Autor: Elena Usunáriz
29 diciembre, 2025
En el trabajo con juventudes y comunidades en contextos atravesados por la violencia, una de las preguntas más complejas —y a veces menos evidentes— no es tanto qué hacer, sino cómo estar. Cómo mirar el territorio, cómo escuchar, cómo intervenir sin pasar por encima de los procesos que ya existen y se sostienen desde lo local.
Esta reflexión nace a partir de una reciente visita de trabajo desde España a distintos territorios de Colombia. El contacto directo con jóvenes y lideresas comunitarias que habitan estos territorios, nos ha permitido afinar la mirada y poner palabras a algo que a menudo se da por supuesto: escuchar de cerca transforma la forma en que entendemos la juventud, el riesgo o incluso la paz. Vistas desde dentro, estas realidades se llenan de matices que no siempre aparecen en los discursos externos.
«Ser joven es una actividad de riesgo.»
Juan Pablo, REC 8 (Medellín)
En muchos territorios, crecer implica convivir con fronteras invisibles, con estigmas persistentes, con la sensación de estar siempre bajo sospecha. El riesgo forma parte del entorno y condiciona la vida diaria. Reconocerlo es necesario. Pero no basta para comprenderlo todo.
Porque, junto a esa vulnerabilidad, aparecen prácticas de organización que sostienen la vida en común. La respuesta juvenil rara vez es individual.
Frente a contextos hostiles, la fuerza suele estar en el encuentro con otros, en la construcción de espacios compartidos desde los que cuidarse, expresarse y actuar. Colectivos culturales, grupos de comunicación comunitaria, iniciativas educativas o procesos impulsados por mujeres no solo generan alternativas, también disputan la forma en que se vive y se nombra el territorio.
«Resistimos con la juntanza: identificándonos, juntándonos, moviéndonos.»
Juliana, Habitante 13 (Medellín)
Esta idea de la «juntanza» invita también a repensar qué entendemos por paz. No “la paz” como un concepto único ni abstracto, sino como algo estrechamente ligado a la vida cotidiana y a las condiciones que permiten sostenerla. En estos territorios, hablar de paz tiene que ver con cuidar la vida, con defender los espacios que se habitan, con generar redes de apoyo y con reconocer las historias, los saberes y las trayectorias de quienes forman parte de la comunidad.
Precisamente porque esas formas de construir paz son múltiples, situadas y desiguales, tiene sentido hablar de paz-es, en plural. No para nombrar una idea distinta, sino para visibilizar que la paz no se construye de una sola manera ni desde un único lugar. Las luchas por proteger la vida en escenarios de violencia, sostener la solidaridad, cuidar la memoria o reconocer la historia de las comunidades forman parte de esas paz-es que se construyen desde abajo, aunque no siempre se nombren como tal.
Desde esta lógica, Fad Juventud desarrolla su trabajo junto a organizaciones socias locales en Colombia, apoyando procesos impulsados por jóvenes y mujeres que, desde lo cotidiano, sostienen la comunidad y generan alternativas reales en contextos complejos. No se trata de ofrecer respuestas cerradas, sino de construir alianzas que permitan que las respuestas locales sigan creciendo.
Mirar Colombia desde esta perspectiva implica huir de relatos únicos. Implica reconocer el dolor y la violencia, sin perder de vista la capacidad organizativa y la fuerza colectiva que atraviesan a sus juventudes. Y, sobre todo, implica asumir que escuchar transforma no solo la forma de comunicar, sino también la manera de estar en los territorios.
El vídeo que acompaña este texto recoge algunas de esas voces. No como un punto de llegada, sino como un punto de partida para seguir pensando cómo acompañar procesos juveniles desde el territorio y cómo construir paz-es desde lo común.