Christian Gálvez: “Gracias al amor recuperé la fe en absolutamente todo” - Hello Valencia

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Con He Vencido al Mundo, Christian Gálvez regresa a la novela con una obra marcada por la espiritualidad, la reflexión y una profunda transformación personal. Tras años de trayectoria en televisión y una sólida carrera como divulgador y escritor de novela histórica, el autor afronta ahora uno de sus proyectos más íntimos, en el que confluyen la fe, la experiencia vital y una nueva mirada sobre el pasado.

Tras años siendo uno de los rostros más reconocibles de la televisión, ¿qué te ha llevado a volver a la literatura con una obra tan introspectiva como He vencido al mundo?

He vencido al mundo es mi libro número 11, al final de lo que se trata es de la necesidad de querer contar cosas, de aprender, de divulgar. Y creo que algo que une la literatura y la televisión es precisamente eso: entretener.

Has definido esta novela como una historia sobre el sacrificio. ¿Qué significa hoy para ti esa palabra, tanto a nivel personal como narrativo?

Creo que el sacrificio es una palabra de la que estamos poco versados, se nos enseña poco a entenderlo, igual que al fracaso. Pero cuando hablo de sacrificio y de fracaso, lo hago desde el punto de vista del aprendizaje. Nos tienen que enseñar a fracasar, y a fracasar cada vez un poquito mejor.

En cuanto al sacrificio, creo que hay que diferenciar entre aquello que nos obligan a sacrificar según qué cosas y lo que nosotros estamos dispuestos a sacrificar voluntariamente para la consecución de un propósito. Y eso forma parte de la vida en cualquier ámbito: en las relaciones personales, sociales, familiares o en el ámbito laboral. De hecho, cuando combino televisión y literatura, al final decido sacrificar otro tipo de cosas, porque el día tiene las horas que tiene.

La obra nace después de una crisis personal importante. ¿En qué momento sentiste que esa experiencia debía transformarse en literatura?

Esta novela en particular no, sino el inicio de mi cambio de paradigma. Mi cambio tiene que ver con esta novela, pero sobre todo con volver a recuperar la fe en absolutamente todo: la fe en el trabajo, la fe en la amistad, la fe en el amor, la fe en Dios, la fe en mí mismo.

Todo parte con Patricia. Después de conocer a Patricia, después de casarme con mi mujer, ella me lleva a Jerusalén. Y en mayo de 2023, estando allí, siento que quiero escribir sobre las raíces del cristianismo, sobre cómo surgió todo, pero desde el punto de vista del entretenimiento o desde el de la novela histórica.

En tus anteriores libros te acercabas a figuras como Leonardo da Vinci. ¿Qué ha supuesto para ti enfrentarte ahora a una figura tan universal y compleja como Jesús de Nazaret?

Bueno, es que me van los revolucionarios. Al final, desde que uno se acerca a la escritura con vocación de profesionalidad y con ganas de divulgar —también, ojo, desde la ficción—, me parece que es una figura de la que se ha hablado muchísimo.

Es verdad que no soy el protagonista de mis novelas, pero sí que es el eje fundamental de todo lo que les ocurre a los personajes que aparecen en los libros. Yo creo que cuando te acercas con respeto, con ilusión y, en mi caso, también con fe, no puede ir nada mal.

De todas formas, también es verdad que soy una persona a la que, como profesional, le han aplaudido y le han criticado a partes iguales: por trabajar en televisión, por hablar de Leonardo, por hablar de mi mujer, por hablar de todo. Entonces, ya venía entrenado. Pensé: “Bueno, pues ahora me toca hablar de Jesús de Nazaret y me van a aplaudir y a criticar a partes iguales”.

Entre críticas y aplausos, vienes de éxitos muy populares en televisión como Pasapalabra. ¿Cómo conviven en ti el ritmo mediático de la televisión y la pausa que exige la escritura?

Ahora estoy en Telemadrid y tiene un punto más frenético porque es en directo. Al final, los concursos son programas grabados. Ahora combino el directo, y eso sí que tiene un ritmo más intenso, pero también es verdad que son horas determinadas del día.

Y eso se compagina con la pausa de crear. Creo que, al final, todo forma parte del equilibrio. Y además, todo lo más bonito que tiene que ver con la familia hace que, al final, todo encaje perfectamente.

Después de más de veinte años en televisión, y con esta nueva etapa en Telemadrid, ¿cómo estás viviendo este momento tanto a nivel profesional como personal?

Pues muy bien, la verdad. Cuando terminé mi anterior etapa, necesitaba parar un poco para poder cuidar de mi hijo y disfrutar más de mi familia. Y de repente, meses después, mientras estaba en casa tranquilamente, escribiendo y cuidando del pequeño, me llegó la oportunidad de hacer un magacín, un programa en directo.

Y bueno, desde octubre, muy bien. Adaptándome a otro tipo de contenidos, a otro tipo de audiencias y también a otro tipo de exigencias.

Pero estoy muy cómodo, sobre todo porque es algo que, independientemente de que tenga más o menos repercusión, a mí me está formando, y eso me sirve muchísimo.

Voy con ilusión, con ganas, con todo el know-how y toda la experiencia que tengo dentro de la televisión, pero sigo aprendiendo, y creo que eso es lo más bonito que te puede pasar en el trabajo.

A lo largo de tu carrera has combinado divulgación, novela histórica y televisión. ¿Sientes que este libro marca un punto de inflexión en tu trayectoria como autor?

Creo que el punto de inflexión lo marcó justo el anterior libro. Ahora mismo todo está influenciado por la espiritualidad y por mi conversión. No es que reniegue de nada, ni mucho menos, pero ahora lo veo todo desde un punto de trascendencia diferente.

Además, el anterior libro —que, insisto, forma parte del mismo universo— fue el primero en el que no solo cambié el estilo y la época histórica sobre la que quería escribir, sino que también cambió mi situación personal. Estoy feliz, estoy completo, y creo que eso también se nota a la hora de escribir. No solo por esa felicidad, sino también por esa responsabilidad que tengo a la hora de pensar: “El día de mañana, cuando mi hijo lea esto, ¿qué pensará de mí? ¿Qué pensará de papá?”.

Y eso es brutal.

Has hablado abiertamente de la pérdida y recuperación de la fe. ¿Cómo fue ese proceso vital y creativo?

Bueno, empezó durante la pandemia, cuando me di cuenta de que no estaba haciendo lo que debía para la construcción de mi propósito. Y al final creo que acabé cayendo en un bache enorme, un bache súper oscuro, hasta que apareció la luz de mi vida, que es Patricia.

Ella me ayudó a salir de todo eso. Gracias a ella, gracias al amor —que al final no deja de ser la palabra más bonita del Nuevo Testamento— recuperé la fe en absolutamente todo.

Y ya te digo, el viaje a Tierra Santa fue clave. Creo que hace años habría continuado con el pudor o con la vergüenza de decir qué pienso o qué siento desde el punto de vista de la trascendencia, y ahora no.

Ahora me permito hablar de lo que me apetece, porque lo que me apetece no hace mal a absolutamente nadie. Es hablar del amor del ahora. No significa mandar mensajes subliminales a terceras personas del pasado, no. Es hablar del presente y también del mañana.

Y cuando hablo de la fe, exactamente igual. Creo que no tiene ninguna connotación negativa poder hablar de la fe, de qué hacemos aquí o para qué venimos. Entonces, creo que ahora tengo, lógicamente, más madurez, pero también más libertad a la hora de decidir cómo soy y cómo quiero ser.

La novela está construida desde tres miradas: María, Jesús y un centurión. ¿Por qué elegiste este enfoque coral y qué aporta cada voz al relato?

Bueno, todo parte de lo que nos aporta el Nuevo Testamento. Al final, escribir una novela consiste también en emocionar y en rellenar esos silencios que te encuentras en los Evangelios. No silencios con la intención de ocultar algo, sino porque hace dos mil años la escritura era de una manera muy determinada y estaba dirigida a un público muy concreto.

Pero a mí, sobre todo, me interesaba la mirada de quienes rodeaban a Jesús, la mirada de quienes lo perdieron absolutamente todo. Jesús siempre decía “alfa y omega”, y Pablo de Tarso decía: “Antes erais tinieblas, ahora sois hijos de la luz; vivid como hijos de la luz”. Entonces está la sombra, el personaje más odiado de la historia, que es Judas. Y está la luz y el camino desde la mujer más amada de la historia, que es María, la madre de Jesús.

Y luego aparece ese tercer punto de vista, que añade una pátina política, una pátina de duda, ese “sí, pero no”, que tiene que ver con el mundo de Roma y con el centurión.

Si tuvieras que quedarte con una idea o emoción que te gustaría que el lector se llevara al cerrar He vencido al mundo, ¿cuál sería?

Misericordia.

Porque creo que se trabaja poco el pedir perdón y se trabaja poco el perdonar. Y la misericordia en María es brutal. La misericordia no en Judas, sino para Judas, porque a veces hay mucho más de lo que nuestros ojos ven.

Y Jesús vino a traer amor y misericordia. Entonces, aunque la misericordia está dentro del amor, creo que, si tuviera que quedarme con una palabra para esta novela, sería esa: misericordia.

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Lucia Plaza