“Si quieres saber cómo funciona una cosa, trata de cambiar su funcionamiento.”
Kurt Lewin (1890-1947)
Cada vez que intentamos algo y no sale cómo queríamos brota en nosotros un sentimiento de irritación, enfado o malestar. El niño que fuimos resurge y quiere que el mundo sea a la medida de sus deseos. Esta reflexión viene provocada porque hoy podía oírse en todo el centro de salud el llanto de ira de un niño. Dicho llanto no se correspondía con un dolor o sufrimiento lo que sería comprensible, ni siquiera con el miedo a una exploración que también entenderíamos. Desde la segunda planta oíamos un chillido que, sin lugar a dudas, expresaba inequívocamente una queja de rabia por no ser el dueño de la situación y verse obligardo a hacer lo que no entraba en sus planes.
El autor de la frase del inicio, Kurt Lewin, fue un psicólogo social y gestáltico que acuñó el término de “dinámica de grupo” para referirse a la forma en la que un individuo acompañado de otros se comporta frente a las circunstancias del momento. Suya es la célebre fórmula que establece que la conducta está en función de dos parámetros: la persona y su ambiente. Es por tanto el creador de la teoría del campo: Si alguien quiere conocer cómo actúa un león sólo tiene que pisar su cola o interrumpir su descanso. En los seres humanos ocurre lo mismo. Cuando tenemos un deseo o una idea de lo que queremos hacer y alguna circunstancia del entorno nos lo impide, surge nuestro verdadero yo. No es que el contexto nos transforme en otra persona, sino que saca a la luz una parte primigenia de nuestro verdadero funcionamiento interno.
Por decirlo a nivel práctico, si yo discuto con mi pareja o con un paciente no es que necesariamente realicen algo malo, es que no actúan como yo quisiera que lo hicieran. Entonces surge ese niño interno que chilla, como lo hacía a voz en grito el del centro de salud.
Parece abrirse ante nosotros una disyuntiva: los demás deben actuar según nuestro criterio, deseo o capricho; o nos enfadamos mostrando públicamente nuestro malestar ante lo que nos está sucediendo. Y el tema se complica por sus implicaciones éticas, pues si el entorno interviene en nuestras decisiones, ¿de quién es la responsabilidad de nuestras actuaciones?
Allá por el año 2003, en la cárcel iraquí de Abu Ghraib soldados norteamericanos perpetraron todo tipo de vejaciones y torturas a los presos de guerra que tenían en su poder. Cuando se produjo el juicio sobre sus abusos la defensa invocó el llamado “Efecto Lucifer” que fue así denominado por el psicólogo Philip Zimbardo en su clásico experimento de “la prisión de Stanford”. Esta experiencia consistió en solicitar voluntarios mediante un anuncio de periódico. A los que respondieron se les pasó una batería de pruebas para descartar posibles trastornos psicológicos y se les dividió en dos grupos recreando una cárcel: unos eran “prisioneros” y otros “guardianes”. Pero el experimento no pudo completarse debido al grado de violencia que apareció en los que actuaban como guardianes y la respuesta, también violenta, de los que les tocó ser presos. Fue la novia del investigador principal quien viendo lo que ocurría dijo: “¿Qué les estáis haciendo a estos muchachos?”. El investigador definió lo sucedido como “Efecto Lucifer”: personas normales, solas o en grupo, pueden cometer actos malvados debido a la influencia del entorno.
Estos resultados no fueron algo novedoso y simplemente refrendaron lo que el también psicólogo de Harvard Stanley Milgram había comprobado años antes. En su experimento sobre la obediencia a la autoridad más de un 60% de “personas normales” llegaron a dar ─supuestas─ descargas eléctricas mortales por seguir las indicaciones de alguien a quien consideraban que estaba al mando. Cuando dicha experiencia fue replicada en otras partes del mundo las cifras de los supuestos “asesinos” llegaron hasta el 80%. Es deprimente, pero veámoslo desde el lado positivo: al menos un 20-40% de personas son capaces de resistir a la influencia del ambiente y mantener su criterio de no dañar a otros.
Es decir, no estamos obligados a ser tiranos que imponen al resto sus deseos o niños enfadados que chillan si éstos no se realizan. En realidad, sí hay otra salida. Se trata de hacer el esfuerzo de mirar más allá de nosotros y entender las circunstancias que nos rodean. A esto se le llama adaptación, es signo de inteligencia y resulta altamente recomendable tanto en casa como en el trabajo.
Dr. Manuel Álvarez Romero, Médico Internista
Dr. José Ignacio del Pino Montesinos, Médico Psiquiatra