Durante años, a muchas personas con cáncer se les aconsejó reducir la actividad y descansar. La evidencia ha cambiado ese enfoque: el ejercicio adaptado puede ayudar a controlar la fatiga, preservar la capacidad física y mejorar la calidad de vida durante y después del tratamiento. El desafío ahora es integrarlo con seguridad en la atención oncológica.
El cambio empieza por dejar atrás el reposo sistemático
El cáncer y sus tratamientos pueden producir cansancio, pérdida de fuerza, reducción de la capacidad cardiorrespiratoria y dificultades para mantener las actividades cotidianas. Durante mucho tiempo, estos efectos llevaron a recomendar reposo de manera casi automática. La intención era proteger al paciente, pero la inactividad prolongada también puede acelerar el deterioro funcional.
El conocimiento acumulado durante las últimas décadas ha modificado esta mirada. El ejercicio ya no se considera únicamente un hábito saludable para después del tratamiento. Cuando está adaptado a la situación clínica, puede formar parte de los cuidados desde el diagnóstico, durante la terapia y en la supervivencia.
Este cambio no significa que todas las personas deban entrenar de la misma manera ni que el ejercicio pueda sustituir a la cirugía, la radioterapia, la quimioterapia, la inmunoterapia o cualquier otro tratamiento antineoplásico. Significa que mantenerse activo y realizar ejercicio planificado puede ayudar a reducir algunos efectos adversos, conservar la función y afrontar mejor el proceso asistencial.
La guía de la American Society of Clinical Oncology sobre ejercicio durante el tratamiento recomienda que los profesionales aconsejen ejercicio aeróbico y de fuerza a los adultos que reciben tratamiento activo con intención curativa. La evidencia revisada muestra beneficios sobre la fatiga, la capacidad cardiorrespiratoria, la fuerza, la función física y distintos resultados comunicados por los propios pacientes.
La actualización publicada en 2024 por ASCO y la Society for Integrative Oncology mantiene el ejercicio entre las intervenciones recomendadas para reducir la fatiga relacionada con el cáncer, tanto durante como después del tratamiento. La recomendación incorpora una condición fundamental: el programa debe adaptarse a las capacidades, preferencias y circunstancias clínicas de cada persona.
Una intervención de apoyo con beneficios concretos
El ejercicio oncológico no persigue convertir al paciente en deportista. Su objetivo es proteger o recuperar capacidades importantes para su autonomía y bienestar.
Los resultados más consistentes se observan en:
- Reducción de la fatiga relacionada con el cáncer.
- Mantenimiento o mejora de la fuerza muscular.
- Conservación de la capacidad cardiorrespiratoria.
- Mejora de la función física.
- Reducción de síntomas de ansiedad y depresión en algunos pacientes.
- Mejora de la calidad de vida.
- Mayor capacidad para realizar actividades cotidianas.
La fatiga merece una atención especial. No es simplemente sentirse cansado después de un esfuerzo. Puede aparecer incluso después de descansar, afectar a la concentración y limitar la vida familiar, social y laboral. El National Cancer Institute señala que más del 80 % de las personas que reciben quimioterapia o radioterapia experimentan fatiga.
La guía ASCO-SIO de 2024 se apoya en una revisión de 113 ensayos clínicos aleatorizados sobre la fatiga relacionada con el cáncer. Entre las intervenciones con resultados favorables durante y después del tratamiento se encuentra el ejercicio, junto con otras estrategias como la terapia cognitivo-conductual y los programas basados en mindfulness.
Sin embargo, es importante diferenciar los beneficios demostrados de las hipótesis todavía abiertas. La evidencia permite afirmar que el ejercicio ayuda a controlar síntomas y preservar la función. No permite asegurar de forma general que evite una recaída, prolongue la supervivencia o mejore el control del tumor en todas las personas y tipos de cáncer.
80 %+
Fatiga durante el tratamiento
El NCI indica que más del 80 % de quienes reciben quimioterapia o radioterapia experimentan fatiga.
113
Ensayos revisados
La actualización ASCO-SIO de 2024 revisó 113 ensayos clínicos sobre fatiga relacionada con el cáncer.
42
Revisiones sobre ejercicio
La guía de ASCO de 2022 incorporó 42 revisiones sistemáticas específicas sobre ejercicio.
En algunos entornos todavía se sigue fragilizando al paciente oncológico, recomendándole que no haga nada, que descanse.
Dra. Soraya Casla, especialista en ejercicio físico oncológico
Antes, durante y después del tratamiento
La utilidad del ejercicio cambia a lo largo del proceso oncológico. También cambian las posibilidades y necesidades de cada paciente.
Antes del tratamiento
Cuando existe tiempo suficiente antes de una cirugía o de otra intervención, el ejercicio puede contribuir a mejorar la capacidad física con la que el paciente llega al tratamiento. Este enfoque, integrado en programas de prehabilitación, busca aumentar la reserva funcional y preparar al organismo para el esfuerzo que supondrá la intervención.
La guía de ASCO señala que el ejercicio preoperatorio puede reducir la duración de la hospitalización y las complicaciones posoperatorias en determinados pacientes que van a someterse a cirugía por cáncer de pulmón. La evidencia no es idéntica para todos los tumores ni procedimientos, pero ilustra el valor que puede tener una preparación física planificada.
Durante el tratamiento
Durante la quimioterapia, la radioterapia o las terapias sistémicas, el objetivo suele ser evitar el deterioro y ayudar a controlar efectos como la fatiga, la pérdida de fuerza y la disminución de la función física.
La intensidad puede variar de una semana a otra e incluso de un día a otro. La aparición de fiebre, infección, dolor no controlado, anemia sintomática, alteraciones cardiovasculares, problemas óseos, neuropatía o complicaciones derivadas del tratamiento puede obligar a modificar o suspender temporalmente el programa.
La recomendación general de mantenerse activo necesita, por tanto, una valoración individual. El diagnóstico, el tratamiento, las comorbilidades, la edad, el estado funcional y las preferencias del paciente deben formar parte de la decisión.
Después del tratamiento
Finalizar el tratamiento no siempre significa recuperar inmediatamente la situación previa. La fatiga, la pérdida de masa muscular, el linfedema, las dificultades emocionales o la disminución de la capacidad física pueden mantenerse durante meses o años.
En esta etapa, el ejercicio puede ayudar a reconstruir autonomía, confianza y participación social. También puede contribuir al control de otros problemas de salud, como la obesidad, la hipertensión, la diabetes o la enfermedad cardiovascular, que no desaparecen por el hecho de haber superado un cáncer.
La declaración internacional de consenso sobre ejercicio en supervivientes de cáncer concluyó que el entrenamiento es generalmente seguro y que las personas supervivientes deberían evitar la inactividad. También encontró evidencia suficiente para prescribir programas específicos destinados a mejorar la fatiga, la ansiedad, los síntomas depresivos, la función física y la calidad de vida.
No existe una receta idéntica para todos
Hablar de ejercicio oncológico exige ir más allá del consejo genérico de “caminar un poco”. Caminar puede ser un buen comienzo, pero no siempre responde a todas las necesidades. La fuerza, el equilibrio, la movilidad y la capacidad cardiorrespiratoria pueden requerir intervenciones distintas.
La prescripción debe considerar:
- Tipo y estadio del cáncer.
- Tratamientos recibidos o en curso.
- Situación cardiovascular y respiratoria.
- Estado nutricional y masa muscular.
- Dolor, fatiga y limitaciones funcionales.
- Riesgo de caídas.
- Cirugías recientes.
- Afectación ósea o presencia de metástasis.
- Neuropatías y alteraciones del equilibrio.
- Linfedema o riesgo de desarrollarlo.
- Preferencias, experiencia previa y posibilidades reales del paciente.
Víctor Cuadrado, especialista en ejercicio físico aplicado al paciente oncológico, resume esta necesidad al señalar que el ejercicio “requiere de conocimiento para prescribir la dosis adecuada”.
El punto de partida no tiene que ser ambicioso. En pacientes muy desacondicionados, reducir el tiempo sedentario, levantarse con más frecuencia o recuperar pequeños desplazamientos puede representar un progreso. En otros será posible combinar entrenamiento aeróbico y de fuerza con mayor intensidad.
Lo importante es evitar dos extremos: asumir que el cáncer obliga siempre al reposo o recomendar un programa estándar sin valorar riesgos y capacidades.
El obstáculo ya no es solo demostrar que funciona
La distancia entre la evidencia y la práctica clínica continúa siendo considerable. Muchos pacientes no reciben orientación específica. Algunos reciben únicamente el consejo de mantenerse activos, sin saber qué hacer, con qué intensidad o a quién acudir.
También existen barreras dentro del sistema:
- Falta de tiempo en las consultas.
- Formación insuficiente para recomendar o derivar.
- Pocos circuitos asistenciales definidos.
- Acceso desigual a programas supervisados.
- Coste y disponibilidad geográfica.
- Dificultades de coordinación entre profesionales.
- Miedo del paciente y de su familia.
- Persistencia de una cultura excesivamente protectora.
Una recomendación breve del oncólogo o del profesional de referencia puede tener un efecto importante, pero necesita ir acompañada de recursos accesibles. Algunas personas podrán entrenar de manera autónoma después de recibir orientación. Otras necesitarán supervisión especializada, especialmente cuando presentan fragilidad, enfermedad avanzada, secuelas importantes o riesgo de complicaciones.
Una responsabilidad compartida
Integrar el ejercicio en la atención oncológica requiere establecer quién detecta la necesidad, quién valora al paciente, quién prescribe o recomienda, quién supervisa y quién realiza el seguimiento.
El oncólogo desempeña un papel central porque conoce el diagnóstico, el tratamiento y sus posibles complicaciones. Atención Primaria puede contribuir al seguimiento de comorbilidades y a mantener la actividad a largo plazo. Enfermería detecta síntomas, barreras y cambios en la situación del paciente. Fisioterapia interviene en la prevención y recuperación de limitaciones funcionales. Los profesionales especializados en ejercicio diseñan y supervisan programas adaptados.
En determinadas situaciones también resulta necesaria la participación de rehabilitación, cardiología, nutrición, psicooncología y trabajo social.
María José Echarri explica que en su entorno asistencial el ejercicio se prescribe y se integra con profesionales especializados. Su conclusión es directa: “el ejercicio es una parte más del tratamiento”.
Esta formulación debe entenderse correctamente. El ejercicio es una intervención de apoyo integrada en la atención, no un sustituto del tratamiento contra el tumor.
La fuerza y la función también importan
Una parte importante del debate se ha centrado tradicionalmente en el ejercicio aeróbico. Sin embargo, el trabajo de fuerza tiene un papel relevante para preservar masa muscular, función física y autonomía.
La pérdida de fuerza puede afectar a acciones tan básicas como levantarse de una silla, subir escaleras, hacer la compra o desplazarse hasta el hospital. Recuperar estas capacidades no es un objetivo deportivo: influye directamente en la independencia y en la vida cotidiana.
Cristina Sánchez ha defendido la incorporación del ejercicio en los protocolos oncológicos y destaca la importancia de proteger la masa muscular durante la enfermedad y los tratamientos.
La fisioterapia temprana también puede resultar especialmente relevante para prevenir, detectar y tratar determinadas secuelas. Karol Ramírez-Parada describe el papel continuado de fisioterapia y kinesiología desde la preparación inicial hasta la recuperación, con especial atención al riesgo de linfedema y sarcopenia.
Del consejo general a una vía asistencial
Normalizar el ejercicio en oncología requiere algo más que campañas de sensibilización. El cambio será real cuando el paciente encuentre una vía clara:
- El equipo sanitario pregunta por actividad física, función y limitaciones.
- Se identifican riesgos y necesidades.
- El paciente recibe una recomendación comprensible.
- Se deriva cuando necesita valoración o supervisión especializada.
- El programa se adapta al tratamiento y a la evolución.
- Los resultados y efectos adversos se revisan.
- La actividad se mantiene después del tratamiento.
Este recorrido evita que toda la responsabilidad recaiga sobre el paciente. También reduce el riesgo de que busque soluciones sin evidencia o programas que no contemplen su situación clínica.
Convertir la evidencia en una opción real
La discusión sobre ejercicio y cáncer ha avanzado. La pregunta ya no es únicamente si puede aportar beneficios, sino cómo conseguir que esos beneficios estén disponibles para personas con diagnósticos, tratamientos y circunstancias muy diferentes.
La respuesta exige formación profesional, circuitos de derivación, programas accesibles y coordinación. También exige escuchar al paciente. Un plan perfecto sobre el papel sirve de poco si no encaja con sus síntomas, horarios, recursos, preferencias o entorno familiar.
El éxito no debe medirse solamente por minutos de ejercicio. También importa que la persona pueda mantener su autonomía, tolerar mejor las actividades cotidianas, recuperar confianza y participar en decisiones sobre su cuidado.
El ejercicio adaptado representa una oportunidad para ampliar la mirada sobre el tratamiento oncológico. No combate directamente el tumor ni sustituye a las terapias médicas. Ayuda a cuidar a la persona que atraviesa la enfermedad.
Fuentes clínicas consultadas
- Exercise, Diet, and Weight Management During Cancer Treatment: ASCO Guideline.
- Management of Fatigue in Adult Survivors of Cancer: ASCO-SIO Guideline Update.
- Exercise Guidelines for Cancer Survivors: International Multidisciplinary Roundtable.
- Physical Activity and Cancer Fact Sheet, National Cancer Institute.
- Cancer Fatigue, National Cancer Institute.
Formación oncológica
Profundiza en la evidencia y aprende a integrar ejercicio, nutrición, fisioterapia y comunicación en la atención del paciente con cáncer.