Eso se decía antes: «Cuando seas padre comerás dos huevos». Entiendo que el aforismo proviene de épocas de escasez y que pretendía expresar que el mejor alimento se reservaba para aquel que tenía mayor responsabilidad o de cuyo trabajo dependía el porvenir familiar. Por suerte, ni a mí me gustan los huevos, ni tengo más importancia que mi mujer, ni vivimos un momento de estrecheces. En lo único que concuerda la sentencia es en que se dice cuando tienes un hijo. Y eso ha pasado, efectivamente.
Hacienda somos todos menos algunos ministros, buscavidas y fontaneros, así que durante mi baja debo abstenerme de hacer nada que me genere ingresos, como mi habitual artículo de los jueves en El Norte de Castilla. Y pese a que este pequeño ser que nos acompaña día y noche ocupa el noventa y nueve por ciento de mi tiempo, duermo poco y mal. Eso quiere decir que mi inquietud me da una singular cualidad consistente en que cuanto más cansado estoy, menos puedo relajarme. Y como esto de escribir me lleva, al menos, a un estado de sosiego, se me ha ocurrido contar cada jueves algunas andanzas de esta nueva etapa de mi vida. Espero que me disculpen el afán de protagonismo, aunque teniendo en cuenta que Peláez me dice habitualmente que deje de pedir perdón, les diré que esto es lo que hay y que si pasean por esta tribuna, como siempre, voy a tener pildoritas para todos.
Hay momentos que quedan para la intimidad de una pareja, tres matronas, un anestesista, dos ginecólogas, una pediatra, dos auxiliares y alguien más que pasó por el paritario el día D y no recuerdo el cargo que tenía. Del resto, puedo hablar hasta que mi señora me cierre el grifo. Cosas interesantes que nos están sucediendo: el bebé come cada dos horas y pico. Curiosamente, también mancha pañales sin rumbo ni sentido con esa cadencia o menor. Para más inri, ambos hechos no coinciden, así que eso que explican los entendidos de «duerme con los tiempos del bebé» no es viable porque el bichito, en esos ciento cincuenta minutos, come, se duerme, se despierta, vuelve a comer, se hace pis, se duerme, se hace caca, se duerme, tiene gases, se alivia, duerme y despierta para la siguiente toma. Estás perdido. Asúmelo y el sufrimiento será menor. En mi caso estoy teniendo varios aliados: las finales de la NBA y el comienzo del mundial de fútbol. De ese modo, cuando a las dos y cuarenta y cinco de la mañana quieres darte de cabezazos contra el espejo del baño o, después de hacer con tu hijo todas las rutinas posibles, el capullo del pequeñín cierra los ojos y deja de llorar sólo si está en tus brazos, tienes la alternativa de ver otro asalto de los Knicks contra San Antonio o un apasionante Estados Unidos-Paraguay. Y si, por una concatenación de los astros, consigues que el niño caiga rendido en la cuna, te sirve de somnífero hasta la siguiente alarma del teléfono.
Mi hijo nació midiendo cincuenta centímetros y poco, aproximadamente como una barra de fuet y media. Pues ya se ha cepillado una lata de leche de fórmula. Sí, su madre no le da el pecho porque así lo decidimos y el respeto de todos los agentes involucrados en el asunto fue máximo. Y estamos muy agradecidos porque, con el estrés vivido y los antecedentes que llevábamos de mochila a esta aventura, lo último que necesitábamos era que algún entendido eligiera el momento de mayor inestabilidad para tratar de convencernos de las bondades (objetivas) de otros métodos de lactancia. Las conocemos y preferimos nuestra opción por varias razones que nos quedamos para nosotros. Fin.
Otra cosa graciosa es lo de la tetina del biberón. El nuestro se ha agarrado a la del hospital y no quiere otra. Es cierto que nació tres semanas antes de lo esperado y su poder de succión es muy leve, nada que ver con el de un Gabriel Rufián cualquiera. Así que, a pesar de tener cinco marcas y modelos diferentes de biberón en casa, con su agarre anatómico, su diseño ergonómico y su Dolby Surround, el cabrito sólo toma con la tetina de pichiglás del hospital. Humilde, que nos ha salido.
Las dos primeras semanas han tenido sus instantes de nervios, sus fotos graciosas y las habituales consultas en las que nos han insistido en que el niño está sano, perfecto y que es muy guapo. Me quedaré con los dos primeros diagnósticos, porque respecto a lo tercero, dicen que ha salido al padre. Así que como mucho podrá quedarse en resultoncillo, majo e interesante. No sé, iremos viendo la evolución.
Para esta primera entrega, creo que es suficiente. Señor Arcadi España: esto lo hago por la patilla, para entretener al personal y buscarme yo un ratillo de entrenamiento en lo del tecleo. No busque ingresos donde no los hay, que nos conocemos. La semana que viene volveremos a encontrarnos en estos lares, pero sin huevos. Una tortillita, como mucho.