Hay palabras que no dicen nada. O mejor dicho: dicen cosas, pero no nos hacen ver nada. Y cuando no vemos nada, no sentimos nada y, por lo tanto, no recordamos nada.
Vivimos rodeados de conceptos como “desarrollos sistémicos”, “sinergias operativas”, “transferencias de conocimiento”, “proyectos de intercambio generacional”, “implementación de acciones de integración comunitaria” y otros. Hay donde escoger. Técnicamente son correctos. Comunicativamente, un auténtico desastre.
Recreémonos en un ejemplo: “Impulsamos un proyecto de intercambio intergeneracional”. ¿Qué quiere decir esto exactamente? ¿Qué imagen genera este concepto en el cerebro de quien nos escucha? En el mío no genera ninguna.
Por el contrario, qué tal si le añadimos o lo sustituimos por: “Cada jueves, chicas y chicos de nuestra escuela van a la residencia de personas mayores a escuchar cómo les explican cuentos de cuándo no había ni móviles, ni teles, ni radios. Y después, ellos y ellas ayudan a los abuelos y abuelas a utilizar los móviles”.
O, mejor aún: “Cada jueves, María, que tiene 85 años, dificultades para andar y a su familia en Estados Unidos, sonríe de oreja a oreja al ver entrar a Hassen, que la abraza y le pide que le vuelva a contar aquella historia del vecino que le quería robar los sacos de aceitunas de su garaje”. ¿Qué le ocurre a nuestro cerebro de golpe? Al mío, que sonrío también, imaginándome al vecino cazado por María.
Seguramente no hace falta ir tan lejos. Pero, como mínimo, podemos dar un pequeño paso. Cuando decimos que “hemos activado un protocolo de acompañamiento emocional”, podemos explicar que “en la escuela, si hace dos días que no vienes a clase, alguien te llama para saber si estás bien”. O si aprobamos un “plan de optimización de recursos”, podemos explicar que “apagaremos las luces de los despachos vacíos y dejaremos de imprimir la memoria anual”.
Desde el punto de vista comunicativo, generar imagen es bueno por tres motivos fundamentales:
- Porque activa la atención. Las escenas concretas obligan al cerebro a simular aquello que está pasando. Y para hacerlo, se conecta.
- Porque facilita la comprensión. Los conceptos abstractos requieren esfuerzo para entenderlos. Las imágenes concretas, no.
- Porque genera recuerdo y emoción. No recordamos que una organización quiere implementar un “plan estratégico de cohesión”. Recordamos que decidieron que ningún niño comería solo en el comedor.
Nuestro cerebro está programado para retener historias, caras, acciones concretas. No retiene categorías conceptuales.
Por eso, al escribir o hablar, preguntémonos si lo que estamos diciendo se podría convertir en una imagen. Si la respuesta es no, probablemente aún nos encontramos en el terreno del “abstractismo”. Y si nos quedamos allí, comunicativamente habremos perdido una oportunidad de conectar. Una lástima.