abrazo. Tanto disfrutan de lo que hacen que Fernando, con 65 años ya cumplidos, podría estar jubilado y prefiere seguir en la escuela.
Para ellos, ese vínculo es la prueba de que el mensaje que intentan transmitir realmente cala y ayuda a estos jóvenes a seguir adelante con su vida, dentro o fuera de las aulas. Y, sobre todo, un mensaje claro: todos valen para algo y tienen su sitio en la sociedad.