Terapia con Inteligencia Artificial - IAW

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En un mundo donde la Inteligencia Artificial (IA) parece tener respuesta para casi todo, cabe preguntarse qué ocurre con aquello que no entiende de algoritmos: el dolor, las heridas emocionales, los bloqueos vitales. ¿Podemos realmente considerar la IA una herramienta terapéutica, capaz de acompañar lo que más nos duele por dentro? En este artículo te invito a reflexionar sobre algo profundamente humano: la importancia de la relación y del espacio terapéutico real, ese lugar donde la palabra, la presencia y el vínculo siguen siendo insustituibles.

¿Por qué acudimos a terapia?

Cuando una persona acude a una terapia lo hace porque tiene una necesidad concreta que no ha conseguido resolver por sí misma. A veces se trata de calmar un dolor del alma, ya sea porque tiene una herida reciente o antigua; otras, porque se da cuenta de que repite patrones y ya está cansada de tropezar siempre con la misma piedra; y, en ocasiones, se plantea la terapia porque surgen problemas —como suele ocurrir en la vida, que nunca es estable, sino cíclica, con épocas buenas y otras menos buenas— y no sabe cómo manejar lo que le pasa, algo que le causa sufrimiento.

Es posible que la persona no sepa exactamente qué es lo que le ocurre. Por ejemplo, puede acudir porque ya no quiere la vida que lleva, siente un malestar interior y una confusión sobre cómo quiere vivir su vida, estado del que necesita salir para continuar remando con mayor bienestar.

Donde hay un dolor moral, una enfermedad, una condición dolorosa o un bloqueo, hay un conflicto previo o una situación inesperada que cambió la vida. Con la terapia se busca una mirada alternativa, un descubrimiento, una posibilidad de cambio de conducta o una compañía que permita abrir las compuertas para que las tensiones, dolores o frustraciones se desagoten y se abra una posibilidad de caminar con mayor libertad.

Por otro lado, todos tenemos problemas y cada persona quiere encontrar su camino y mejorarlo, pero también es importante recordarnos que todos tenemos recursos, que pueden estar bloqueados o no ser reconocidos por la propia persona, y que, sin embargo, pueden ser una fuente de inspiración para sanar. Como decía Carl Rogers:

«El individuo posee en sí mismo potenciales recursos para su propia comprensión, cambiar su autoconcepto, sus actitudes y dirigir su conducta»,
solo que esos recursos pueden emerger a condición de que un determinado clima de actitudes facilitadoras esté presente. Ahí es donde tiene cabida el papel del terapeuta, que los facilita.

La pregunta que nos hacemos los terapeutas es: ¿Cómo llega la persona a transformar lo que le bloquea en algo que le da libertad y apertura a la vida?

Bert Hellinger afirmaba que donde está la herida está la sanación, y esto requiere de una acción: la acción de ir y mirar esa herida. Eso es lo que facilita un terapeuta en el marco de una relación terapéutica.

La importancia de la relación terapéutica

Etimológicamente, la palabra terapeuta proviene del griego therapeutes y significa cuidar, atender o aliviar. Es, por tanto, alguien que acompaña a otra persona para facilitar su alivio. Simbólicamente, el o la terapeuta funciona como un “espejo”: ayuda al consultante a observarse, reconocerse, tomar conciencia de sus conflictos, desafíos emocionales y modos habituales de afrontar la vida, y a encontrar nuevas formas de dialogar con ella.

Participar en terapia implica mirar hacia dentro. El o la terapeuta refleja, acompaña y sostiene, pero es el o la consultante quien debe reconocerse y avanzar a su propio ritmo. En un proceso terapéutico, la forma en que el terapeuta escucha y se relaciona con la persona es esencial para crear un espacio seguro y transformador.

El cambio profundo surge de esa toma de conciencia, no de soluciones inmediatas. Por ello, la terapia busca resignificar experiencias, transformar patrones repetitivos en formas más creativas de pensar y fomentar una personalidad madura, responsable, segura y emocionalmente autónoma.

No hay cambio interno sin conciencia previa, y esta se despierta mediante la relación terapéutica, en la que aparecen preguntas que no tienen respuestas rápidas, sino que se revelan poco a poco durante el proceso.

En él hay espacios de escucha activa, de captar las palabras precisas para el instante correcto, de reformulación verbal, de gestos o movimientos, de miradas a la profundidad del otro, de sostener silencios, de destensionar algún aspecto encogido, de ajustar algo estirado, de reír y soltar, de acompasar al otro en su respiración, en sus movimientos, en su postura, en su ritmo cardíaco, en su tono de voz o su intensidad.

La comunicación no verbal y actitudinal suele revelar matices fundamentales ligados a emociones y recuerdos reprimidos que, a veces, ni la propia persona alcanza a expresar de manera consciente. Por ejemplo, el tono es la cualidad de la voz que mejor transmite las emociones, y es necesario que el terapeuta “escuche” la emoción que está transmitiendo la persona cuando habla, atendiendo a las palabras exactas que dice.

Además, no se trata solo de tener en cuenta estos aspectos, sino de considerarlos en el momento oportuno. Por ello, el trabajo terapéutico consiste en procesar todo lo que se recibe y discriminar qué elementos son verdaderamente significativos para el avance del consultante. No se trata de escuchar lo que uno quisiera escuchar ni de interpretar desde prejuicios, sino de sintonizar con lo que la persona realmente intenta transmitir, incluso cuando sus palabras y sus emociones están desordenadas o en conflicto.

Asimismo, es crucial ofrecer respuestas de escucha activa. Estas pueden ser verbales —reflejar, parafrasear, clarificar— o no verbales, como la mirada atenta, la postura receptiva, los silencios respetuosos o el rapport. A través de estas respuestas, el terapeuta comunica que está presente, involucrado y disponible para comprender.

En conjunto, estas actitudes construyen un clima de confianza donde la persona puede abrirse sin temor, explorar sus emociones y avanzar hacia una mayor claridad y bienestar. Esto solo ocurre en una relación de persona a persona.

La relación terapéutica se construye mediante la escucha activa, los gestos y la sintonía emocional, elementos imposibles de sustituir por una Inteligencia Artificial.

Preguntas para reflexionar sobre la Inteligencia Artificial

Te conté lo que hacemos en psicoterapia y ahora te pregunto:

  • ¿La Inteligencia Artificial puede ver emociones a través de los gestos, el tono de voz o los movimientos?
  • ¿Puede hacer rapport para obtener seguridad y confianza en quien la necesita?
  • ¿Puede captar la palabra precisa en relación con el órgano afectado, el conflicto vivido o el problema que tiene la persona?
  • ¿Crees que la IA puede ser un terapeuta confiable?

Nuestra responsabilidad como terapeutas ante el auge de la Inteligencia Artificial

Hacia el final de su vida, Freud señaló que quien aspire a acompañar a otros en la resolución de sus conflictos necesita primero haber trabajado los propios. En Análisis terminable e interminable (1937), retoma una conferencia de Sandor Ferenczi, quien sostenía que la eficacia del psicoanálisis depende de que el analista haya reconocido y aprendido de sus errores, así como de haber transformado los aspectos frágiles de su personalidad.

En otras palabras, nadie puede guiar a otro en un conflicto que él mismo no ha logrado resolver. Freud advertía que muchos psicoterapeutas no poseen la madurez emocional hacia la que pretenden llevar a quienes atienden.

Nuestra labor como terapeutas también pasa por acompañar a los consultantes a regular sus emociones, a integrar su vida y la de sus ancestros, y a conectarse con la luz que hay al final del camino.

¿Crees que la Inteligencia Artificial puede llegar ahí? No lo dudo. Afirmo rotundamente que no.

Si este artículo ha resonado contigo y deseas una consulta individual con un acompañamiento terapéutico personalizado, puedes agendar tu sesión aquí.

Preguntas frecuentes sobre Inteligencia Artificial (IA) y terapia

¿Puede la Inteligencia Artificial reemplazar a un terapeuta?

No. La IA no posee conciencia, emociones ni experiencia. Aunque puede ofrecer información o guía estructurada, no puede generar la empatía, la escucha profunda ni el vínculo terapéutico necesarios para un proceso real de transformación.

¿Puede la IA captar emociones a través del tono de voz o gestos?

No. La IA no percibe emociones reales ni puede interpretar de manera auténtica el lenguaje no verbal, los gestos o la postura del consultante. Solo procesa información textual o auditiva de forma mecánica, sin experiencia vivida.

Coordonnées
Ángeles Wolder