El dinero público no cae del cielo: sale, euro a euro, de nuestras nóminas, de nuestros negocios y de nuestro esfuerzo. A todos nos cuesta ganarlo y por eso, cuando pagamos impuestos, esperamos que se utilicen bien. Son necesarios: sostienen, entre otras cosas, la sanidad, la educación, las infraestructuras y la atención a quienes más lo necesitan. Y deberíamos poder sentirnos orgullosos del Estado del bienestar que hemos construido.
Pero a día de hoy muchos navarros nos preguntamos que si el Gobierno recauda y gasta cada vez más, por qué cuesta tanto notar la mejora en los servicios.
Para 2027, el Gobierno de Navarra anuncia un techo de gasto de casi 6.851 millones de euros. Son 532 millones más que en el 26. Desde 2019, esa cifra ha crecido más de un 70%. La plantilla pública también ha aumentado: un 52% en diez años.
Mientras tanto, más de 68.000 personas esperan una primera consulta con el especialista y unas 10.500 están pendientes de una operación. Hay familias que, cansadas de esperar, hacen otro esfuerzo y pagan un seguro privado. En educación, los resultados de PISA han empeorado. Y encontrar una vivienda de protección oficial sigue siendo misión imposible para muchísimos jóvenes. Y podría seguir…
Precisamente porque necesitamos buenos servicios públicos, debemos exigir que funcionen. Gastar más puede estar justificado; pero gastar indiscriminadamente, sin evaluar qué da resultado y qué no, no tiene sentido.
Cada euro público sale del trabajo de alguien. Antes de celebrar otro presupuesto récord, el Gobierno debería explicar qué mejoras concretas van a notar los ciudadanos. Porque el éxito de una Administración no se mide por cuánto gasta, sino por cómo atiende a las personas.