Nos encanta la inteligencia artificial. No lo vamos a negar. Nos flipa.
Cada vez que sale un nuevo modelo, estamos ahí, como en el estreno de una superproducción de Marvel, deseando ver qué puede hacer, cómo lo podemos aplicar, qué atajos nos ofrece para hacerlo más rápido y ser más brillantes. Sin ir más lejos, ayer estábamos probando la consistencia de personajes con la funcionalidad Omni-Reference de la versión 7 de Midjourney. Y hoy, jugueteando con los motion controls de la plataforma Higgsfield.
Bienvenidos a la“mediocridad brillante”
La IA generativa ha democratizado la creatividad de forma masiva. Hoy cualquiera puede generar una imagen espectacular en segundos. Diseñar una identidad visual completa con solo describirla o producir un vídeo con voz en off y efectos al más puro estilo de Hollywood. Y esto es alucinante. Pero también peligroso.
Porque en este contexto cambiante donde todo parece estar “bien”, donde todo es aceptable y estéticamente correcto, nos estamos acercando peligrosamente al imperio de la “mediocridad brillante”. Todo se parece, todo se repite, todo funciona… pero nada emociona. Y eso, para los que nos dedicamos a la publicidad y a la creatividad, debería sonar como una alarma.
"Todo funciona... pero nada emociona."
No se trata de estar en contra de la IA, sino de no dejar de pensar
Claro que sí. La tecnología nos potencia, nos agiliza, nos permite explorar. Pero pensar sigue siendo un verbo irremplazable. La IA nos puede dar una ejecución impecable, pero no una visión. No detecta contradicciones culturales, ni se emociona con una idea absurda pero genial. No arriesga. No se enamora de una frase. No cambia el rumbo de una campaña por intuición.
Por eso necesitamos seguir pensando. Pensar para sorprender. Pensar para no conformarnos con un resultado simplemente correcto.
La creatividad no es solo cosa de creativos
El problema no es la inteligencia artificial. El problema somos nosotros si dejamos de usar la nuestra. Y aquí todos tenemos una parte de responsabilidad.
Nosotros, los creativos, por no conformarnos con soluciones rápidas que «funcionan», pero que no dicen nada.
Pero también las marcas. Las que encargan campañas, contratan servicios de diseño o producción, validan propuestas y marcan presupuestos. Las que nos pagan para pensar, no solo para ejecutar.
Porque en un entorno donde la ejecución está al alcance de cualquiera, la diferencia ya no estará en el cómo se ve, sino en el por qué importa.
La idea como resistencia
Como en todas las revoluciones tecnológicas, al final no se trata de elegir entre humano o máquina. Se trata de decidir qué papel queremos jugar. Podemos ser usuarios pasivos de prompts y filtros… o podemos seguir siendo creadores. Con IA, sí. Pero sin perder la cabeza. Ni el corazón.