Unos animales marinos con 550 millones de años de historia

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Aunque los braquiópodos dominaron los mares paleozoicos, el 95% de sus especies se han extinguido. Actualmente estos invertebrados son extraordinariamente raros, hay menos de 350 especies vivas que contrastan con las 12.000 especies fósiles registradas.

Orthambonites sp. Ventas con Peña Aguilera (Toledo), Ordovícico medio. Colección de Invertebrados fósiles, MNCN. Imagen: José María Cazcarra.

Su copioso registro fósil nos ayuda a comprender la evolución, diversidad y distribución de este grupo a lo largo del tiempo. Desde el Cámbrico hasta el Pérmico, Brachiopoda fue uno de los filos más exuberantes y extendidos, desempeñando un papel muy importante como filtradores en los ecosistemas marinos. Durante el Ordovícico, hace alrededor de 485 a 443 Ma, se volvieron dominantes en muchos ambientes marinos, continuando su diversificación a lo largo de los períodos Silúrico y Devónico. En el Carbonífero, hace alrededor de 359 a 299 Ma, fueron muy numerosos en mares poco profundos, pero al final de este período y en el Pérmico, se produjo una disminución de su diversidad y abundancia.

Hace 252 Ma tuvo lugar una de las extinciones más devastadores en la historia de la Tierra que acabó con cerca del 96% de las especies marinas, incluyendo muchos linajes de este grupo, lo que dio lugar a una pérdida significativa de la variedad e importancia ecológica de los braquiópodos. Durante la era Mesozoica continuaron evolucionando, pero su diversidad no ha dejado de disminuir hasta el día de hoy.

Stringocephalus burtini, Alemania, Devónico medio. Colección de Invertebrados fósiles, MNCN. Imagen: José María Cazcarra.

Los braquiópodos tienen una concha, compuesta de dos valvas, pero no son moluscos, ya que constituyen un filo propio dentro del reino animal. A diferencia de los bivalvos, los braquiópodos son simétricos a lo largo de la línea media de la concha. Sus valvas se articulan mediante una charnela o bisagra, y gran parte del espacio interno está ocupado por un órgano carnoso y hueco, el lofóforo, que tiene dos brazos con tentáculos ciliados, que generan una corriente de agua de la que extraen oxígeno y partículas de alimento.

Han prosperado en mares cálidos y poco profundos, aunque en la actualidad la competencia los ha desplazado a regiones frías y con poca luz. Hoy en día viven en todos los océanos y en los principales hábitats del fondo marino. Han sobrevivido por su bajo metabolismo, sus gruesas conchas y su reducida masa corporal. Ocupan zonas poco frecuentadas por el hombre, lo que hace que sean difíciles de ver, a diferencia de los bivalvos que están presentes en todas las costas, por lo que sus conchas son frecuentes en la playa. Además, la mayoría de las especies de braquiópodos son sésiles, es decir están sujetos al sustrato, excepto los lingúlidos, mientras que los bivalvos pueden excavar madrigueras y han desarrollado distintas estrategias de movimiento.

Es probable que los braquiópodos y los bivalvos hayan competido desde su aparición en el Cámbrico, pero los braquiópodos fueron mucho más abundantes y diversos que los moluscos en el Paleozoico, hasta la extinción del Pérmico, cuando quedaron diezmados radicalmente y nunca se recuperaron.

Strophomena sp. Rafinesquina sp. Indiana (EEUU), Ordovícico superior. Colección de Invertebrados fósiles, MNCN. Imagen: José María Cazcarra.

Gracias a los paleontólogos conocemos su historia evolutiva, pero fue el zoólogo francés C. Dumeril quien les dio nombre en 1806. Dumeril usó el término Brachiopoda para referirse a un orden de moluscos, una de las nueve divisiones en las que organizó el mundo animal. Desde entonces se han propuesto, adoptado y abandonado distintas clasificaciones. Al existir muy pocos representantes vivos, la clasificación de los braquiópodos se ha basado principalmente en los restos fósiles, prestando especial atención a la morfología de la concha.

Inicialmente los braquiópodos se dividieron en dos grandes grupos: los inarticulados, cuyas conchas carecen de charnelas definidas y están compuestas de fosfato de calcio, y los articulados, con charnelas articuladas y conchas de carbonato cálcico. Sin embargo, los recientes avances en filogenética molecular han obligado a los investigadores a revisar su esquema de clasificación. Actualmente el filo Brachiopoda está subdividido en tres subfilos: Linguliformea, Craniiformea y Rhynchonelliformea.

Son valiosos como fósiles guía para la datación relativa de las rocas. Ello es debido a distintos factores, como pueden ser su gran extensión geográfica, que los hace útiles para correlacionar unidades de rocas en diferentes localidades, regiones y continentes. Su larga historia evolutiva ha dado lugar a la aparición y extinción de especies en diferentes momentos del pasado geológico y al estudiar la presencia y abundancia de diferentes especies en distintas capas de roca, se pueden establecer relaciones de edad relativas y crear biozonas o unidades bioestratigráficas, definidas por la presencia o ausencia de taxones específicos. Además, ciertos grupos han aparecido y prosperado en intervalos de tiempo muy concretos, lo que hace posible que los geólogos puedan distinguir entre diferentes edades geológicas dependiendo de la presencia de determinadas especies.

Rhynchonella sp. Acuarela de J. Ph. Caresme (1760), Colección Franco Dávila. Sig. ACN110B/002/04839, Archivo MNCN.

Por otra parte, las diferentes especies de braquiópodos muestran preferencias de hábitat y tolerancias ambientales específicas, ya que algunas están asociadas con tipos particulares de ambientes sedimentarios, como hábitats marinos poco profundos, de aguas profundas o arrecifes. Cuando los geólogos examinan los conjuntos de braquiópodos en rocas fosilíferas, pueden inferir los paleoambientes en los que se depositaron estas rocas, lo que facilita la reconstrucción de ecosistemas antiguos. Asimismo, su abundancia y buena conservación los convierte en elementos idóneos para estudiar la variación en la biodiversidad y otros cambios paleoecológicos a lo largo del tiempo.

En el archivo del MNCN encontramos doce láminas de braquiópodos del pintor francés Jacques Philippe Caresme (1734-1796) pertenecientes a la colección de Pedro Franco Dávila, el primer director el Real Gabinete. Asimismo, en la biblioteca del Museo se encuentra el original del libro Aparato para la Historia Natural Española del franciscano granadino José Torrubia (1698-1761), que está considerado el primer tratado español de paleontología. Este libro publicado en 1754 era muy conocido en Europa en el siglo XVIII, existiendo una traducción alemana de 1773. El libro de Torrubia es el primero en el que se muestran fósiles españoles; por ejemplo, en él se figuran algunas de las especies más abundantes y características de los braquiópodos jurásicos de la cordillera Ibérica.

Referencias bibliográficas:

Carlson, S. J. 2016. The Evolution of Brachiopoda. Annual Review of Earth and Planetary Sciences, 44(1): 409-438. DOI: 10.1146/annurev-earth-060115-012348

García Joral, F., Goy, A. 1998. Los braquiópodos jurásicos en el "Aparato para la historia natural española" de José Torrubia (1754). Geogaceta, 24: 143-146.

Harper, D. A. T., Popov, L. E., Holmer, L. E. 2017. Brachiopods: origin and early history. Frontiers in Palaeontology. https://doi.org/10.1111/pala.12307

Torrubia, J. 1754. Aparato para la Historia Natural Española. Herederos de Agustín Gordejuela y Sierra, imp. Madrid.
 

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Martínez López Carmen