Esta semana se han publicado los resultados de PISA 2025 y han vuelto a encenderse las alarmas sobre la educación. Los datos merecen atención, pero no quiero utilizarlos como la gran referencia para determinar si los jóvenes saben pensar. Una prueba puede evaluar la comprensión de un texto, la resolución de un problema o la capacidad para distinguir hechos de opiniones. Difícilmente puede mostrarnos por completo si una persona se cuestiona, relaciona lo aprendido con otros ámbitos, revisa una conclusión o es capaz de formular una pregunta que nadie le ha enseñado.
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PISA 2025: qué dicen realmente los resultados publicados en 2026
La OCDE evaluó a más de 760.000 estudiantes de 15 años en 91 países y economías. España ha obtenido sus resultados más bajos en lectura, matemáticas y ciencias, con una caída especialmente pronunciada en lectura. El descenso también se observa en otros países de la OCDE, cuyo promedio se sitúa en sus niveles más bajos desde que existen registros comparables. Los resultados de PISA 2025 fueron publicados el 8 de septiembre de 2026.
PISA mide competencias importantes. Sin embargo, cualquier prueba estandarizada observa una parte del pensamiento dentro de unas condiciones determinadas. Muchos exámenes evalúan especialmente nuestra capacidad para recordar una información, seguir unos pasos y llegar a la respuesta esperada. Estas habilidades son necesarias, pero conocer un procedimiento no garantiza que hayamos comprendido lo que hacemos. Podemos aprender a responder correctamente y quedarnos sin recursos cuando cambia el orden, la pregunta se formula de otra manera o aparece una situación distinta de la practicada.
Los resultados de PISA me han traído un recuerdo de mi infancia. Cuando mi padre me ayudaba a estudiar y me hacía una pregunta diferente de la que yo esperaba, me ponía muy nerviosa. Le respondía: “Así no se pregunta. La profesora ha dicho que tiene que ser así. Solo me lo sé si me lo preguntas en este orden”.
Yo había estudiado y podía reproducir la respuesta, pero necesitaba que la pregunta siguiera exactamente el camino aprendido. Si mi padre cambiaba una palabra o alteraba la secuencia, sentía que ya no sabía responder. En ese momento no podía verlo, pero hoy entiendo que había aprendido la forma sin haber integrado todavía el sentido.
Este recuerdo contiene una parte importante de la reflexión que quiero plantear. Podemos obtener buenos resultados siguiendo una secuencia y, al mismo tiempo, tener dificultades para utilizar lo aprendido fuera de ella. También podemos fallar en una prueba y poseer capacidades que ese examen no alcanza a observar. Por eso, en lugar de convertir PISA en el diagnóstico de una generación, sus resultados pueden conducirnos hacia una pregunta más amplia: ¿cómo estamos aprendiendo a pensar?
Me interesa saber si la educación permite recordar y ejecutar, pero también si enseña a comprender, relacionar, dudar, cambiar de perspectiva y explicar por qué hemos llegado a una conclusión. Estas capacidades serán todavía más importantes en un contexto en el que una herramienta puede producir una respuesta correcta, ordenada y convincente en pocos segundos.
Los jóvenes ya utilizan Inteligencia Artificial y seguirán haciéndolo. Prohibirla no resolverá el problema y aceptarla sin criterio tampoco. Tendremos que diseñar actividades en las que su uso obligue a comparar respuestas, comprobar fuentes, detectar omisiones, separar hechos de inferencias y explicar qué ha cambiado desde una primera propuesta hasta el resultado final. También tendremos que preguntar qué parte del trabajo todavía no se comprende.
Obtener una respuesta y comprenderla son actividades diferentes.
Por qué todo suena igual en redes sociales (y qué tiene que ver la IA)
No sé si te pasa lo mismo que a mí, pero últimamente tengo la sensación de que muchas publicaciones se parecen demasiado. Cambian la cuenta, la imagen y el tema, pero permanece el mismo tono. Encuentro muchos “a veces”, muchos “no es esto, es lo otro” y muchas afirmaciones sobre lo que sentimos, lo que necesitamos o la explicación profunda de lo que nos ocurre.
Una publicación sobre el sistema nervioso, una reflexión terapéutica, el texto de una marca y el relato de una película pueden terminar pareciendo escritos por la misma persona. La estructura también se repite: se presenta una experiencia cotidiana, se niega la interpretación más evidente, aparece una explicación supuestamente más profunda, se añade vocabulario emocional o neurobiológico y se cierra con una frase que invita a identificarse, guardar la publicación o escribir por privado.
¿Significa esto que todos esos textos se han generado con inteligencia artificial? No podemos saberlo únicamente por su estilo. Los detectores ofrecen estimaciones, pero producen falsos positivos y falsos negativos. Una evaluación de seis herramientas encontró una precisión global del 39,5 %, que descendía al 17,4 % cuando los textos habían sido modificados. Sus autores concluyeron que estos detectores no debían utilizarse por sí solos para determinar una infracción académica. El estudio se publicó en 2024 en International Journal for Educational Integrity. Otra investigación encontró resultados muy bajos cuando los detectores se enfrentaban a textos de modelos y ámbitos diferentes de los utilizados durante su desarrollo. Tufts, Zhao y Li, 2025.
Yo misma he probado detectores con documentos cuyo origen conocía y he comprobado que algunos textos generados con IA no eran identificados. Mi experiencia no permite evaluar científicamente estas herramientas, pero coincide con una limitación conocida: el resultado de un detector es un indicio estadístico, no una prueba de autoría.
Tampoco quiero convertir este artículo en una acusación hacia personas o cuentas concretas. Un texto puede haber sido escrito enteramente por una persona y reproducir los mismos patrones. La pregunta que me interesa es otra: ¿hay un pensamiento o una reflexión detrás de lo publicado?
¿La persona puede explicar y defender lo que afirma? ¿Distingue una observación de una atribución causal? ¿Ha considerado otras variables? ¿Podría reconocer en qué circunstancias su explicación no sería válida? ¿El texto aporta conocimiento o se limita a producir identificación?
La inteligencia artificial influye en esta homogeneización, pero probablemente también estamos aprendiendo a escribir como ella. Hemos incorporado sus estructuras porque son rápidas, reconocibles y funcionan bien en redes.
La apariencia de profundidad: cuando el lenguaje terapéutico no dice nada
Durante los últimos meses he ido guardando publicaciones de sectores muy distintos. Me interesa la repetición de algunas fórmulas que parecen reflexivas, terapéuticas o científicas y que, al examinarlas, aportan muy poca información. He denominado a este efecto profundidad prefabricada, pero puedes ponerle el nombre que tu consideres.
La frase que no dice nada: “A veces…”
“A veces no necesitas descansar. A veces solo necesitas volver a ti”.
La expresión parece introducir un matiz, pero evita concretar. ¿Cuándo ocurre? ¿En qué personas? ¿En qué condiciones? ¿Qué significa “volver a una misma” y cómo se distingue esa necesidad de la necesidad real de descanso?
La frase queda protegida frente a cualquier objeción porque no realiza una afirmación suficientemente precisa como para poder examinarla.
La falsa revelación: “no es esto, es lo otro”
“No te falta fuerza de voluntad. Hay una parte de ti que todavía no puede mantener el cambio”.
Esta estructura promete una revelación. Primero invalida una explicación conocida y después ofrece otra que parece más profunda. Con frecuencia construye una falsa oposición. En la dificultad para mantener un cambio pueden intervenir simultáneamente la voluntad, los hábitos, el aprendizaje, la salud, la historia personal, los recursos disponibles y las condiciones de vida.
Una explicación emocional puede ser pertinente. El problema aparece cuando se presenta como la causa sin haber investigado las demás variables.
El mito del “sistema nervioso agotado”
Esta es una de las afirmaciones que más me preocupa cuando la publica un profesional. ¿Qué significa exactamente que un sistema nervioso esté agotado? No es una categoría clínica ni explica por sí misma ningún mecanismo.
El sistema nervioso autónomo regula funciones involuntarias mediante sus divisiones simpática, parasimpática y entérica. Interviene en la frecuencia cardiaca, la respiración, la digestión y otras respuestas fisiológicas. Su funcionamiento es bastante más complejo que la oposición divulgativa entre “activación” y “descanso”.
Podemos hablar de estrés mantenido, fatiga, activación autonómica, carga alostática o dificultades para responder ante determinadas situaciones, pero cada concepto necesita ser definido y evaluado. Las experiencias vitales influyen en nuestra forma de reaccionar, aunque no todas las dificultades se explican por un trauma. También intervienen la salud, el descanso, el entorno, la cultura, los vínculos, el aprendizaje y los recursos disponibles.
Decir “no eres vaga, tu sistema nervioso está en modo supervivencia” convierte una metáfora en una afirmación aparentemente clínica y atribuye una causa sin haberla investigado. Quien lee puede reconocerse en la publicación, concluir que ya sabe qué le ocurre y decidir contratar un servicio o reinterpretar su historia desde esa explicación. La identificación no demuestra que la explicación sea cierta.
Este fenómeno no ha comenzado con el sistema nervioso. Durante un tiempo, gran parte de las dificultades en las relaciones parecían poder explicarse mediante “tu estilo de apego”. Después llegaron las famosas red flags. Todo podía convertirse en una señal de alarma: una respuesta tardía, una diferencia de criterio, una forma distinta de vincularse o una conducta que nos incomodaba. Aprendimos a identificar indicios antes de aprender a comprender el contexto, distinguir un hecho aislado de un patrón o conversar sobre aquello que estaba ocurriendo.
Más tarde, las redes se llenaron de contenidos sobre el narcisismo. Cualquier comportamiento egoísta, una discrepancia, una relación dolorosa o una forma deficiente de comunicarse podían convertirse rápidamente en pruebas de que estábamos ante una persona narcisista. Nos convertimos en supuestos expertos en detectar un trastorno complejo a partir de unas pocas frases, una lista de señales o escenas relatadas desde una única perspectiva.
Ahora parece haber llegado el turno del “sistema nervioso agotado”. Cambian las palabras, pero se mantiene el recorrido: un concepto procedente de la psicología, la neurobiología o un modelo terapéutico se simplifica, empieza a circular como explicación general y termina convertido en una categoría desde la que interpretar cualquier experiencia.
Al popularizar estos conceptos, también borramos distinciones necesarias: una conducta que nos incomoda no siempre es una señal de peligro; tener un comportamiento egocéntrico no equivale a presentar un trastorno narcisista de la personalidad; identificar una pauta relacional no permite explicar toda una relación; haber vivido una experiencia difícil no confirma por sí solo la existencia de un trauma; sentirse cansado, desbordado o en alerta tampoco significa que el sistema nervioso esté “agotado”.
El patrón es el mismo: Primero reconocemos una frase y después buscamos ejemplos que la confirmen. Finalmente, dejamos de preguntar qué más podría estar ocurriendo. Así podemos obviar la historia concreta de la persona, sus condiciones de vida, su salud, sus relaciones, los recursos de los que dispone e incluso la posibilidad de que una conducta tenga explicaciones distintas en momentos diferentes. También dejamos fuera una pregunta fundamental: ¿qué información necesitaríamos para afirmar esto con responsabilidad?
La divulgación que pretendía ayudarnos a comprender termina ofreciéndonos etiquetas rápidas para clasificar experiencias, relaciones y personas. Además, el vocabulario científico concede a estas publicaciones una autoridad que rara vez se corresponde con la explicación ofrecida. La frase resulta convincente porque se parece a una explicación, aunque todavía no haya definido qué ocurre, por qué ocurre ni qué otras causas deberían valorarse.
Los conceptos clínicos pueden divulgarse y las metáforas pueden ayudarnos a comprender experiencias complejas. Cuando un profesional utiliza ese lenguaje, necesita aclarar qué está describiendo, qué límites tiene su afirmación y qué otras variables deben considerarse. De lo contrario, una hipótesis acaba presentándose como diagnóstico y una frase que genera identificación ocupa el lugar de la investigación que todavía no se ha realizado.
“Hay una parte de ti que…”: la terapia de partes banalizada
El trabajo con partes internas pertenece a modelos terapéuticos serios y necesita un encuadre que permita comprender qué significa hablar de una “parte”. El término puede ayudarnos a identificar posiciones internas, necesidades, temores, impulsos o formas de respuesta que entran en conflicto. Nombrarlas facilita observarlas y establecer un diálogo con experiencias que, de otro modo, pueden resultar difíciles de reconocer.
El problema emerge cuando este recurso se convierte en una explicación automática: una parte quiere avanzar, otra tiene miedo, otra intenta protegerte y otra todavía no está preparada. La fórmula sirve para interpretar prácticamente cualquier conducta y, precisamente por eso, puede impedir que investiguemos qué está ocurriendo en esa persona, en ese momento y dentro de sus circunstancias.
Una parte no constituye por sí misma una explicación causal. Decir que “hay una parte de ti que no puede mantener el cambio” todavía no aclara por qué sucede, qué función cumple esa respuesta, cuándo aparece, qué la intensifica ni qué condiciones permitirían actuar de otra manera.
Además, la contradicción forma parte de la experiencia humana. Podemos desear un cambio y sentir miedo ante sus consecuencias; querer continuar una relación y reconocer que nos hace daño; valorar una oportunidad y no disponer en ese momento de los recursos necesarios para aprovecharla. Esta ambivalencia no confirma necesariamente la existencia de una parte traumatizada. Dudar, revisar nuestras decisiones y experimentar posiciones internas diferentes también forma parte del pensamiento y de nuestra capacidad para evolucionar.
Cuando cualquier contradicción se interpreta como una parte que intenta protegernos de un trauma, volvemos a reducir la complejidad. ¿No puede estar influyendo el entorno? ¿Las condiciones materiales? ¿La relación con otras personas? ¿Los aprendizajes culturales? ¿Un cambio en los propios valores? ¿La información que ahora poseemos y antes desconocíamos? ¿La transformación que experimentamos a lo largo de la vida?
Incluso aquello que describimos como protección necesita ser examinado. Algunas respues