Entrevista a Marcela Arellano, presidenta de CEOSL.
En Bilbao, en una sala con medio centenar de personas, estrenamos Las cadenas del abacá. Trabajo forzoso en Ecuador – caso Furukawa, el documental fue preparado por Sindicalistas sin Fronteras ISCOD UGT, el Centro de Derechos Económicos y Sociales de Ecuador – CDES y apoyo de la Confederación Ecuatoriana de Organizaciones Sindicales Libres (CEOSL). No era una proyección más. Era, en cierto modo, una forma de poner nombre y rostro a una realidad que incómoda que persiste: la esclavitud en pleno siglo XXI.
A lo largo de la jornada, compartimos experiencias y preocupaciones que, aunque nacen en contextos distintos, apuntan hacia la necesidad urgente de mirar más allá de nuestro entorno inmediato. La jornada cumplió un doble objetivo: generar un espacio de aprendizaje entre iguales y, al mismo tiempo, resaltar la relevancia del trabajo en materia de solidaridad y cooperación internacional como condición necesaria para entender el mundo, las desigualdades y la necesidad de seguir trabajando en alianzas internacionales.
El abacá, también conocida como cáñamo de Manila, es una fibra vegetal que se produce principalmente en Filipinas, Ecuador y Costa Rica con un gran valor comercial. Detrás de esta cadenada de producción, sin embargo, hay historias que han permanecido invisibilizadas durante décadas. Marcela Arellano las contó sin estridencias, con una mezcla de serenidad y firmeza que no necesita impostura. Retrató las vidas de personas que trabajan en comunidades totalmente aisladas, con un relato que no buscaba dramatizar, sino llamar la atención. Se trata de comunidades enteras condenadas durante más de sesenta años al silencio y al olvido institucional.
Resultaba imposible no percibir la dimensión de lo que estaba contando y las dimensiones de esta situación en la que más de 300 personas —y sus familias— que han vivido en condiciones de esclavitud moderna en Ecuador, y una sentencia que, pese a reconocer los hechos, sigue sin traducirse en justicia efectiva.
Un par de días después, lejos ya de la quietud de una sala en la que se despertó un inmenso interés por esta situación, retomamos la conversación en Madrid. Caminábamos deprisa entre el ruido constante de la ciudad, camino de otra reunión, una más de las muchas que estos días sirven para recordar, o quizás insistir, que hay historias que no pueden caer en el olvido.
Marcela habla como quien ha aprendido a no ceder terreno. Con una mirada firme y una voz pausada para no olvidar detalles de su relato. Empezó a los diecinueve años, en una fábrica textil, casi por casualidad. “Me llamaron para ir a un paseo y de ahí salí afiliada”, contaba con una sonrisa. Desde entonces no ha salido del sindicalismo, en el que también ha sido una pionera introduciendo miradas feministas, desde los cuidados y la autoorganización de las mujeres para romper los moldes impuestos por el sistema. Más de tres décadas después, preside la Confederación Ecuatoriana de Organizaciones Sindicales Libres (CEOSL) en un momento especialmente complejo en el que en el país andino se producen ataques a la libertad sindical, se consolidan retrocesos democráticos y un modelo económico que sigue produciendo desigualdad y vulneraciones de derechos.
Pero hay algo que permanece inamovible en su forma de contar, y es la convicción de que organizarse sigue siendo, pese a todo, una de las pocas herramientas capaces de disputar ese orden impuesto.
“Mi vida entera la he vivido en el movimiento sindical”
En Bilbao, en una sala con medio centenar de personas, estrenamos Las cadenas del abacá. Trabajo forzoso en Ecuador – caso Furukawa, el documental fue preparado por Sindicalistas sin Fronteras ISCOD UGT, el Centro de Derechos Económicos y Sociales de Ecuador – CDES y apoyo de la Confederación Ecuatoriana de Organizaciones Sindicales Libres (CEOSL). No era una proyección más. Era, en cierto modo, una forma de poner nombre y rostro a una realidad que incómoda que persiste: la esclavitud en pleno siglo XXI.
A lo largo de la jornada, compartimos experiencias y preocupaciones que, aunque nacen en contextos distintos, apuntan hacia la necesidad urgente de mirar más allá de nuestro entorno inmediato. La jornada cumplió un doble objetivo: generar un espacio de aprendizaje entre iguales y, al mismo tiempo, resaltar la relevancia del trabajo en materia de solidaridad y cooperación internacional como condición necesaria para entender el mundo, las desigualdades y la necesidad de seguir trabajando en alianzas internacionales.
El abacá, también conocida como cáñamo de Manila, es una fibra vegetal que se produce principalmente en Filipinas, Ecuador y Costa Rica con un gran valor comercial. Detrás de esta cadenada de producción, sin embargo, hay historias que han permanecido invisibilizadas durante décadas. Marcela Arellano las contó sin estridencias, con una mezcla de serenidad y firmeza que no necesita impostura. Retrató las vidas de personas que trabajan en comunidades totalmente aisladas, con un relato que no buscaba dramatizar, sino llamar la atención. Se trata de comunidades enteras condenadas durante más de sesenta años al silencio y al olvido institucional.
Resultaba imposible no percibir la dimensión de lo que estaba contando y las dimensiones de esta situación en la que más de 300 personas —y sus familias— que han vivido en condiciones de esclavitud moderna en Ecuador, y una sentencia que, pese a reconocer los hechos, sigue sin traducirse en justicia efectiva.
Un par de días después, lejos ya de la quietud de una sala en la que se despertó un inmenso interés por esta situación, retomamos la conversación en Madrid. Caminábamos deprisa entre el ruido constante de la ciudad, camino de otra reunión, una más de las muchas que estos días sirven para recordar, o quizás insistir, que hay historias que no pueden caer en el olvido.
Marcela habla como quien ha aprendido a no ceder terreno. Con una mirada firme y una voz pausada para no olvidar detalles de su relato. Empezó a los diecinueve años, en una fábrica textil, casi por casualidad. “Me llamaron para ir a un paseo y de ahí salí afiliada”, contaba con una sonrisa. Desde entonces no ha salido del sindicalismo, en el que también ha sido una pionera introduciendo miradas feministas, desde los cuidados y la autoorganización de las mujeres para romper los moldes impuestos por el sistema. Más de tres décadas después, preside la Confederación Ecuatoriana de Organizaciones Sindicales Libres (CEOSL) en un momento especialmente complejo en el que en el país andino se producen ataques a la libertad sindical, se consolidan retrocesos democráticos y un modelo económico que sigue produciendo desigualdad y vulneraciones de derechos.
Pero hay algo que permanece inamovible en su forma de contar, y es la convicción de que organizarse sigue siendo, pese a todo, una de las pocas herramientas capaces de disputar ese orden impuesto.
“Mi vida entera la he vivido en el movimiento sindical”
Pregunta. Marcela, usted empezó en el sindicato casi por casualidad, con diecinueve años, en una fábrica textil y con una invitación a un paseo. Hoy preside la CEOSL después de más de treinta años de militancia. Cuando mira hacia atrás, ¿en qué momento sintió que el sindicalismo iba a ser el lugar desde el que iba a entender el mundo?
Respuesta. “Yo entré a trabajar después de salir del colegio, en una fábrica textil, en Indulana. Allí había un sindicato y un comité de empresa, y nos reclutaron convocándonos a un paseo. Nos afiliamos alrededor de cuarenta jóvenes que habíamos ingresado a trabajar a la empresa”, recuerda.
Ese inicio casi casual se convirtió rápidamente en compromiso, “A los veintiún años llegué a una de las vicepresidencias de la CEOSL, responsabilizándome del tema de organización. También pude involucrarme en el movimiento sindical a nivel internacional, en la escuela de formación de la CIOSL”.
Más de tres décadas después, su mirada es clara:
“Tengo cincuenta y tres años… mi vida entera la he vivido en el movimiento sindical. Ha sido una experiencia grata, pero también de lucha, de solidaridad, con momentos muy duros en los que he enfrentado discriminación en el trabajo, persecución sindical, incluso disputas internas”.
“Pese a todo ello, la CEOSL es como mi casa. A veces perdemos, nos mantenemos y volvemos a intentarlo. Lo importante es que hemos construido una corriente que no solo defiende derechos laborales, sino que plantea incidencia política demandando un Estado al servicio del pueblo, que ponga en el centro la vida de la gente, la igualdad entre hombres y mujeres, la transición justa y el trabajo decente”.
Pregunta. En su historia aparece algo que hoy parece haberse olvidado: el sindicato como espacio de formación política, de debate, de construcción colectiva. ¿Qué aprendió en esos círculos de estudio que todavía hoy sigue marcando su forma de hacer sindicalismo?
Respuesta. “En el sindicato había un proceso de formación que llamábamos el Círculo de Estudios, y ahí me involucré en la vida sindical”, explica.
Aquellos espacios eran algo más que formación, porque “la política de juventud que tenía la confederación desarrollaba una acción positiva para jóvenes, y eso implicó que asumiera responsabilidades muy pronto”.
Este proceso de aprendizaje dejó una huella que motivó que continuara su trabajo en defensa de los derechos laborales: “Lo importante es que se ha generado una corriente que no solamente defiende los derechos laborales, sino que además plantea incidencia política. Es decir, que tengamos una reforma favorable al pueblo, un Estado al servicio de la gente”.
Hoy, en su opinión, esa mirada sigue vigente:
“Nos interesa sostener una política de género, avanzar en la justicia climática y, por supuesto, en la defensa de la libertad sindical. El movimiento sindical no solo tiene que actuar en el mundo del trabajo, sino en la sociedad en general”.
Pregunta. Usted ha vivido distintas etapas del movimiento sindical en Ecuador. ¿Dónde diría que estamos hoy?
Respuesta.
“En este momento estamos en una alerta nacional”, afirma. “Se está atacando la democracia, se está ilegitimando a partidos políticos, hay persecución a líderes opositores. En el ámbito sindical, la situación es especialmente grave ya que el gobierno actual odia al movimiento sindical y ha emprendido un ataque directo contra las y los trabajadores organizados. Ese ataque se concreta en reformas y restricciones. La reforma laboral va vía acuerdo ministerial, hay una arremetida contra la libertad sindical. Frente a ello, en el movimiento sindical estamos articulados con el movimiento de mujeres, con el movimiento feminista, con ecologistas. Estamos haciendo incidencia y movilización”.
Pregunta. En Bilbao, tras la proyección del documental, usted nos habló del caso Furukawa. La Corte Constitucional ha reconocido la existencia de esclavitud moderna en el sector del abacá en Ecuador. ¿Qué ocurrió realmente?
Respuesta.
“En el Ecuador se detecta trabajo forzoso en la agroindustria, particularmente en el sector del abacá”, explica. “La gravedad del asunto reside en que la Corte Constitucional emitió una sentencia en diciembre de 2024 que reconoce que en el Ecuador hay esclavitud moderna. Esta sentencia es contundente ya que demuestra que mil doscientos trabajadores han sido reconocidos como víctimas de la empresa Furukawa”.
Pregunta. Existe una sentencia, pero no se está cumpliendo. ¿Qué está pasando ahora mismo?
Respuesta.
“La sentencia está emitida, pero no hay implementación. Los 342 trabajadores que debían ser indemnizados están todavía esperando a recibir su compensación. Esto nos pone en una situación crítica en la que tenemos que seguir apoyando a estas personas y a sus familias, y seguir agotando las vías para hacer cumplir la sentencia dictada. Lo más grave no es la demora, sino la falta de voluntad real de cumplimiento.”
La empresa llegó a plantear que podía cumplir con las indemnizaciones en un plazo de 98 años, una propuesta que Marcela define sin rodeos: “Es una forma absolutamente humillante de incumplir la sentencia”.
Esta situación, insiste, no es un hecho aislado, sino parte de un contexto más amplio “de persecución, de ataque y de guerra contra los sindicatos, y eso tiene consecuencias directas en la posibilidad de garantizar derechos”.
En ese escenario, la justicia queda suspendida en el tiempo y deja evidencias de un sistema roto en el que lo que está en juego va más allá de un caso concreto. “Lo que vemos es que, incluso cuando hay reconocimiento jurídico, no necesariamente hay garantía efectiva de derechos”.
Marcela, desde este punto de vista, ha insistido en la importancia de tender puentes y construir alianzas sólidas con otros sindicatos y, a través de la cooperación internacional, afianzar el trabajo de litigio estratégico en el que se encuentran inmersas.
“Se trata de una cooperación que transforma vidas, una cooperación con impacto y para la incidencia política. Es mucho más que un proyecto, es una visión compartida a largo plazo”.
Pregunta. Usted ha insistido en la importancia del feminismo dentro del sindicalismo y en estas alianzas. ¿Por qué?
Respuesta.
“Furukawa es un ejemplo, un resultado de un sistema capitalista y patriarcal. El movimiento sindical tiene que ser un referente en la lucha contra el capitalismo y contra el patriarcado, y por ello es que lo tenemos que interiorizar como parte esencial del movimiento sindical, desde una perspectiva de igualdad y de justicia feminista”.
Pregunta. Se ha hablado mucho de cooperación sindical internacional. ¿Qué significa esto para usted en la práctica?
Respuesta.
“La cooperación es, sobre todo, una articulación política. Es generación de propuestas y de incidencia para construir un sindicalismo capaz de enfrentar los retos actuales. No solo en el mundo del trabajo, sino en la sociedad en general”.
Pregunta. Después de más de treinta años de militancia, ¿qué es lo que la hace seguir?
Respuesta.
“El hecho de seguir teniendo retos pendientes. No habremos cumplido nuestro objetivo sin haber conquistado todos los derechos. Lo que buscamos es una visión de cumplimiento de estándares internacionales y también un compromiso ético que se traduce en construir sociedades más justas”.
Nuestra conversación termina al llegar a nuestro destino, rodeadas del bullicio de la ciudad. Pero la sensación no es de cierre. Quizás porque, como en el caso Furukawa, la justicia sigue siendo una tarea inacabada y nuestra tarea aún continúa. Una sentencia reconocida que no se cumple, una propuesta empresarial que dilata la reparación durante casi un siglo, y más de trescientas personas que continúan esperando. No podemos hacer la vista a un lado.
En ese espacio —entre el reconocimiento formal de los derechos y su cumplimiento efectivo— es donde hoy se sitúa buena parte de la lucha sindical y el trabajo que, junto con Marcela y CEOSL, seguimos haciendo. Un lugar atravesado por conflictos globales, donde el trabajo, el territorio, el género y el poder económico se entrelazan.
Frente a ello, la experiencia que relata Marcela no apunta a una excepción, sino a una lógica más amplia. Una lógica que solo puede ser confrontada desde la organización colectiva, desde un sindicalismo que incorpore la justicia feminista, que teja alianzas más allá de las fronteras y que entienda la cooperación internacional no como un complemento, sino como una herramienta política.
Porque si algo deja claro esta historia es que los derechos, por sí solos, no se sostienen si no tienen estructuras fuertes que los defiendan, redes que los acompañen y voluntades que los empujen.
En ese terreno incómodo, en el que persisten las desigualdades, y que es profundamente político, es donde, pese a todo, el sindicalismo sigue apostando por la justicia social.