El marketing de eventos vive uno de sus mejores momentos. Desde un punto de vista cuantitativo, las cifras hablan por sí solas:
- El mercado global de eventos está valorado en 1,4 billones de dólares en 2024 y podría alcanzar 2,5 billones en 2035, con un crecimiento anual del 5–7%.
- El 74% de las empresas Fortune 1000 y el 66% de los profesionales del sector prevé aumentar su inversión en eventos.
Pero donde realmente se juega la diferencia es en el plano cualitativo. Digitalización, sostenibilidad, gamificación, personalización, singularidad… Los factores a tener en cuenta son múltiples y abarcan desde la conceptualización inicial hasta la producción final. Sin embargo, existe un paso previo que determina el éxito de cualquier propuesta: definir qué queremos transmitir y, sobre todo, qué tipo de evento es capaz de construir ese mensaje.
Los eventos como expresión de marca
Planificar un evento exige conocer la compañía o institución que lo impulsa. No es un simple acto puntual, es una oportunidad única para trasladar al público la esencia de una marca más allá del mensaje concreto que motiva el encuentro.
En un evento, todo comunica. El horario, los colores, la escenografía, los materiales, los proveedores, la comida, los regalos, las activaciones… Cada decisión es una pieza que construye un universo en el que el público entra y, al que quiere pertenecer, aunque sea solo por unas horas.
Los asistentes no buscan únicamente recibir información, buscan vivir la marca. Quieren formar parte de su mundo, entender su propósito, experimentar su sensibilidad, conectar emocionalmente con su identidad.
Los grandes ejemplos: más allá del contenido
El desfile de Victoria’s Secret fue durante años uno de los eventos más esperados no solo por su público objetivo, sino por personas atraídas por distintos valores de la marca: el factor sorpresa, las tendencias, la música, la espectacularidad.
Ejemplos más recientes como Vibramahou Fest, la Super Bowl o Eurovisión demuestran cómo un evento puede ir mucho más allá del contenido para convertirse en una experiencia cultural coherente con la identidad de la marca. Son citas capaces de reunir a audiencias globales que, muchas veces, ni siguen el rock, ni el fútbol ni el pop europeo, y que encuentran en estos encuentros algo más que entretenimiento, convirtiéndose en espacios de conexión, pertenencia y ritual social.
Todos ellos tienen algo en común: un universo cohesionado, reconocible y emocionalmente relevante.
El reto: trascender a lo emocional
El objetivo no es crear un evento perfecto, sino uno coherente con lo que somos como marca. Si logramos que cada elemento dialogue con nuestra identidad, habremos construido una experiencia que conecte con cada asistente de manera significativa.
Y ahí está el verdadero desafío. Hacer que la singularidad se convierta en emoción, que la experiencia permanezca en el recuerdo y que el evento trascienda su función inicial para convertirse en parte de la memoria colectiva de quienes lo vivieron.