• En los barrios de Taliko y Lassa, en la periferia de Bamako, muchas mujeres conviven con distintas formas de violencia que afectan su salud, su autonomía y sus oportunidades. La mutilación genital femenina, el matrimonio infantil y las barreras de acceso a la salud sexual y reproductiva siguen marcando la vida de niñas y mujeres, en un contexto donde la precariedad y la falta de servicios básicos agravan la vulneración de derechos.

  • El 6 de febrero es el día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina, una práctica que han sufrido más del 80% de las mujeres en Mali.

“Si lo hubiera sabido antes, nunca habría sometido a mi hija a la ablación ni la habría dado en matrimonio”, confiesa una de las participantes en el proyecto comunitario impulsado por Farmamundi y su socia local IAMANEH-Mali. Su testimonio resume el proceso de toma de conciencia que comparten muchas de las mujeres implicadas.

Mali se encuentra entre los países con mayor prevalencia de mutilación genital femenina: cerca del 89% de las mujeres han sido sometidas a esta práctica, según datos de ONU Mujeres. Además, más de la mitad de las mujeres de entre 20 y 24 años se casaron antes de cumplir los 18. Este escenario limita la salud, la continuidad educativa y la capacidad de decisión de las niñas y jóvenes.

Respuestas integrales desde la comunidad

Entre 2024 y 2025, Farmamundi y IAMANEH-Mali han desarrollado el proyecto “Promoción de la autonomía económica y la salud sexual y reproductiva de mujeres de barrios marginales de la Comuna IV de Bamako”, con financiación del Ajuntament de Barcelona. La iniciativa parte de una premisa: para reducir las violencias y mejorar el acceso a la salud, no basta con reforzar los servicios; es necesario actuar también sobre la autonomía económica y el entorno social.

Mujeres en una actividad de formación sobre prevención de la violencia de género y prácticas tradicionales nefastas.

La combinación de matrimonio infantil, mutilación genital femenina y barreras de acceso a la salud sexual y reproductiva incrementa exponencialmente el riesgo de violencia y exclusión, y exige respuestas integrales”, explica Carolina Raboso, responsable del proyecto. “Se trata de prevención comunitaria, rutas de protección y atención sanitaria accesible, pero también de fortalecer la capacidad de las mujeres para decidir sobre sus propias vidas”.

El proyecto ha acompañado a asociaciones locales de mujeres a través de formaciones en autocuidado, derechos y salud sexual y reproductiva, incluyendo contenidos prácticos como la gestión de la higiene menstrual para combatir estigmas persistentes. En paralelo, se han creado espacios seguros y se han realizado acciones de sensibilización junto a lideresas y referentes comunitarios, utilizando canales locales de comunicación.

Esta labor se ha desarrollado en coordinación con personal sanitario, servicios de protección e instituciones locales, mejorando la detección y atención integral de casos de violencia y reforzando la respuesta a mujeres supervivientes en contextos de alta vulnerabilidad.

Tener ingresos cambia la forma en que te escuchan

Además de fortalecer la respuesta comunitaria e institucional, el proyecto ha puesto especial énfasis en la autonomía económica. Las mujeres participantes han recibido formación en actividades generadoras de ingresos, como la elaboración de jabones o la transformación artesanal de productos agroalimentarios, así como en contabilidad básica, comercialización y trabajo cooperativo.

Aquí, en Mali, la mujer que tiene cierta economía y autonomía tiene voz y voto en la toma de decisiones”, explica Virginie Moukoro, especialista en género y formadora del proyecto. Varias participantes destacan que disponer de ingresos propios les permite negociar decisiones familiares, retrasar matrimonios precoces o acudir a servicios de salud sin depender de terceros.

Mujeres en la formación de transformación de alimentos para generar ingresos.

Aissata Diarra, vicepresidenta de la asociación de mujeres Siguida Nieta, lo resume con esperanza: “Este proyecto traerá muchos cambios; nos ayudará a evitar casar a nuestras hijas antes de la edad legal y a dar a luz en buenas condiciones”. Para Cheick Oumar Kida, formador comunitario, los avances “son una perspectiva de esperanza para toda la comunidad”.

Aprendizajes que cruzan fronteras

Los testimonios en vídeo que acompañan el proyecto recogen reflexiones personales, aprendizajes colectivos y mensajes dirigidos tanto a otras comunidades de Mali como fuera de sus fronteras. Estas piezas ponen el acento en la prevención, la información y el papel de la cooperación municipal como motor de procesos sostenidos en el tiempo.

El proyecto muestra avances concretos construidos desde lo local, que abren camino y evidencian la necesidad de continuidad. Reducir las violencias, garantizar la salud sexual y reproductiva y consolidar la autonomía económica de las mujeres requiere tiempo, recursos y alianzas estables.

Como señalan muchas de las participantes, el cambio comienza cuando llega la información, cuando se crean espacios seguros para hablar y cuando existen alternativas reales para decidir. El reto ahora es sostener y ampliar estos procesos para que más mujeres y niñas puedan ejercer sus derechos en condiciones de dignidad.

Foto de familia tras una formación de la red comunitaria de salud.