Mensajes clave
- La nueva Estrategia de Defensa Nacional (EDN) del Pentágono oficializa que Estados Unidos (EEUU) ya no pretende dominar todos los teatros al mismo tiempo, consolidando un giro estructural en la política de defensa estadounidense. En un mundo caracterizado por la simultaneidad, el riesgo de escalada geopolítica y las limitaciones industriales, Washington adopta una estrategia más selectiva basada en la priorización, la jerarquía de amenazas y la redistribución de responsabilidades.
- La ventaja comparativa de EEUU reside ahora en la capacidad de estructurar el entorno estratégico, movilizar alianzas, asegurar su retaguardia industrial y negar a los competidores la posibilidad de alterar el equilibrio regional por la fuerza. La disuasión deja de basarse en la presencia avanzada omnipresente y la gestión reactiva de crisis, para apoyarse en la negación, la escala industrial y la integración selectiva de aliados y socios.
- El documento redefine el territorio nacional y el hemisferio occidental como un único teatro estratégico integrado, mientras que China se reafirma como el principal desafío sistémico.
- La EDN transforma el reparto de cargas en un “ingrediente esencial” de la estrategia, exigiendo aliados con capacidades militares e industriales reales. La base industrial de defensa, la coproducción y la resiliencia de cadenas de suministro se convierten en instrumentos estratégicos centrales.
- El documento mantiene ambigüedades operativas y evita cifras presupuestarias, lo que limita su valor como guía de implementación.
Análisis
Introducción
Tras la publicación a finales de 2025 de la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de la segunda Administración Trump, el Pentágono ha dado a conocer la nueva EDN, el principal documento de orientación estratégica del Departamento de Guerra. Con ello se cumple el mandato legal del Congreso, que exige al secretario de Guerra la elaboración y presentación anual de un informe (que se ha convertido en cuatrienal) en el que se describan las principales misiones militares previstas para los próximos años, la estructura de fuerzas necesaria para cumplirlas, la relación entre ambas y su justificación estratégica. Además, según establece la ley, la EDN debe estar alineada con la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) y contribuir a su aplicación.
La publicación de la EDN ha sido significativa porque, junto con la ESN 2025, consolida un giro en las prioridades que se han visto a lo largo del primer año del mandato de la segunda Administración Trump. Sin embargo, se asemeja menos a una estrategia operativa de aplicación, que sería lo deseable, y se acerca más a un segundo texto político, como lo es en buena medida la ESN. La EDN ha dicho diseñada, por tanto, para reforzar la narrativa estratégica de la Casa Blanca más que para detallar un plan de ejecución militar plenamente articulado.
Según varias informaciones, a finales de septiembre del año pasado ya circulaba un borrador de la EDN. Sin embargo, su publicación se retrasó debido a debates internos sobre el peso relativo de China en la planificación estratégica y por el malestar de algunos altos mandos militares durante el proceso de redacción. En este contexto, conviene recordar que la llegada del secretario de Guerra, Pete Hegseth, no ha estado exenta de polémicas, tanto dentro como fuera del Pentágono. Desde el inicio de su mandato, Hegseth ha defendido una agenda de ruptura basada en la necesidad de “politizar” el enfoque estratégico del Departamento de Guerra y “recuperar” una cultura militar que, a su juicio, habría sido debilitada por prioridades burocráticas e ideológicas de anteriores gobiernos.
En términos prácticos, su gestión ha estado marcada por medidas que han generado una fuerte resistencia institucional. Entre ellas, destaca la orden de reducir en un 20% el número de generales y almirantes, y su intención de revisar profundamente la estructura de los comandos de combate, en línea con el discurso de “menos estructura, más fuerza” de la Administración Trump. Algunos movimientos recientes, como reorganizaciones dentro del Ejército y la consolidación de estructuras regionales en el hemisferio occidental a finales de 2025, sugieren que la lógica de racionalización organizativa ya se está trasladando a cambios concretos, aunque todavía sin un recuento verificable de la reducción total de altos mandos. Sí que se ha asistido al cese o relevo de altos mandos, incluyendo al presidente del Estado Mayor Conjunto, el general Charles Q. Brown Jr., y a la jefa de Operaciones Navales, la almirante Lisa Franchetti, decisiones interpretadas por algunos como un intento de acelerar una “limpieza” de perfiles asociados a la cultura estratégica previa o percibidos como poco alineados con la Casa Blanca.
El estilo personal del secretario también ha contribuido a una mayor polarización. Su insistencia pública en la “ética del guerrero” y su retórica centrada en el combate, la disciplina y la eliminación de lo que considera “debilidades” culturales ha sido bien recibida por algunos sectores conservadores, pero criticada por otros por introducir un componente ideológico en el mando militar y erosionar el principio de neutralidad institucional. En esta línea, la convocatoria, en septiembre del 2025, una reunión extraordinaria en Quantico (Virginia) con cientos de generales y almirantes, en la que subrayó la necesidad de recuperar una mentalidad de guerra consolidando la visión del Pentágono como “Departamento de Guerra”, se interpretó como un mensaje dirigido tanto a la tropa como al aparato burocrático del Pentágono de mayor alineamiento político con la visión del presidente. Donald Trump estuvo presente y aprovechó la ocasión para insistir en una narrativa centrada en amenazas internas y en la posibilidad de emplear al ejército como herramienta para restaurar el orden doméstico.
“América primero”. “Paz a través de la fuerza”. “Sentido común”. Estas tres expresiones, utilizadas de manera recurrente por la Administración estadounidense a lo largo de 2025, se destacan en la primera página del memorándum del secretario de Guerra que acompaña al documento, como principios organizativos de la nueva estrategia: “América primero” llevará a EEUU a centrarse en su hemisferio porque no todas las amenazas son iguales; al mismo tiempo, el país se asegurará que su Fuerza Conjunta esté preparada para disuadir y, si es necesario, prevalecer antes las amenazas más peligrosas para los intereses de los estadounidenses; se trata de una estrategia que se aleja de la grandilocuencia de las anteriores que se basaban en un orden internacional que ahora se califica de “abstracción irreal” y que llevó a una sobreextensión estratégica de EEUU.
La EDN parte además de un diagnóstico explícito: EEUU opera en un entorno marcado por la simultaneidad de desafíos, los riesgos de escaladas geopolíticas (disputas inicialmente acotadas pueden ampliarse con rapidez, implicar a aliados, afectar a cadenas de suministro críticas y derivar en confrontaciones de mayor alcance) y las limitaciones industriales. En este contexto, la EDN no pretende preservar el orden internacional heredado ni liderar su reforma, sino redefinir prioridades, limitar compromisos y adaptar el ejercicio del poder estadounidense a este entorno más competitivo, fragmentado y exigente. Es decir, en lugar de prometer seguridad en todos los escenarios, la EDN acepta la necesidad de elegir, priorizar y delegar. Por lo tanto, el liderazgo ya no se concibe en términos de presencia global permanente, sino de capacidad para negar ventajas estratégicas a los rivales, sostener la disuasión y gestionar la competencia sin provocar un colapso sistémico.
Esta introducción sienta así las bases de una estrategia que no busca evitar todos los conflictos, sino gestionar la rivalidad global bajo condiciones de simultaneidad, presión estructural y riesgo de escalada, redefiniendo el papel de EEUU de proveedor de seguridad por defecto a arquitecto de un sistema de seguridad global más selectivo, condicionado y explícitamente jerarquizado.
Cuatro prioridades protagonizan el documento.
La defensa del territorio estadounidense y del hemisferio occidental
La defensa de EEUU y del hemisferio occidental se convierte en la primera prioridad estratégica e incluye la defensa antimisiles, la ciber resiliencia, la seguridad fronteriza, el acceso al Ártico, el control de puntos estratégicos y la modernización nuclear. Lo relevante no es sólo la lista de capacidades, sino el marco conceptual: el documento trata el territorio nacional y el hemisferio como un mismo espacio estratégico integrado, un único teatro de seguridad. En ese espacio, destaca explícitamente Canadá, Groenlandia, el Ártico y el Canal de Panamá, así como los “socios de América Central y del Sur”, presentados como zonas clave para garantizar el acceso y la movilidad tanto militar como comercial. En este contexto, Canadá adquiere un papel indispensable desde el punto de vista operativo: alerta temprana de misiles, defensa aérea y marítima, acceso al Ártico e integración industrial de América del Norte.
La lógica de esta prioridad es clara: EEUU no puede disuadir a China en el Indo-Pacífico, contener a Rusia en Europa o resistir la simultaneidad de crisis en otros teatros si su retaguardia logística, sus rutas críticas y su base industrial quedan expuestas. El hemisferio pasa así a concebirse como escudo, plataforma de suministro y principal base industrial de apoyo, es decir, como condición previa para cualquier proyección de poder fuera del continente. En consecuencia, la presencia o influencia de actores rivales dentro de este espacio deja de interpretarse como competencia geopolítica tolerable y se redefine como interferencia estratégica directa.
China como el principal desafío sistémico
Disuadir a China, especialmente en el Indo-Pacífico, constituye la segunda prioridad de la EDN y el principal desafío sistémico a largo plazo para EEUU, algo que aparecía de forma más diluida en la ESN de 2025. La EDN parte de la premisa de que el equilibrio de poder en Asia condicionará el equilibrio global y vincula directamente la prosperidad estadounidense a impedir que una sola potencia controle el acceso a mercados, rutas marítimas y nodos estratégicos clave de la región. China es, por tanto, el principal rival estratégico ya que en ella convergen un gran peso económico, la ambición tecnológica y una modernización militar acelerada.
En términos prospectivos, la EDN plantea una estrategia de confrontación controlada. EEUU no busca una desconexión total de China ni el colapso del sistema internacional, pero tampoco acepta como resultado tolerable una hegemonía regional china. El objetivo es restringir las opciones estratégicas de Pekín elevando el coste y reduciendo la viabilidad de cualquier acción coercitiva orientada a alterar el equilibrio regional mediante hechos consumados. Para ello, la doctrina rectora es la disuasión por negación: un enfoque que no se basa principalmente en amenazar con represalias posteriores, sino en impedir desde el inicio que una acción militar pueda tener éxito. La respuesta operativa es la construcción de una arquitectura defensiva a lo largo de la primera cadena de islas (first island chain es un concepto geoestratégico-militar que describe una línea de archipiélagos e islas que se extiende desde el noreste de Asia hacia el sudeste asiático y que funciona como una especie de barrera natural frente a China), diseñada para bloquear cualquier intento de coerción militar y hacer inviable un cambio del statu quo por la fuerza. Este planteamiento se combina con el mantenimiento de canales de comunicación permanentes entre Fuerzas Armadas, reflejando una lógica de doble vía: EEUU se prepara activamente para escenarios de crisis mientras intenta reducir el riesgo de errores de cálculo y evitar una escalada incontrolada. En definitiva, la EDN aspira a mantener la competencia sistémica por debajo del umbral de una guerra convencional o nuclear, sin renunciar a una postura de superioridad militar y resiliencia estratégica en el Indo-Pacífico.
Aunque la EDN de 2026 sitúa la disuasión de China como prioridad central en el Indo-Pacífico, llama la atención que el documento no mencione explícitamente Taiwán, una ausencia que ha generado interpretaciones y preocupación, especialmente en la propia isla. Diversos análisis apuntan a que esta omisión no implica una rebaja del desafío chino, sino más bien un cálculo deliberado de ambigüedad estratégica: evitar compromisos públicos que limiten el margen de maniobra de Washington o que puedan ser interpretados por Pekín como una escalada política inmediata. En paralelo, la EDN adopta un lenguaje más general y pragmático, centrado en la competencia sistémica y en la disuasión por negación a lo largo de la primera cadena de islas, un marco operacional que remite de forma indirecta al estrecho de Taiwán sin necesidad de nombrarlo. En este sentido, el silencio sobre Taiwán parece responder menos a una falta de prioridad y más a una estrategia de comunicación diseñada para preservar flexibilidad, contener tensiones y evitar una declaración explícita de líneas rojas.
Incrementar el reparto de cargas con aliados y socios
La redistribución de la responsabilidad a los aliados es latercera prioridad y quizás una de las dimensiones más subestimadas de la EDN: los aliados y socios ya no son tratados como contribuyentes periféricos, sino que son indispensables portadores y compartidores de la carga en un sistema diseñado explícitamente para evitar el sobreesfuerzo de EEUU.
Esto tiene varias implicaciones. En primer lugar, seestá delegando la primacía regional:Europa para Europa, Corea del Sur para la península coreana, determinados Estados del Indo-Pacífico para la denegación marítima y socios hemisféricos para la seguridad regional. En segundo lugar, las potencias medias ganan relevancia, pero a costa de un mayor gasto en defensa, alineamiento industrial y fiabilidad geopolítica, es decir que la autonomía es condicional (en el caso de Europa, la producción industrial y el gasto en defensa, se convierten en las medidas de la credibilidad de la futura relación transatlántica). En tercer lugar, el reparto de cargas se convierte en algo estructural, no temporal. No se trata de una respuesta a una crisis, sino de un nuevo equilibrio a largo plazo.
Potenciar la base industrial de defensa
La cuarta prioridad es la movilización industrial que se convierte en un instrumento de primera línea para la disuasión futura. La estrategia vincula explícitamente la seguridad nacional con la reindustrialización y la relocalización, el uso de la inteligencia artificial en la producción y la toma de decisiones, la resiliencia de las cadenas de suministro y la coproducción entre aliados, redefiniendo la base industrial como un pilar central del poder militar y de la disuasión. En este enfoque, los aliados dejan de ser meros socios políticos u operativos para convertirse en componentes estructurales de la capacidad industrial y militar estadounidense. La EDN impulsa la coproducción, la concesión de licencias y la integración de cadenas de valor entre países afines como un medio para escalar rápidamente la producción, reducir vulnerabilidades críticas y sostener conflictos de alta intensidad. Al mismo tiempo, introduce una lógica de condicionalidad estratégica: el acceso a tecnologías, contratos, mercados y ecosistemas industriales avanzados queda crecientemente vinculado al alineamiento político, la fiabilidad estratégica y la disposición de los aliados a asumir costes. Las alianzas se redefinen así no solo como un marco de seguridad compartida, sino como un bloque industrial competitivo, diseñado para negar a los rivales ventajas tecnológicas y geoeconómicas decisivas.
Desde esta lógica, la disuasión en el siglo XXI deja de medirse únicamente por la rapidez con la que pueden desplegarse las fuerzas y pasa a depender de la capacidad para reponer pérdidas, ampliar la producción –incluida la de defensa– y sostener el esfuerzo industrial en el tiempo, mientras se limita la influencia geoeconómica de los adversarios. La EDN asume que la capacidad de resistencia industrial y de escalado productivo será tan determinante como la superioridad militar inicial.
Para las empresas multinacionales, este giro estratégico funciona simultáneamente como advertencia y como hoja de ruta. Las cadenas de suministro dejan de ser un factor de eficiencia económica para convertirse en activos estratégicos, sujetos a escrutinio, segmentación y condicionamiento político. La geografía vuelve a adquirir centralidad: el hemisferio occidental, las rutas árticas y los principales puntos de estrangulamiento marítimos entran de lleno en el cálculo de riesgos corporativos. La exposición al doble uso –desde la inteligencia artificial y los semiconductores hasta la logística, las infraestructuras y la energía– se eleva al nivel de decisión ejecutiva. Al mismo tiempo, la integración en alianzas y ecosistemas de confianza pasa a determinar el acceso a mercados, tecnologías y financiación, mientras que la ambigüedad estratégica genera costes crecientes. En este contexto, la geopolítica se convierte en una condición operativa permanente.
Teniendo en cuenta esta cuarta prioridad, cobra especial relevancia la orden ejecutiva “Establishing an America First Arms Transfer Strategy”, publicada poco después de la EDN, que marca un giro bastante explícito en la política estadounidense de transferencias de armamento: deja de tratarse principalmente como un instrumento técnico de cooperación militar o de apoyo a aliados y pasa a presentarse como una herramienta estratégica de política exterior, de presión sobre socios y de fortaleci