Política exterior feminista frente a la crisis democrática global – ISCOD

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Madrid acoge esta semana la V Conferencia Ministerial de Política Exterior Feminista. Antes de que los gobiernos tomen la palabra, representantes de la sociedad civil, activistas, investigadoras, sindicalistas, y defensoras de derechos de todo el mundo nos reunimos en la sede de la AECID para decir algo que sigue siendo necesario recordar. Y todo lo que se dijo, se hizo con claridad y con firmeza, pero también con la alegría necesaria de mujeres que se reconocen, se celebran y se aplauden por el papel transformador del feminismo.  

Con todas sus letras, recordamos ayer que sigue siendo necesario que las declaraciones no se queden en el papel y avanzar con paso firme para que la Política Exterior Feminista sea una realidad. 

A las diez de la mañana, el salón de actos ya estaba lleno de mujeres de todo el mundo que se abrazaban tras largos viajes entusiasmadas de compartir el espacio. Como momento, la apertura sirvió para enmarcar el día y recoger no solo los objetivos de este Foro, sino también dar visibilidad a la diversidad de un movimiento feminista global.  

Las sesiones paralelas y simultáneas abordaron temas que incluyen desde la cooperación feminista y la financiación climática, hasta la PEF en contextos represivos, los cuidados como eje del multilateralismo, o las ecologías de paz frente al militarismo. 

El broche de cierre lo puso la presentación de una Declaración Política de la Sociedad Civil, como documento colectivo en el que se recogen las principales preocupaciones y reflexiones compartidas tanto en el Foro como en los espacios preparatorios previos.  

En la mesa inaugural, Paola Yáñez Inofuentes, de la Red de Mujeres Afrolatinoamericanas, Afrocaribeñas y de la Diáspora puso el acento desde el principio en una realidad cada vez más innegable cuando afirmó que (lo que vivimos) «no es una crisis diplomática, es una crisis de democracia». El orden multilateral está siendo atacado, los mecanismos de rendición de cuentas, como parte de este proceso, se debilitan, y, cada vez más, los espacios de participación de la sociedad civil se reducen a lo simbólico. 

En este sentido, las cifras no mienten. En América Latina y Caribe se concentra alrededor del 80% de los asesinatos de personas defensoras de derechos humanos en el mundo, sin olvidar que en el continente se producen al menos 11 feminicidios al día. Si a esto añadimos el deterioro democrático en los países de la región, o los crecientes autoritarismos, no queda más remedio que afirmar que un Estado que reprime en lugar de proteger, no es democrático.  

La Secretaria de Estado de Cooperación Internacional, Eva Granados, estuvo presente como muestra del compromiso institucional del gobierno de España. En su discurso afirmó: «El feminismo no es una agenda sectorial ni identitaria. Es la base del desarrollo sostenible, la democracia y la paz.» 

Esto no es un detalle menor, sino una muestra clara de un compromiso que tiene que trasladarse a lo más alto de la acción exterior de este país. Es lo que tiene que traducirse en acción y permanecer después de las cumbres y foros de estas características.  

Más aún en un contexto de creciente militarismo, discurso belicista y de escalada de conflictos que cuestionan los cimientos del orden internacional basado en el derecho internacional y los derechos humanos. La política exterior feminista tiene que ser respuesta y antídoto ante el incremento de la conflictividad. La financiación tiene que dar pasos adelante para convertirse en apoyo directo, flexible y a largo plazo con enfoque feminista. Y, por último, el gasto militar creciente tiene que revertirse hacia la paz y la cooperación.  

Esta declaración tendría que servir como base para los acuerdos que se alcancen en el marco de la V Conferencia Ministerial sobre Política Exterior Feminista que comienza hoy y que, esperemos, defina la hoja de ruta para la próxima década. 

El Sur Global construyendo la agenda 

Durante el Foro, las voces de todo el mundo se dejaron oír, pero, sobre todo las del Sur Global fueron las que marcaron el tono. Shamah Bulangis, de Girls Congress de Filipinas, recordó el pasado colonial no tan lejano de muchos de los países del Norte Global, sin olvidar que todavía existe un presente que se sustenta sobre cadenas de explotación globales.  

Esto no es una metáfora, sino una estructura económica y de poder que se sustenta sobre la violación de derechos humanos y laborales. Países como Bangladesh, Filipinas, Camboya, Marruecos o El Salvador llevan décadas reclamando responsabilidad y debida diligencia por parte de gobiernos y de empresas que actúan fuera de sus fronteras con total impunidad. Este hecho económico, y estructura de poder, es algo que la política exterior feminista debería nombrar con más frecuencia y con más fuerza. 

Las feministas recordaron también la “deuda histórica” de financiación de las organizaciones y movimientos feministas y de mujeres. La activista feminista Solematou Balde lo resumió con una frase que debería figurar en cada propuesta de financiación sobre Política Exterior Feminista: “if feminist foreign policy is not funded, it’s not transformative, it’s branding” (una política exterior feminista sin recursos no transforma nada, es solo imagen).  

Mona Tajali, de WLUML, fue quizás quien incidió con mayor contundencia cuando revindicó que no es el momento de pedir derechos para las mujeres, sino poder feminista. Este poder significa que las mujeres también tienen que sentarse en la mesa de negociación, en la toma de decisiones, en definitiva, cambiar las reglas del juego para transformarlo de base.  

Por su parte, Lina Abou Habib, del Asfari Institute, cerró uno de los momentos más densos de la jornada con una afirmación que no solo provoca reflexión, sino que invita a la acción colectiva. «Misogyny is extractivist» (la misoginia funciona como el extractivismo) que toma recursos de nuestro trabajo, nuestros cuerpos, tiempos y conocimientos y no nos da nada a cambio.  

Enfoque sindical en una política exterior feminista 

Como instrumento de cooperación internacional de UGT, estuvimos presentes en este espacio colectivo, así como también seguimos con atención el desarrollo de la V Conferencia sobre PEF. Escuchábamos todas las intervenciones sabiendo que, detrás de las cifras, de los discursos, de los testimonios, existen conflictos laborales que conocemos bien. También que existen derechos sociales conquistados a pulso.  

Desde nuestra perspectiva sindical y feminista, las discusiones sobre Política Exterior muchas veces dejan de lado una cuestión central para el desarrollo. No porque no sea importante, sino que porque rara vez pasa de ser una intuición para mencionarse con la claridad que amerita. Esto es el papel de las mujeres que, siendo sujetos políticos, siguen ocupando mayoritariamente los sectores más precarizados de la economía global.  

El escenario nos sitúa al final de las prioridades y en una lucha permanente entre la explotación, profundamente imbricada con cuestiones de género, sexo, raza, etnia, procedencia, creencias, orientación sexual, y demás, y la reivindicación de nuestros derechos. Lucha que asumimos con nuestros cuerpos y, en muchos casos con nuestras vidas. 

Esto pone en evidencia una tensión que conocemos bien desde los entornos sindicales ya que las vivimos en el día a día. Es decir, la tensión latente entre el discurso sobre los derechos en abstracto, frente a las condiciones materiales concretas en las que viven y trabajan la mayoría de las mujeres en todo el mundo. Los sindicatos de clase la conocemos bien, y por ello seguimos pensando que el sustento de la política exterior feminista tiene que ser la coherencia con sus principios, y tiene que situar el trabajo como categoría política feminista central.  

No solo los cuidados como concepto, sino también la relación entre capital, trabajo y género. Las cadenas globales de valor que mencionó Shamah Bulangis no son solo un dato económico, sino que son el resultado de decisiones políticas que una PEF coherente debería desafiar. Y eso incluye los tratados comerciales, las condicionalidades de la deuda, y los modelos de desarrollo que esos mismos gobiernos contradicen cuando firman tratados comerciales que ignoran los derechos humanos y laborales. 

La coherencia de políticas que se exige a los gobiernos significa atender a los compromisos asumidos y las intenciones que los sustentan en materia de política exterior feminista. Significa no firmar tratados comerciales que reproducen la explotación, no velan por la debida diligencia o los principios rectores de empresas y derechos humanos.  

La paz, la deuda y las reglas internacionales como ejes transversales  

Durante el Foro, en numerosas ocasiones recordamos el aumento sin precedentes del gasto militar que se está experimentando en el mundo, a la vez que se recorta la Ayuda Oficial al Desarrollo. Por si esto fuera poco, el incremento de la deuda frente a la ayuda genuina condiciona también el impacto de la cooperación en un contexto en el que la arquitectura financiera global está diseñada precisamente para impedir el verdadero desarrollo. Un ejemplo concreto de esto, según los datos aportados por Aapta Garg, del ICRW, es el caso de Kenia. Este país africano pagó, solo en 2024, 130 millones de dólares en intereses de deuda, (¿cuánto?) más de lo que recibió de AOD ese mismo año.  

No se trata, pues, de una anomalía estadística, sino de una arquitectura funcionando al servicio de lo que fue diseñada. Arquitectura que, además, tiene género en tanto que destruye los servicios públicos de los que las mujeres dependen de forma desproporcionada, precariza los empleos feminizados, y hace imposible organizar sindicalmente a quienes trabajan en la informalidad.   

Una política exterior que se declara feminista y al mismo tiempo sostiene modelos comerciales que femininizan la precariedad, o condicionalidades de deuda que destruyen servicios públicos de los que las mujeres dependen de forma desproporcionada, no es coherente. Es contradictoria. Y los sindicatos de clase llevamos décadas señalando exactamente esa contradicción. 

La alegría como lema 

En el Foro de Sociedad Civil hubo también algo que pocas veces se nombra en este tipo de espacios: la alegría. No solo por el hecho de encontrarnos, sino por la celebración de tantas mujeres de todo el mundo que celebraban con júbilo cada intervención, cada reconocimiento, cada frase que daba nombre a algo que llevan y llevamos años sintiendo. Se trata de la alegría de sabernos parte de una lucha más grande y fundamental, la lucha por la justicia social global y el reconocernos la una en la voz de la otra. 

La Conferencia Ministerial comienza hoy. Las organizaciones de la civil ya hablaron claro y con datos, con propuestas y demandas concretas, con nombres propios, y con una alegría que no renuncia a la rabia y no pierde su fuerza. Ahora, toca a los gobiernos escuchar y demostrar que la política exterior feminista no es solo un decorado, sino una hoja de ruta para transformar el mundo.  

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Verónica Castañeda