José Antonio Rodríguez Piedrabuena: ¿Estamos a merced de nuestros hemisferios cerebrales? - PROA Comunicación

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Comprender el funcionamiento de nuestros hemisferios cerebrales puede ayudarnos a entender mejor cómo pensamos, sentimos y nos relacionamos con el mundo. Si realmente queremos avanzar en la educación del ser humano, resulta imprescindible tener en cuenta el modo en que ambos hemisferios participan en la construcción de nuestra realidad. Necesitamos que trabajen en armonía, porque solo así es posible integrar el pensamiento y la emoción, la lógica y la experiencia.

Aunque la genética desempeña un papel importante, el desarrollo del cerebro depende en gran medida del entorno, especialmente desde los últimos meses de gestación hasta la entrada en la adolescencia. Incluso puede afirmarse que su maduración no culmina completamente hasta aproximadamente los treinta años. Durante todo este proceso, las distintas estructuras cerebrales poseen enormes posibilidades de desarrollo, pero también pueden verse limitadas por bloqueos o frenos que condicionarán su funcionamiento posterior.

Los dos hemisferios cerebrales, izquierdo y derecho, trabajan de forma coordinada e intercambian información de manera constante. Sin embargo, el entrenamiento emocional, social, intelectual y cultural puede hacer que uno de ellos termine predominando sobre el otro. De ahí la enorme importancia de la educación, del ambiente familiar, de la alimentación, del ejercicio físico y del desarrollo cultural y humano durante los primeros años de vida. Todo ello contribuye a construir la imagen interna que cada persona desarrolla de sí misma y del mundo que la rodea.

Dos maneras distintas de comprender la realidad

Aunque ambos hemisferios colaboran entre sí, cada uno presenta características claramente diferenciadas.

El hemisferio derecho es, por lo general, más largo, más ancho y de mayor peso que el izquierdo. Se interesa especialmente por aquello que posee relevancia personal y corporal. Mantiene una percepción global del cuerpo y favorece que la persona cuide de sí misma, preserve hábitos saludables y construya proyectos vitales con sentido.

Por el contrario, el hemisferio izquierdo contempla el cuerpo como un conjunto de partes, casi como un objeto situado en el espacio. Cuando predomina esta forma de funcionamiento es frecuente que, con el paso de los años, se abandonen hábitos saludables con argumentos aparentemente razonables, como la falta de tiempo para hacer ejercicio. Con el hemisferio derecho, en cambio, el cuerpo no solo se observa: se vive.

Esta diferencia también aparece en la forma de percibir la realidad. El hemisferio izquierdo presta atención a los detalles y focaliza la información. El derecho, por su parte, integra esos detalles en un conjunto más amplio, percibiendo las relaciones entre los elementos y el contexto en el que se producen. Desde él comprendemos mejor a los grupos humanos como una unidad y no únicamente como una suma de individuos.

El hemisferio izquierdo posee una ventaja evidente: controla el lenguaje, la lógica y la argumentación. Esa capacidad puede llevar a la persona a confiar excesivamente en sus propios razonamientos hasta llegar a creer que dispone de toda la información necesaria para comprender la realidad.

El problema aparece cuando esa confianza se transforma en certeza absoluta. En lugar de buscar nuevos datos que permitan corregir o ampliar una idea, el individuo comienza a buscar únicamente aquello que confirme lo que ya piensa. Poco a poco puede convertirse en prisionero de una construcción mental rígida, donde la lógica deja de ser una herramienta para conocer la realidad y pasa a convertirse en un instrumento para justificar cualquier comportamiento.

Es entonces cuando aparecen la intolerancia, la inflexibilidad y la dificultad para asumir responsabilidades. Incluso acciones claramente reprobables pueden encontrar una justificación aparentemente lógica. La empatía disminuye y las propias convicciones terminan legitimando conductas que, observadas desde otra perspectiva, resultarían inaceptables.

Desde esta posición resulta también más difícil confiar en los demás. El hemisferio izquierdo puede mostrarse especialmente proclive a interpretar la realidad desde la sospecha o la desconfianza. Asimismo, suele resistirse a la autocrítica, a rectificar y a aceptar ayuda terapéutica. Cuando no dispone de conocimientos suficientes para explicar una situación, puede incluso construir explicaciones que llenen esos vacíos, convencido de que representan la verdad.

Cuando esta forma de funcionamiento adquiere demasiado protagonismo, la realidad comienza a percibirse de forma plana, fragmentada y separada. Las personas pueden llegar a sentirse excesivamente seguras de conocimientos que en realidad son parciales, sobreestimando su capacidad para comprender situaciones complejas y negando sus propias limitaciones.

El hemisferio derecho sigue un camino muy distinto. Es el primero en detectar la novedad, la sorpresa y aquello que rompe nuestros esquemas habituales. Más tarde, el hemisferio izquierdo organizará esa información, la clasificará y le dará estructura.

Además, el hemisferio derecho posee una visión más global y relacional de la realidad. Percibe mejor la singularidad de cada persona y las conexiones existentes entre los acontecimientos. Favorece una actitud más empática, cooperativa y compasiva, donde el interés por comprender suele prevalecer sobre el deseo de competir.

También la narrativa encuentra aquí su espacio natural. Mientras el hemisferio izquierdo tiende a separar los hechos en episodios aislados, el derecho es capaz de integrarlos dentro de una historia con significado, respetando el contexto en el que ocurrieron.

Paradójicamente, este hemisferio suele mostrarse más prudente respecto a sus propias capacidades. Ve más aspectos de la realidad, pero duda con mayor facilidad de sus conclusiones. Además, al no controlar el lenguaje de la misma manera que el hemisferio izquierdo, muchas veces carece de la «voz» necesaria para imponerse en nuestras decisiones.

Diversas investigaciones han relacionado determinadas alteraciones del hemisferio derecho con déficits importantes en funciones como la vigilancia, la atención sostenida o determinadas formas de empatía. En el caso de la psicopatía, por ejemplo, algunos estudios apuntan a la disfunción de regiones del córtex frontal derecho relacionadas con la empatía hacia los demás.

Estos conocimientos proceden, en gran medida, del estudio de lesiones y traumatismos cerebrales, que permiten comprender mejor la función de cada región del cerebro.

Sin embargo, el verdadero objetivo no consiste en potenciar un hemisferio frente al otro, sino en favorecer su funcionamiento conjunto. La terapia psicológica, cuando está sólidamente fundamentada, puede contribuir a integrar las experiencias emocionales del pasado con las del presente, facilitando un funcionamiento más equilibrado entre ambas formas de procesar la realidad.

Pensar y sentir no deberían competir entre sí. La inteligencia humana alcanza su mayor potencial cuando la precisión analítica del hemisferio izquierdo y la comprensión global, emocional y empática del hemisferio derecho trabajan de manera coordinada. Solo desde ese equilibrio es posible comprender mejor a los demás, comprendernos a nosotros mismos y construir una forma más humana de vivir.

Dr. José Antonio Rodríguez Piedrabuena

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