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Antequera, sus impresionantes Dólmenes y el Torcal
Nuestra socia de la DT Sur, Paqui Cobos, nos relata su experiencia en el viaje que hicieron junto a varios miembros de la delegación a Antequera, descubriendo también la zona de los Dólmenes y el Torcal
Hay viajes que no necesitan cruzar fronteras para dejar huella. Basta con dejarse llevar por el ritmo pausado de un grupo pequeño, la mirada atenta de un buen guía y un destino que parece hecho para ser contado despacio. Así fue nuestra escapada a Antequera, los dólmenes y el Torcal que vivimos junto a Turisferr Viajes a finales de octubre del año pasado. Sin duda alguna, una experiencia marcada por la historia, el paisaje y esa sensación tan reconocible de viajar bien acompañado.
Antequera, una ciudad con una mirada diferente
La aventura comenzó temprano en Sevilla el sábado 25 de octubre. A las 9:30 de la mañana, el grupo —finalmente reducido a 22 personas— partía desde Santa Justa rumbo a tierras malagueñas. Apenas una hora después, Antequera se desplegaba ante nosotros desde uno de sus puntos más altos. Allí esperaba Ricardo, guía oficial y narrador incansable, que fue tejiendo con palabras la historia de la ciudad mientras señalaba cada hito del horizonte.
Desde esa primera panorámica, Antequera se presentó como un libro abierto: el castillo recortándose contra el cielo, la basílica de Santa María, las colegiatas, iglesias, arcos y puertas que jalonan su casco histórico. Y siempre presente, casi vigilante, la Peña de los Enamorados, visible desde cualquier rincón y cargada de leyendas que forman parte del alma del lugar. El paseo concluyó en la Plaza del Coso Viejo, donde el autobús nos condujo al hotel para instalarnos y disfrutar de un merecido almuerzo.
Dólmenes de Antequera: un encuentro con la prehistoria
La tarde estaba reservada para uno de los grandes tesoros de la zona: los dólmenes. A las cuatro, el grupo volvió a encontrarse con el guía en el centro de visitantes. Un breve audiovisual sirvió para situarnos miles de años atrás, en una época en la que estas monumentales construcciones megalíticas ya miraban al cielo con una orientación tan precisa como sorprendente. Pasear por el entorno y adentrarse en los dólmenes de Menga y Viera fue, para muchos, uno de esos momentos que se recuerdan en silencio, con respeto, conscientes de estar ante un legado único. La jornada terminó con cena y descanso, dejando reposar las emociones del día.
La visita a los dólmenes fue una experiencia impactante
El Torcal: esculturas de piedra esculpidas por la naturaleza
El domingo amaneció distinto. Tras el desayuno, el autobús puso rumbo al Torcal, envuelto al principio en nubes bajas y un frío que anunciaba una mañana especial. Antes de salir al exterior, dos guías oficiales nos ofrecieron una charla tan amena como reveladora en el centro de visitantes. Poco a poco, como si el paisaje quisiera hacerse esperar, la niebla comenzó a levantarse.
Entonces llegó el momento más esperado: una caminata de aproximadamente hora y media por este paraje natural único. Las formaciones rocosas, moldeadas durante cientos de millones de años, despertaron la admiración del grupo a cada paso. Figuras caprichosas, equilibrios imposibles y, como regalo añadido, el avistamiento de varias cabras montesas que se movían con absoluta naturalidad entre las piedras. Fue uno de esos paseos que no se miden en kilómetros, sino en recuerdos.
De regreso al hotel, una última comida compartida sirvió para intercambiar impresiones, risas y promesas de futuros viajes. A las cuatro de la tarde, el grupo emprendía el camino de vuelta a Sevilla, con la sensación compartida de haber vivido algo más que una simple escapada.
Antequera, sus dólmenes y el Torcal dejaron en mi y en todo el grupo la certeza de que hay destinos que se disfrutan mejor así: sin prisas, con buenas explicaciones y con la ilusión intacta de seguir sumando aventuras.
Autora: Paqui Cobos, socia y asesora de la DT Sur de ATF Turisferr.