Alcohol, bebidas energéticas y juventud: frente a nuevas contradicciones » Fad Juventud

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El alcohol sigue ocupando un lugar central en muchos espacios de ocio juvenil, pero algo está cambiando. Cada vez más adolescentes y jóvenes cuestionan su consumo, reducen la frecuencia con la que beben o directamente deciden no hacerlo. Sin embargo, esa transformación convive con una realidad menos visible: la presión social para beber continúa muy presente y las bebidas energéticas han encontrado su propio espacio en los hábitos cotidianos y festivos de una parte importante de la juventud.

Estas ideas se deducen de dos investigaciones complementarias impulsadas y recién publicadas por Fad Juventud. Por un lado, ¿Raro por qué? Discursos juveniles en torno al no consumo de alcohol [1], un estudio cualitativo realizado junto al Ayuntamiento de Madrid que recoge las experiencias y percepciones de jóvenes residentes en la capital. Por otro, Jóvenes entre bebidas energéticas y alcohólicas [2], un análisis de ámbito estatal financiada por la Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas que analiza los hábitos, motivaciones y riesgos asociados al consumo de alcohol y bebidas energéticas entre jóvenes de 15 a 29 años. Comparar ambas investigaciones supone asomarse a una realidad llena de contrastes: una generación que parece beber menos y cuestionar más determinados consumos, pero que sigue desenvolviéndose en entornos donde el alcohol continúa ocupando un papel protagonista.

Una generación que empieza a replantearse su relación con el alcohol

La imagen que emerge sobre la adolescencia y la juventud con respecto al alcohol y las bebidas energéticas está llena de matices: más conciencia sobre los riesgos, más interés por la salud, pero también importantes inercias sociales que siguen empujando hacia determinados consumos.

Uno de los datos más llamativos es que más de la mitad de quienes han consumido alcohol alguna vez asegura haber modificado su relación con esta sustancia. Un 35,6% afirma haber reducido su consumo y un 17,3% señala que ha dejado de beber. Son cifras que reflejan un cambio generacional significativo y que apuntan hacia una juventud más reflexiva respecto a sus hábitos de ocio y cuidado personal.

Sin embargo, sería un error interpretar estos datos como una desaparición del alcohol del universo juvenil. La realidad es más compleja. Seis de cada diez jóvenes entre 15 y 29 años continúan consumiendo bebidas alcohólicas de forma frecuente u ocasional. Además, el alcohol sigue funcionando como un potente elemento de socialización y un símbolo de integración grupal, especialmente en contextos festivos.

De hecho, las investigaciones apuntan a una convivencia de realidades muy distintas. Mientras una parte de la juventud mantiene consumos habituales, un 14,4% asegura no haber probado nunca el alcohol y el estudio cualitativo recuerda que casi seis de cada diez jóvenes no pueden considerarse consumidores habituales, al sumar quienes beben muy pocas veces al año, casi nunca, han dejado de beber o nunca han consumido alcohol.

Cuando no beber también supone enfrentarse a la presión social

Aquí es donde la investigación cualitativa realizada con jóvenes madrileños aporta una clave de enorme valor sociológico. Los grupos de discusión muestran que muchas personas jóvenes que no consumen alcohol sienten que deben justificar constantemente su decisión. No beber puede convertirles en una excepción dentro del grupo y obligarles a explicar algo que, en teoría, debería formar parte de la libertad individual.

Esta tensión entre el deseo de cuidar la salud y la necesidad de encajar socialmente constituye uno de los hallazgos más interesantes del análisis. De hecho, la investigación desarrollada por Fad Juventud en Madrid muestra que muchos y muchas jóvenes perciben que el alcohol sigue estando estrechamente vinculado a la idea de diversión. En determinados contextos, no consumir puede interpretarse como una falta de implicación en la fiesta o incluso como una dificultad para relacionarse.

Los datos estatales ayudan a entender mejor esta percepción. Cerca de cuatro de cada diez jóvenes reconocen haber consumido alcohol alguna vez sin que realmente les apeteciera, mientras que el 51,5% afirma haberse arrepentido de haber bebido al menos en alguna ocasión. La presión social, por tanto, no aparece únicamente en los discursos, sino también en las experiencias de consumo.

Al mismo tiempo, la investigación estatal evidencia que la salud ocupa un lugar cada vez más importante en las preocupaciones juveniles. La mayoría de adolescentes y jóvenes considera que mantiene estilos de vida saludables y muestra altos niveles de información sobre los efectos del alcohol y de las bebidas energéticas. Cerca del 70% considera que dispone de buena o muy buena información sobre el alcohol y un 62% opina lo mismo respecto a las bebidas energéticas. Además, médicos, psicólogos y otros profesionales sanitarios aparecen como las fuentes de información en las que más confían para conocer los riesgos de estos consumos.

Bebidas energéticas: el otro consumo que preocupa

Ahora bien, estar informado no siempre implica actuar en consecuencia. Esa contradicción es especialmente visible cuando se analizan las bebidas energéticas. La mitad de la población joven las consume con alguna frecuencia: un 17,2% lo hace de manera habitual y un 33,7% ocasionalmente. Su atractivo se relaciona con la capacidad percibida para mantenerse despierto, aumentar el rendimiento, estudiar más tiempo o afrontar jornadas intensas de trabajo y ocio.

La investigación revela además que estas bebidas ya no pertenecen exclusivamente al ámbito festivo. Forman parte de rutinas cotidianas asociadas a los estudios, el trabajo o incluso la conducción. Es decir, representan una lógica distinta a la del alcohol: mientras éste se vincula principalmente con la socialización y la desinhibición, las bebidas energéticas se asocian más al rendimiento, la productividad y la necesidad de “aguantar más”.

Sin embargo, tampoco están exentas de riesgos ni de preocupaciones. Entre quienes las consumen, son frecuentes problemas como alteraciones del sueño, nerviosismo, taquicardias, estrés o ansiedad. Los datos concretan que un 25% ha experimentado problemas para dormir, un 21% nerviosismo y un 20,6% taquicardias o arritmias tras consumirlas. Además, más de la mitad de quienes las han consumido reconoce haber reducido su consumo o haberlo abandonado por motivos relacionados con la salud.

De hecho, el 53,5% de la juventud asegura haber reducido o abandonado el consumo de bebidas energéticas, mientras que casi ocho de cada diez consideran totalmente dañino su consumo diario o casi diario.

Saber que algo es peligroso no siempre evita hacerlo

Pero quizá uno de los resultados más relevantes del estudio sea el relacionado con la combinación de alcohol y bebidas energéticas. Aunque tres de cada cuatro jóvenes consideran que esta mezcla resulta muy perjudicial para la salud, una parte significativa sigue practicándola. Concretamente, dos de cada diez consumidores de ambas sustancias afirman combinarla con bastante o mucha frecuencia.

¿Por qué se mantiene una práctica percibida como arriesgada? Los datos apuntan principalmente al sabor. Casi la mitad de quienes realizan esta mezcla asegura que les gusta más que otras combinaciones habituales, mientras que otros destacan que la bebida energética mejora el sabor del alcohol. También aparecen motivaciones relacionadas con prolongar la fiesta o mantenerse activos durante más tiempo. El 27,7% reconoce que la utiliza para aguantar más de fiesta y un 18,7% cree que potencia los efectos del alcohol.

Esta distancia entre percepción del riesgo y comportamiento real es uno de los fenómenos que resultan significativos en estas publicaciones sobre juventud. Conocer los riesgos no siempre basta para modificar determinadas conductas cuando entran en juego factores como la pertenencia al grupo, la diversión compartida o la construcción de la identidad juvenil.

Otro aspecto relevante es que los efectos negativos del alcohol no se limitan a las conocidas consecuencias físicas. El estudio estatal muestra que, entre quienes han experimentado problemas derivados de su consumo, los más habituales son haber gastado más dinero del previsto (20,1%), sufrir problemas de sueño (16,8%) o experimentar tristeza, apatía o falta de ánimo (15,5%). Además, más de la mitad reconoce haberse arrepentido alguna vez de haber consumido alcohol.

En este punto resulta especialmente interesante el contraste entre ambas investigaciones. Mientras el estudio cuantitativo nacional aporta datos sobre frecuencias, riesgos y tendencias, los discursos juveniles muestran que las razones para reducir o dejar el alcohol no siempre giran en torno a la salud. En muchos casos pesan más cuestiones relacionadas con evitar situaciones incómodas, perder el control, hacer el ridículo o sentirse mal al día siguiente.

El gran reto: transformar las normas sociales del ocio juvenil

Todo ello dibuja una juventud más diversa de lo que a menudo sugieren los estereotipos. No existe una única forma de relacionarse con el alcohol ni con las bebidas energéticas. Conviven quienes mantienen consumos frecuentes con quienes los reducen, quienes los abandonan y quienes nunca los han incorporado a sus estilos de vida.

Para Fad Juventud, estos resultados tienen una implicación clara: las estrategias de prevención deben ir más allá de transmitir información sobre riesgos. La investigación muestra que el entorno social, las expectativas del grupo, los modelos de ocio y las dinámicas de integración siguen desempeñando un papel fundamental en las decisiones de consumo.

Los resultados reflejan una situación aparentemente paradójica: mientras cerca del 70% de la juventud considera que está bien informada sobre los efectos del alcohol y más de la mitad ha reducido o abandonado el consumo de alcohol o bebidas energéticas, siguen existiendo importantes presiones sociales y contextos de ocio donde beber continúa percibiéndose como una conducta normalizada e incluso esperada.

La principal conclusión es que la juventud española parece avanzar hacia una relación más consciente y crítica con el alcohol. Pero el camino está lejos de completarse. La normalización del consumo sigue presente y nuevas prácticas, como la combinación con bebidas energéticas, plantean retos adicionales. Estas publicaciones permiten comprender mejor una realidad que está cambiando y que requiere análisis rigurosos, escucha activa y respuestas adaptadas a las experiencias reales de adolescentes y jóvenes.

BIBLIOGRAFÍA

[1] Megías, I. (2026). ¿Raro por qué? Discursos juveniles en torno al no consumo de alcohol. Madrid: Centro Reina Sofía, Fundación Fad Juventud. DOI: 10.5281/zenodo.18259432

[2] Ballesteros, J.C. (2026). Jóvenes entre bebidas energéticas y alcohólicas. Madrid: Centro Reina Sofía de Fundación Fad Juventud. DOI: 10.5281/zenodo.18771899

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Pilar Nicolás Rodríguez