La respuesta a ese interrogante no puede ser un sí, ni un no: la respuesta adecuada sería un “sí, pero”. Mas ese “pero” es realmente enorme. Jeremy Bentham (1748-1832) está comúnmente considerado como un padre del liberalismo moderno, pero de importancia menor. Mas, su forma de entender la libertad y el Estado fueron radicalmente diferentes a la de sus contemporáneos liberales, o a la de sus predecesores, como John Locke (1632-1704). Defendió la democracia y el sufragio universal (incluso para las mujeres), o el secreto del voto, y criticó duramente la legislación penal británica, y abogó por la abolición de la pena de muerte, por la humanización de las prisiones y la despenalización de la homosexualidad. Y aunque siguió las ideas del mercado libre, abrió la posibilidad de la intervención del Estado, si el bienestar de los más lo requería.
El Barón Jeremy Bentham fue un reformador social más que un filósofo. No fue un filósofo en el sentido en que se le daba en su época a la palabra “filósofo”, que fue la época de Hume o Kant (1724-1804). Tampoco dejó obra escrita sobre metafísica o teoría del conocimiento, materias en las que siguió el empirismo, sobre todo, el de Hume. Su obra principal, Principios de Moral y Legislación, se empezó a publicar en 1780, y llegaría a acumular posteriormente numerosos volúmenes. En ellos, Bentham se dedicó a explicar y aplicar su gran descubrimiento, la objetivación de la ética en una formula positiva: “lograr la mayor felicidad para el mayor número”.
Las intenciones de Bentham eran de corte racionalista e institucional, pero en su filosofía se pueden identificar bases del totalitarismo moderno. Porque lo que alejó a Bentham del liberalismo clásico fue su doctrina, el “utilitarismo”. Ahí está su ruptura con el liberalismo tradicional (el de los “derechos naturales”), en su filosofía: ese utilitarismo procedente de su interpretación radical de Hume (1711-1776), llevado al límite. Un utilitarismo cuya máxima está en la búsqueda de la mayor felicidad para el mayor número de personas, como supremo criterio moral. Con ello inició también la primera teorización moderna de la “ingeniería social”. Al no aceptar la existencia de derechos individuales inviolables, el pensamiento de Bentham abrió la puerta a que el Estado sacrifique la libertad y derechos de individuos y minorías, si cree que eso pudiera beneficiar a los más.
Bentham y el hedonismo
Hasta Bentham, el hedonismo clásico sostenía que bastaba con evitar el dolor para obtener el placer o felicidad máximos (“hedoné”). Quizá a Bentham le parecía esa idea de felicidad, de Epicuro de Samos (341-270, a C.) y su Escuela del Jardín, una felicidad muy pobre, de un bajo perfil desconcertante, comparado con las grandes promesas salvíficas. Para él, si el hombre desea ser feliz, lo deseable es la felicidad, que sería además la única cosa deseable. Claro que, desde Epicuro, ningún hedonista había dudado jamás de que la verdadera felicidad incluyese la del “mayor número”. Aunque, hasta Bentham, nadie había escrito casi ocho mil páginas para intentar demostrarlo. Y no se debió a que tuviese que resolver una cuestión candente o indecisa, sino porque hasta él, eso se había considerado absolutamente obvio. Que a Bentham le pareciera un gran hallazgo deriva de su tendencia a confundir tópicos y obviedades con grandes descubrimientos analíticos.
Confusión que no sorprende en un autor que intentó transformar la ética en una ciencia positiva de la conducta humana, tan exacta como las matemáticas y, como estas últimas, susceptible de plasmarse en fórmulas simples. Obviedades enfatizadas de una simplicidad desconcertante, aparentemente de sentido común, pero más bien de Perogrullo. Algo tuvo también de “iluminado” en la pretensión científica de su ética, o en sus proyectos de reforma social, que se produciría por la aplicación de las reglas de la utilidad. La “utilidad” es el criterio supremo para dilucidar entre las diferentes opciones morales: si “la Naturaleza nos ha sometido al placer y el dolor como amos soberanos”, el único “principio” moral inatacable es “máximo placer para el mayor número”. Para desarrollar esa iluminación, Bentham se autoimpuso la tarea de reconstruir las leyes y las costumbres vigentes en todo el mundo, partiendo de cero, y mediante el uso de su álgebra de la felicidad.
Los individuos y la libertad
Para Bentham, el carácter de los individuos no dependía de su naturaleza, ni de sus tradiciones o historia. Para él, la conciencia de cada uno depende exclusivamente de su formación y adiestramiento. Los individuos y grupos pueden ser educados en los dictados del “máximo placer para el mayor número”, si se les inculcan con precisión y rigor las conductas y “valores adecuados”. Para ese fin, se aplicarían técnicas científicas de condicionamiento conductual, como la “vigilancia” y el “castigo”. La libertad individual no tiene lugar, no existe, cuando hay que decidir sobre qué sea lo mejor para los más, pues se trata de proteger a los más de la inevitabilidad de los riesgos en que nos sitúan la vida y el mundo.
En suma, adoctrinamiento, coacción y castigo como receta para inculcar en la población las “conductas correctas”. La gran “aportación” teórica de Bentham al pensamiento político ha sido, quizá, la “Ingeniería Social”. La fe de Bentham en la omnipotencia de la pedagogía y de la coacción se relaciona con dos factores estrechamente unidos: el poder que da el progreso tecnológico, que impera sobre todo lo material, y la certeza de estar siempre ante un mundo que comienza, que carece de historia y tradición, en el que todo debe y puede regularse desde cero, racionalmente. Porque la libertad solo es una “cruel y degradante falsedad” defendida por moralistas de todas las Iglesias, que sólo son capaces de crear fanáticos e hipócritas.
Mas, al negar la idea de libertad y responsabilidad, niega igualmente las nociones de mérito y castigo. La ética de Bentham es una “ética de resultados”, cuyo rasgo fundamental es postular la subordinación de los medios a los fines. Después de tanta disertación sobre el placer, la utilidad y la felicidad, la ética de Bentham conduce a la vieja máxima de Maquiavelo: el fin justifica los medios.
¿Es la felicidad lo más deseable?
Lo deseable para Bentham no está claro que sea la “felicidad”. Lo “deseable”, en Bentham, gira en una abstracción circular que, sin abandonar nunca el hilo argumental, define la felicidad como placer y el placer como felicidad, pero sin definir nunca ni el uno, ni la otra. No es que sea objetable por incurrir en la denominada “Falacia Circular”, es rechazable por su contenido. Porque lo que hizo Bentham fue importar ideologías autoritarias ilustradas continentales, entendiendo que lo necesario no eran declaraciones de derechos civiles, sino un aparato disciplinario eficaz de pequeñas e inteligentes coacciones cotidianas. Coacciones establecidas en una detalladísima legislación escrita de principio a fin, donde las conductas puedan regularse minuciosamente. La libertad cede ante la utilidad.
Lo original de Bentham fue compatibilizar los principios de la vieja escuela hedonista con el autoritarismo. Para él no es prioritario respetar la conciencia de cada uno (la libertad es una falacia cruel). Bentham no fue un individualista, sino un “personalista”, sobre todo de su propia persona. Razón que ayuda a entender por qué su criterio de la “utilidad” y de “la mayor felicidad para los más” lo concibió desde la consideración de que las diferencias entre los individuos, personales y culturales, son un mero estorbo prescindible en la reeducación de toda la humanidad en los “valores de la utilidad”, definidos por su matematizada ética. Bentham se auto-configuró como “reformador social” que, por haber alcanzado racionalmente el estadio superior del conocimiento de lo útil, no necesitaba disertar sobre “ideas tan primitivas y antiguas”, como la justicia y la libertad.
El influjo de Bentham: la escuela utilitarista
Bentham es uno de los pocos autores que ha conseguido que su pensamiento haya logrado, a lo largo del tiempo, ejercer gran influencia en muchos movimientos sociales, en los últimos doscientos años, desde que surgió hasta hoy. A diferencia de los “utopismos sociales” que tanto influjo a desplegaron en los siglos XIX y XX, para luego decaer, el “positivismo” implícito en su doctrina de la utilidad (utilitarismo) ha desarrollado una enorme influencia en esos mismos siglos y continúa haciéndolo hoy, en este siglo XXI.
Su influencia se desarrolló a través de su escuela, aunque la denominación de “utilitarismo” se debe a uno de sus discípulos, John Stuart Mill (1806-1873), quien recondujo y reformuló en sentido liberal, varios de los excesos más autoritarios de la teoría “utilitarista” de su maestro. Stuart Mill fue un destacado pensador político y económico del siglo XIX, cuya obra merecería un estudio separado. Pero también estuvieron en su estela otros muchos, como William Godwin (1756-1836) uno de los más destacados precursores del moderno anarquismo y padre de Mary Shelley (1797-1851). Y también fue seguidor de Bentham el socialista utópico inglés Robert Owen (1771-1858). Pero sus seguidores directos más destacados, además de Stuart Mill, fueron el padre de éste, James Mill (1773-1836), y los economistas David Ricardo (1772-1823) y Thomas Malthus (1766-1834), aunque no fue en la economía donde más destacó.
Malthus definió su famoso principio de población (1798), según el cual, el crecimiento de la población responde a una progresión geométrica, mientras el aumento de los recursos para su supervivencia solo crece en progresión aritmética. Por eso, el apreciable aumento de población a comienzos del siglo XIX, terminaría por provocar el hambre y una “hecatombe poblacional”, que nunca sucedió. Las dos aportaciones de David Ricardo fueron falsadas por la ciencia económica. La primera, la definición del valor de las mercancías en función de tiempo de trabajo para su elaboración, fue falsada por Carl Menger (1840-1921), el creador de la Escuela Austriaca de Economía, al demostrar que el valor de un bien depende de su utilidad marginal. Su segunda aportación, la denominada Ley de Rendimientos Decrecientes, era de aplicación sólo a la agricultura, y no en su integridad, pues en la industria y los servicios sucedía lo contrario. Ideas que inspiraron a Marx (1818-1883) para su teoría del valor y de la “plusvalía del trabajo”, explicativa de la “explotación capitalista”.
Puede afirmarse que el alemán Marx fue casi más un discípulo de Bentham, que de Hegel (1770 -1831). La propuesta de “dictadura empírica” del conjunto sobre las partes, inspirada por Bentham, fue enunciada en ese mismo tiempo por el francés Comte (1798-1857. Una idea de dictadura basada en la “voluntad general” (Rousseau), que no es la voluntad de la mayoría, sino un designio sólo conocido por los philosophes. Un designio que Bentham situó en la “utilidad”, lo único deseable, y que Marx situaría en la “autenticidad” del proletario como hombre portador del futuro que, mediante su dictadura, llevaría la humanidad al comunismo, lo que traería la mayor felicidad para los más.
Su influencia en el mundo y en España
Para el ego “personal(ista)” de Bentham, la celebridad alcanzada en Inglaterra era poca. En 1811 decidió ofrecerse al mundo. Para ello escribió cartas de unas doscientas páginas cada una, al presidente norteamericano, al zar de Rusia, al gran duque de Polonia, etc. En esas cartas Bentham se ofrecía a actuar para ellos como un Solón de Atenas, el legislador: “Les ofrezco un cuerpo legal completo en forma de ley estatutaria, en una palabra, un Pannomium […] deducido del principio que todo lo gobierna el principio de la utilidad”. Bentham tenía soluciones para todo, desde su propio “sentido común” claro. No necesitaba haber puesto el pie en ninguno de esos países para saber “cómo deberían ser las opiniones e instituciones humanas, cuán lejos están de ello, y cómo podríamos transformarlas en lo que debieran ser”. Su éxito fue muy escaso en Estados Unidos, Alemania, Holanda, Italia y Francia, pero fascinó en Rusia y en España: el zar Alejandro I y las Cortes de Cádiz subvencionaron la publicación de sus obras.
En España, Bentham mantuvo correspondencia con muchos destacados liberales del periodo revolucionario abierto desde 1808. El más importante interlocutor de Bentham en España fue, seguramente, el Conde de Toreno (1786-1843), José María Queipo de Llano, Diputado en las Cortes de Cádiz, Presidente de las Cortes durante el Trienio Liberal (1820-1823), Primer Ministro en 1835 y autor de la primera historia de la guerra de la independencia (1808-1814). Toreno se carteó con Bentham en una abundantísima correspondencia, entre 1811 y 1812, en los momentos en que se debatía y elaboraba la Constitución del 1812 (“La Pepa”).
Y lo volvió a hacer, entre 1820 y 1822, en relación con los trabajos para la elaboración del Primer Código Penal de España, el de 1822, derogado en 1823. Bentham era un decidido partidario de la codificación legislativa y la eliminación de las viejas leyes. Luego su influencia en España se difuminó hasta casi desaparecer y olvidarse completamente. No fue ajeno a ello su abierta simpatía por los rebeldes independentistas de la América española. Bentham no fue referencia para los krausistas españoles, desde la aparición de estos a finales de la década de los 40’ del siglo XIX. Y menos aún lo fue para Balmes (1810-1848), más influido por la denominada Escuela Escocesa del Sentido Común, además de su por su formación en la filosofía tradicional.
La influencia de Bentham ha llegado hasta nuestros días. La doctrina utilitarista, hoy como ayer, consigue muchas adhesiones con facilidad por esas obviedades “enfatizadas” en las que se fundamenta que, a menudo, le permiten presentarse como corolario del sentido común. Actualmente, se identifican a sí mismos como “utilitaristas” muchos líderes y militantes de movimientos “progresistas” (ecologistas, animalistas, feministas, veganos). Uno de los más destacados es el filósofo australiano Peter Singer (nacido en 1946), autor de Liberación Animal (1975) y activista del animalismo, que reivindica el utilitarismo y considera su obra como continuación de la línea ética inaugurada por Bentham.
El “utilitarismo” había sido concebido por Bentham como un movimiento para impulsar reformas sociales, más que como una escuela de pensamiento, propiamente dicha. Y en eso parecen seguir los “utilitaristas” de nuestro tiempo, más de doscientos años después. Todo un record.
Serie ‘Grandes filósofos’
(IV) David Hume en el 250 aniversario de su muerte