La evolución de la D.O. Rías Baixas desde 1980 hasta la actualidad | D.O. Rías Baixas

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Hablar de la Denominación de Origen Rías Baixas es hablar de mucho más que vino. Es hablar de historia, paisaje, tradición y personas. Cada botella refleja años de conocimiento y el esfuerzo colectivo de viticultores y bodegueros que, generación tras generación, han sabido cuidar y hacer crecer la uva Albariño hasta convertirla en lo que es hoy.

La historia del Albariño en Galicia se remonta a más de mil años, y como ocurre con todas las historias largas, no han faltado las leyendas. Durante siglos se atribuyó a los monjes de Cluny la llegada de la variedad de uva al monasterio de Armenteira, en O Salnés, en el siglo XII. Otras teorías apuntaban a la llegada de pueblos germánicos entre los siglos V y VI, que se asentaron en el noroeste peninsular.

Más allá de mitos y relatos, el Albariño es una variedad autóctona de Galicia. Su singularidad se confirmó hace unos años gracias a una investigación del CSIC, que halló restos en salinas de Vigo datados en el siglo I. Esta variedad se ha adaptado al clima atlántico, a los suelos graníticos y a la viticultura tradicional. Además, los monjes cistercienses y benedictinos jugaron un papel clave en la extensión, conservación y el perfeccionamiento de los cultivos en las diferentes comarcas y subzonas, sentando las bases de la viticultura que hoy define la D.O. Rías Baixas.

Durante siglos, los vinos de Albariño se elaboraban y conservaban en los monasterios, y tras la Desamortización de Mendizábal, a finales del siglo XVIII, los viñedos pasaron a manos de los nobles y el vino, a elaborarse en pazos y las llamadas casas grandes. Aun así, el Albariño siguió siendo un vino de consumo local hasta bien entrado el siglo XX, momento en el que comenzó a expandirse por Galicia y a sentar las bases de su prestigio actual.

El nacimiento de la D.O. Rías Baixas (1980-1988)

El verdadero punto de inflexión llegó en 1980, cuando se reconoció oficialmente la Denominación Específica Albariño en el Boletín Oficial del Estado (B.O.E.), marcando el primer intento serio de agrupar a los productores bajo una identidad común. Sin embargo, la legislación española de la época no permitía que una denominación protegida llevara el nombre de una sola variedad de uva.

Marisol Bueno, la primera presidenta del Consejo Regulador, recuerda que “hubo que hacerlo todo desde cero”: redactar un reglamento, crear un registro de viticultores que no existía y encontrar un nombre que englobara a todas las subzonas. Finalmente, en 1988, la D.O. Rías Baixas fue reconocida de forma oficial y ratificada por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación el 28 de julio de ese mismo año.

El proyecto era pequeño, pero la ambición enorme: profesionalizar un sector tradicional y sentar las bases de una denominación moderna y de calidad.

Una denominación que no ha dejado de crecer

Una de las evoluciones más visibles de la D.O. Rías Baixas ha sido su crecimiento territorial. En 1988, la denominación contaba con tres subzonas bien definidas en la provincia de Pontevedra: Val do Salnés, Condado do Tea y O Rosal.

Con el paso de los años, el mapa se fue ampliando, incorporando nuevas zonas, lo que permitió enriquecer aún más su identidad. En 1996 se sumó la subzona de Soutomaior, y en el año 2000, la subzona de Ribeira do Ulla.

Hoy, estas cinco subzonas conforman un mosaico diverso, donde cada territorio aporta matices propios al Albariño D.O. Rías Baixas y al resto de variedades autóctonas, reflejando la riqueza y complejidad del paisaje vitivinícola de las Rías Baixas.

De menos de 20 a más de 170 bodegas

El crecimiento de la D.O. Rías Baixas también se refleja en sus cifras. En 1988, solo 14 bodegas formaban parte del registro oficial. Eran pequeños proyectos familiares que apostaron por unirse para mejorar la calidad y el reconocimiento de sus vinos.

Además, gracias al apoyo de las primeras cooperativas que se estaban formando y a un trabajo que requería mucha paciencia, recorriendo parroquia a parroquia, se logró convencer a los viticultores de que la única forma de proteger y potenciar el Albariño era unirse bajo una Denominación de Origen. Poco a poco se fue consiguiendo, y pese al carácter independiente de muchos viticultores, se logró que un número significativo de bodegas se sometiera voluntariamente a los controles de calidad desde los primeros años.

Hoy, la Denominación de Origen Rías Baixas cuenta con 178 bodegas, más de 4.960 viticultores y 4.808 hectáreas de viñedo, repartidas en 24.175 parcelas. Un crecimiento que no ha sido solo cuantitativo, sino también cualitativo, tanto en el cultivo de la vid como en la elaboración de vino. Las bodegas han sabido incorporar tecnología e innovación sin renunciar a prácticas tradicionales tan esenciales como el manejo de la cubierta vegetal en el viñedo, el aclareo, la poda y vendimia manual.

De un vino local a un referente internacional

A comienzos de los años 80, los vinos de Albariño Rías Baixas apenas se conocían fuera de Galicia. El objetivo del Consejo Regulador era tan claro como humilde: dar visibilidad a un vino diferente, profundamente ligado a su territorio.

Durante la década de los 90 llegó el reconocimiento. Prescriptores y expertos nacionales comenzaron a señalar a la D.O. Rías Baixas como una de las grandes zonas de vino blanco de España, consolidando su presencia en el mercado nacional. Hubo hitos especialmente simbólicos, como la elección del Albariño Rías Baixas para la boda de los actuales Reyes en 2004, lo que supuso un escaparate inesperado y una enorme proyección mediática.

A partir de ahí, la internacionalización fue un paso natural. Hoy, los vinos de la Denominación de Origen Rías Baixas se exportan a más de 70 países, con especial presencia en Estados Unidos, Reino Unido, Irlanda, Puerto Rico u Holanda. En la última década, las ventas crecieron un 42%, hasta rozar los 28 millones de litros, mientras que las exportaciones casi se triplicaron. El Albariño representa ya cerca del 60% de la producción vinícola gallega y compite de tú a tú con algunos de los mejores blancos del mundo.

Una historia de evolución y éxito

Aunque el Albariño joven sigue siendo la gran seña de identidad de Rías Baixas, nuestra Denominación ha sabido evolucionar sin perder su esencia. A los vinos frescos y atlánticos de siempre se suman hoy los vinos de colección, elaboraciones especiales con algún proceso de crianza que mejoran con los años y que suelen ser producciones limitadas, fruto de parcelas o añadas singulares. También se suman los vinos espumosos, que ya cuentan con su propia celebración en Salvaterra do Miño. También hay que destacar la recuperación de variedades tintas autóctonas como Caíño Tinto o Espadeiro, que aportan diversidad y nuevas oportunidades de futuro. Todo ello respaldado por un riguroso control de calidad, desde el viñedo hasta la botella.

Además, Rías Baixas es también cultura, territorio y experiencia. La Ruta do Viño Rías Baixas invita a descubrir pazos, bodegas y paisajes atlánticos únicos, siempre acompañados de una gastronomía local profundamente ligada al vino. Las fiestas vinícolas, como la Fiesta del Albariño o la Feria do Viño do Rosal, mantienen vivas las tradiciones y refuerzan el sentimiento de comunidad.

Porque si algo define a la D.O. Rías Baixas es que detrás de cada logro hay personas y mucho trabajo en equipo. La unión entre viticultores, bodegueros y profesionales del sector ha sido clave para crecer sin perder un ápice de identidad. En menos de 40 años, la Denominación de Origen Rías Baixas ha pasado de ser un proyecto local a convertirse en un referente internacional, con cinco subzonas, 178 bodegas y miles de copas alzadas que brindan por la historia, la innovación y la pasión por el vino.

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