El feminismo que se respira hoy en las plazas no se gestiona desde los despachos de un ministerio ni se financia con subvenciones. Existe un tejido combativo, heredero directo de las históricas Mujeres Libres de 1936, que entiende que la emancipación de las mujeres no consiste en romper techos de cristal para que unas pocas manden, sino en destruir el edificio entero. Es el feminismo libertario, asambleario y de calle: una trinchera autónoma que vincula la demolición del patriarcado con la caída del capitalismo, el Estado y cualquier forma de jerarquía.
A diferencia de las corrientes institucionales, el feminismo libertario actual no pide reformas: se autogestiona. Sus herramientas no son las leyes ni los códigos punitivos, sino el apoyo mutuo, la acción directa y la asamblea horizontal como espacio de decisión colectiva. Es un movimiento que se ensucia las botas, que ocupa espacios abandonados para convertirlos en centros sociales y que politiza el malestar desde la cotidianidad del barrio.
A diferencia de las corrientes institucionales, el feminismo libertario actual no pide reformas: se autogestiona
Voces en los márgenes: Rabia, supervivencia y contracultura
Este feminismo de trinchera y asfalto se nutre de expresiones colectivas que escupen verdades incómodas y huyen del discurso amable y edulcorado de las redes sociales hegemónicas. En este panorama de militancia radical y visceral, las individualidades no buscan el aplauso institucional ni liderazgos absurdos, sino actuar como altavoces que agitan el avispero desde sus respectivas barricadas:
- Autodefensa y supervivencia del trauma: Militantes feministas y activistas, como la poetisa granadina Chloe María Valdivieso, que pone el cuerpo en el asfalto para hablar con crudeza de la ‘sobrevivencia’ como supervivientes de la violencia sexual y el sistema de prostitución. Su voz huye de la resiliencia condescendiente del Estado para conectar el abolicionismo radical y el antiespecismo con la necesidad de una autodefensa física y mental en la clase obrera.
- La demolición de la cultura oficial: Figuras, como la historiadora Eugenia Tenenbaum ,utilizan la divulgación no como un fin estético, sino para dinamitar la visión patriarcal del arte, demostrando cómo las estructuras culturales sostienen los privilegios de clase. En esa misma línea de confrontación en el espacio público, la labor de colectivizar el relato de las violencias machistas, que impulsa Cristina Fallarás, sirve para arrancar el dolor del ámbito privado y lanzarlo como un artefacto político a pie de calle.
- La memoria comunitaria y el antirracismo de base: El tejido libertario actual se cruza inevitablemente con las genealogías de resistencia del feminismo gitano, donde voces como las de Pastora Filigrana o Silvia Agüero recuerdan que el apoyo mutuo, las redes vecinales y la supervivencia frente al sistema-mundo no son conceptos académicos modernos, sino prácticas históricas de los márgenes que preceden a cualquier teoría.
- La música como munición del asfalto: La banda sonora de esta resistencia se encuentra en la rabia lírica de proyectos como Ira Rap o en el legado político y poético de Gata Cattana, donde el rap y la poesía andaluza se convierten en herramientas de autodefensa lírica, escupiendo verdades contra el capital, los desahucios y la sumisión.
- El anonimato de las barricadas de barrio: Más allá de los nombres propios, el verdadero motor del anarcofeminismo actual son las integrantes anónimas de las secciones sindicales, los colectivos autónomos y las redes de vivienda (como las de Madrid o los comités del 8M autónomo en Barcelona). Mujeres que detienen desahucios, organizan cajas de resistencia y sostienen el apoyo mutuo psicológico ante una precariedad que enferma.
El asamblearismo como respuesta al aislamiento
El éxito del capitalismo moderno radica en aislarnos; el del feminismo libertario, en encontrarnos. Frente a las dinámicas del algoritmo y el individualismo digital, la asamblea de calle propone sentarse en círculo, mirarse a los ojos y tomar decisiones sin líderes ni portavoces. Este enfoque asambleario entiende que la violencia machista, la precariedad laboral, la explotación animal y la crisis de la vivienda no son problemas aislados, sino síntomas del mismo sistema.
El éxito del capitalismo moderno radica en aislarnos; el del feminismo libertario, en encontrarnos.
El anarcofeminismo de calle no espera a que las instituciones ‘protejan’ a las mujeres. Entiende la autodefensa como un derecho inalienable y la solidaridad comunitaria como la única garantía real de seguridad. Mientras haya una comisaría que ignore una denuncia, un desahucio que deje a una madre en la calle o un mercado que consuma los cuerpos y las vidas de las más vulnerables, habrá un grupo de mujeres organizadas en la sombra dispuestos a quemarlo todo para construir algo nuevo. El feminismo de calle no es una teoría que se lee en la universidad; es una práctica que se vive cuando dejas de ser la muñeca del sistema, te calzas las botas y decides que tu ira es la mejor herramienta de transformación colectiva.