La alta dirección en España encara el horizonte de 2026 bajo un prisma de dualidad estratégica, según se desprende del reciente informe España 2026. Un año por delante elaborado por EY. El documento señala que el tejido empresarial debe gestionar un entorno global marcado por tensiones geopolíticas crecientes, mientras avanza en transformaciones estructurales críticas para su competitividad. Tras absorber el impacto de las políticas arancelarias internacionales y las alteraciones en las cadenas de suministro, la economía española muestra una notable resiliencia, con una previsión de crecimiento del PIB que se moderará del 2,9% en 2025 al 2,3% en 2026. No obstante, este dinamismo convive con una inseguridad regulatoria en los ámbitos fiscal y laboral que, sumada a la ausencia de presupuestos actualizados, dificulta la planificación estratégica a largo plazo.
En este escenario, la productividad emerge como el reto decisivo y la palanca fundamental para garantizar la convergencia con las economías europeas más dinámicas. Para la alta dirección, la clave reside en liderar tres transformaciones críticas. La primera es la adopción plena de la Inteligencia Artificial (IA), que ha dejado de ser una simple herramienta de automatización para transformarse en un factor diferencial de valor. La integración de la IA de forma transversal promete revolucionar la logística, el análisis predictivo y la toma de decisiones, liberando recursos hacia actividades de mayor valor añadido. Como contrapartida necesaria, la ciberseguridad se consolida como un pilar de resiliencia, siendo ya una inversión estratégica indispensable para operar en mercados globales y proteger la propiedad intelectual.
Simultáneamente, la sostenibilidad y la transición verde se integran definitivamente en el ADN corporativo como una oportunidad para optimizar costes y acceder a financiación sostenible, más allá del cumplimiento regulatorio. Sin embargo, este avance tecnológico y ambiental es inviable sin una gestión sofisticada del talento. El mercado laboral enfrenta amenazas como el incremento del absentismo y la rotación excesiva, en un contexto donde la inmigración ha representado el 90% del avance de la población activa desde 2021.
Finalmente, la internacionalización sigue siendo la llave para diversificar riesgos y escalar proyectos en un mundo fragmentado. Para que este impulso sea efectivo, es urgente avanzar hacia una ‘regulación inteligente’ que simplifique los trámites administrativos y reduzca las cargas que lastran la inversión. Si España logra combinar la innovación tecnológica con estabilidad institucional y una apuesta decidida por el talento, podrá convertir la incertidumbre global en una ventaja estratégica duradera.
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